Contrato de Sangre

Capítulo 4

Elizabeth Armijo, tenía la mente bien centrada en problemas macroeconómicos internacionales. Febrero de 2026 había quedado marcado por las noticias espantosas sobre turbulencias globales y tensiones geopolíticas que amenazaban los mercados internacionales. Ya entrados en la primavera, los boletines no ofrecían mejores perspectivas.

La academia preparatoria de la señora Mallory seguía los preceptos educativos —con leves modificaciones— de las más modernas corrientes pedagógicas de independencia femenina. Enseñaban a las alumnas una amplia variedad de asignaturas, incluidas economía y tecnología avanzada, las animaban a hacer ejercicio vigoroso a diario y les obligaban a mantenerse informadas de los asuntos de actualidad financiera y política.

No era difícil mantener la atención de las chicas en la lectura diaria de la prensa económica. Las crisis de suministro y la inestabilidad geopolítica habían sido el azote de los mercados durante toda su juventud y, ahora, cuando pensaban que la situación se había estabilizado, surgían nuevos frentes de conflicto. Muchas de las estudiantes tenían familiares vinculados al sector corporativo o a la diplomacia internacional. Las mayores, al menos, comprendían las implicaciones de estos hechos y los acontecimientos se comentaban con todo el entusiasmo que una profesora exigente podría desear.

Al principio habían considerado las recientes caídas bursátiles como un tropiezo pasajero, pero las noticias empeoraban día a día. Los principales índices habían perdido estabilidad y los inversores institucionales estaban retirando capitales a un ritmo alarmante, al punto de que se rumoreaba que un importante fondo soberano había enviado un ultimunicum a la junta directiva diciendo: «No hace falta que sigan recortando presupuestos. Ya hemos tomado el control».

Los directivos tradicionales ya habían comenzado a blindar sus posiciones y los mercados abrían cada mañana en completa tensión.

Cuando un martes por la mañana hicieron salir a Elizabeth de su clase con las más pequeñas para ir al despacho de la señora Mallory, sólo pudo pensar en desastres corporativos e incluso en una OPA hostil. Al entrar, decidió que se trataba de un asunto de familia pese a no conocer al hombre que se había levantado cuando hizo su entrada. Supuso que era de mediana edad, aunque la descripción resultara imprecisa. Era alto, delgado y elegante, con un pelo escaso bien cortado, plateado en las sienes, y rasgos muy usuales. No obstante, él la estudiaba con más atención de lo que se consideraba cortés. Elizabeth Armijo alzó un poco la barbilla.

—Don Gonzalo —dijo la directora con una voz extraña—, permita que le presente a la señorita Elizabeth Armijo. Señorita Armijo, éste es el patriarca de los Valdés, que desea hablar con usted.

Elizabeth hizo una reverencia pero no intentó disimular su asombro. Nunca había oído hablar de los Valdés y estaba segura de que ninguna hija de esa familia había estudiado en la escuela.

El hombre seguía inclinado observando con atención y algo parecido a un ceño de desaprobación. Elizabeth le devolvió la mirada. No creía en doblegarse ante los poderosos, sobre todo si no eran padres de alumnas de la directora.

El hombre se volvió hacia la mujer de mayor edad.

—Deseo hablar con la señorita Armijo a solas, directora.

—Eso no sería nada decoroso, Don Gonzalo —respondió con inmensa dignidad.

Ella tampoco era dada a postrarse ante los ricos indolentes.

—No tengo intenciones que comprometan la virtud de la señorita Armijo, señora —replicó con sequedad—. Sólo deseo comentar algunos asuntos privados. Si ella quiere compartirlos con usted después lo dejaré a su discreción.

El tono era amable, pero estaba claro que el hombre no estaba habituado a que se cuestionaran sus deseos. La directora cedió. Pese a sus principios igualitarios, era una mujer práctica, y no era cuestión ofender a alguien tan influyente.

—Entonces dejaré la decisión totalmente en manos de la señorita Armijo —dijo al final.

Observada por dos pares de ojos, Elizabeth no iba a admitir reparo alguno en quedarse a solas con un caballero tan mayor. Sus principios se basaban en los escritos de pensadoras defensoras de la libertad femenina. No permitía que su comportamiento se viera coartado por restricciones inútiles.

—No pongo objeción —dijo con calma y esperó a que la directora saliera de la habitación.

—Por favor, siéntese —dijo el hombre mientras volvía a ocupar su sitio—. Lo que tengo que decirle, señorita Armijo, le parecerá increíble y tal vez alarmante. Espero que pueda contener cualquier tendencia a emocionarse en exceso.

Las visiones de una catástrofe imprevista fulguraron otra vez en la mente de Elizabeth, pues no podía imaginar otra cosa más penosa. Pero eso sería ridículo. Sin duda éste era el tipo de caballero que pensaba que una mujer sufría un ataque por cualquier nimiedad. Mientras se sentaba, con la espalda rígida, la cabeza alta y las manos sobre el regazo, Elizabeth encontró su mirada, decidida a demostrar lo contrario.

—Siempre controlo cualquier tendencia a la emotividad —dijo con claridad.

—¿Ah sí? —preguntó él con lo que parecía una fascinación genuina aunque preocupada.

—Sí, don Gonzalo. Las emociones excesivas son fastidiosas para todos los implicados, y en una escuela son demasiado comunes.

Por algún motivo, este punto de vista tan razonable pareció desconcertarlo, y volvió a mirarla con el ceño fruncido.

—¿Ha dicho, que no quería emociones? —preguntó Elizabeth, muy capaz de pinchar un poco.

—No exactamente, —respondió con gentileza—. Le solicité que contuviera sus emociones, pero en absoluto quiero que prescinda de ellas.

A Elizabeth esta conversación le parecía una pérdida de su valioso tiempo.

—Bien, entonces, don Gonzalo —dijo con aspereza—, considérelas contenidas. No es probable que conozca la diferencia.




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