Contrato de Sangre

Capítulo 8

En el salón principal, Yolanda Había observado a la joven abandonar la estancia. La señorita Armijo poseía un autocontrol férreo, pero a ella le había quedado la clara impresión de que el encuentro a solas con Lucio no había salido precisamente bien. Esperó a que su hijo regresara para calibrar la situación, pero al ver que no aparecía, decidió intervenir.

—Gonzalo, este plan tuyo me preocupa cada vez más —dijo en tono suave.

El alzó la vista de las páginas de su libro.

—Ya se llevarán bien con el tiempo.

—¿La has visto al regresar? La pobre parecía destrozada.

El se tensó al instante.

—¿Crees que le ha puesto la mano encima?

—No, por supuesto que no. Me refiero a una herida moral. Pero dime —continuó ella con indignación—, ¿consentirías que la golpeara con tal de asegurarte descendencia?

—Le he prometido a Elizabeth que velaré por su bienestar —zanjó, clavando los ojos en su esposa—. No permitiré que sufra ningún daño.

—Entonces, ¿qué harás si él no la trata como es debido? —le desafió ella con dureza—. ¿Prohibir el matrimonio? No puedes hacerlo sin echar por tierra tus propios planes. ¿O pretendes unirlos para un par de encuentros fortuitos, vigilados de cerca como si se tratara de un semental peligroso y una yegua de cría?

—¡Yolanda!

Se puso en pie de un salto, plantándose frente a él.

—Dime la verdad: ¿qué piensas hacer?

El se levantó también, con las mejillas encendidas de ira.

—¡Qué concepto tan desafortunado tienes de tu propio hijo! Y de tu marido, por lo que veo.

—Ha heredado tus peores modales. Y también tu crueldad.

—¿Te atreves a acusarme a mí de crueldad?

Ella dio media vuelta, pasándose las manos por el cabello con desesperación.

Para los ojos de Don Gonzalo, seguía pareciendo la muchacha con la que se había casado y a la que tanto había amado. Conservaba la misma silueta esbelta, y a la luz de las velas su melena seguía reflejando destellos cobrizos.

—Sí, crueldad —repitió ella en un susurro, sin volverse—. Jamás me había dado cuenta de hasta qué punto podías ser cruel hasta que ideaste este plan. Durante todos estos años creí que estabas sufriendo... —continuó, girándose al fin con los ojos anegados en lágrimas—. Ahora veo que lo único que te importaba era castigarme.

Dicho esto, salió de la habitación a toda prisa. Demasiado deprisa. Por puro instinto, él contuvo el impulso de reprender a los criados por presenciar la escena. ¿Por qué demonios no iba a permitir que el mundo viera a su familia como seres humanos de carne y hueso, en lugar de semidioses inmunes al dolor? ¿Castigarla? ¿De verdad creía Yolanda que llevaba años castigándola? ¡Años enteros de angustia y renuncia silenciosa...!

Buscando una vía de escape para su propia desesperación, transformó la angustia en rabia, encontrando de inmediato un culpable. Todo era culpa de Lucio. Era incapaz de gestionar con un mínimo de elegancia ni siquiera una simple boda dinástica.

A zancadas, salió a la terraza decidido a reprender a su heredero, pero el espacio bajo la luz de la luna estaba completamente vacío. Poco a poco, fue recuperando la compostura. La muchacha estaba agotada por el viaje y los nervios del entorno nuevo. Si había surgido algún roce, seguro que no era nada importante; al amanecer estaría olvidado.

Don Gonzalo regresó a la sala y apagó las luces. Bajo la luz de la luna, vio el libro de Yolanda caído en el suelo; lo recogió con calma y alisó las páginas con cuidado. Estaba magnífica cuando se enfadaba. Recordó aquellos arrebatos de su juventud y, por un instante, se sintió increíblemente joven él mismo esta noche. Recuperó el control de inmediato. Su jaula de cristal le servía a la vez de protección y de estricta cadena; como un viejo león, ya no concebía la vida sin barrotes.

Por su parte, Lucio había salido de la terraza bajando por las escaleras que descendían hacia el jardín clásico. Iba a casarse con una cualquiera. Casi daba igual que fuera con Blanca; de hecho, habría preferido a Blanca, pues al menos le caía bien y poseía un impecable sentido del honor. ¿Qué diría su padre si le contara?

En realidad, a Don Gonzalo no le importaría mientras los niños fueran legítimos. O, al menos, parecieran serlo ante los ojos del mundo. A él solo le correspondía darles un apellido; mientras fueran hijos de Elizabeth, ya tendrían asegurada la herencia de los Valdés. Dio un puñetazo seco contra el tronco de un árbol. Dolió, pero el dolor le importó poco.

Se marchó caminando por los ondulados terrenos de la finca, saboreando su propio rencor. ¿A quién odiaba más? ¿A Elizabeth? No, la despreciaba, pero al fin y al cabo no era más que otra marioneta atrapada como él. ¿A Don Gonzalo? Oh, sí, cuánto lo aborrecía, sin embargo, comprendía perfectamente sus motivos. Él también deseaba que su linaje continuara. ¿A su madre, Yolanda? Sí. Ella era la verdadera culpable, la única a la que de verdad tenía que odiar. Su alocado deseo había desatado aquel caos. Pero pensar en ello le provocaba una desolación tan profunda que le daban ganas de aullar de desesperación.

La furia física y el movimiento disiparon parte de su dolor. Mientras desandaba el camino hacia la mansión, su mente volvió a trabajar con frialdad. Elizabeth Armijo demostraba inteligencia; no había indicios reales de que la lujuria la dominara. Había conocido a mujeres de ese perfil y ella no encajaba en absoluto en ese molde. Con toda seguridad sería una mujer manejable, y él se encargaría personalmente de que así fuera. Le ofendía profundamente suponer que no llegaba virgen al matrimonio, pero al menos podía atar en corto el futuro.

Buscando algo de refugio, se desvió hacia los establos, su viejo escondite de la infancia. Cada segundo que lograba escapar de su tutor lo había pasado allí, montando a caballo. Aunque todo estaba oscuro y en silencio, el penetrante y familiar aroma a paja y animales seguía intacto, acompañado por el suave susurro de los corceles descansando. Vagó un momento a su aire. Estaba a punto de marcharse cuando escuchó un silbido apagado. Siguió el sonido hasta un rincón sombrío y descubrió a una figura sentada sobre una bala de heno, mirando a la luna y tarareando de forma desentonada.




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