Dicen que todo en nuestra vida tiene un precio.
Nunca pensé que el mío sería el silencio.
Nadie me preguntó qué quería.
Nadie preguntó si estaba de acuerdo. Si estaba preparada.
Él simplemente me puso frente a una elección:
o el contrato… o las consecuencias.
No fue violencia. O al menos, no directa.
Fue peor.
Fue un juego de supervivencia donde las reglas las imponía él.
Y yo firmé.
Con mi nombre.
Con mi cuerpo.
Con mi silencio.
Y me convertí en su esposa temporal.
Por un año.
Por veintisiete páginas de condiciones.
Por una noche que él aún no había reclamado, pero a la que se acercaba paso a paso, con una mirada que me congelaba por dentro.
Creí que podría soportarlo. Soy fuerte. Nunca me rompí.
Pero él… Él no es alguien que puedas soportar.
Él es quien rompe lentamente, disfrutándolo.
Hasta que eres tú misma quien suplica:
—Hazlo. Destrúyeme. Pero solo con tus propias manos.
Y todo lo que queda es el silencio.
El silencio por el que él pagó.
El silencio en el que me perdí a mí misma.
Editado: 19.05.2026