Stefa
Estaba sentada a la mesa de la cocina de mi pisito, con la vista clavada en una hoja blanca cubierta de letras negras. La copia del contrato que Jromov me había entregado el día anterior. Mis dedos recorrían nerviosos el borde del papel, como si temieran rozar el centro, donde, negro sobre blanco, estaban expuestas las condiciones.
En la cabeza me resonaban sus palabras, frías como agua helada: «O aceptas o mañana tu nombre desaparece de la lista de empleados. Y no solo de este club.»
Sabía que podía hacerlo. Tenía influencia suficiente para cerrarme todas las puertas. Y además… esa fuerza extraña que me oprimía la garganta y me cortaba la respiración en cuanto se acercaba.
El contrato seguía allí, como una bomba de efecto retardado. No conseguía decidirme: firmar y someterme o tirarlo a la basura e intentar huir de aquella ciudad. Pero ¿huir adónde? Y, en realidad, ¿de quién estaba huyendo? ¿De Jromov o de mí misma?
Volví a recordar cómo me había mirado el día anterior. Una mirada en la que se mezclaban la rabia, el desprecio y… algo más que no alcanzaba a distinguir. Y eso me asustaba todavía más.
Me sujeté la cabeza con las manos, intentando acallar el caos que me hervía por dentro.
Firmar aquel contrato significaba venderme. Y no en sentido figurado. Sabía que Jromov no me ofrecía nada «justo». Bajo las fórmulas secas y las frías palabras jurídicas se escondía un acuerdo en el que yo no era tanto una empleada como su propiedad personal.
¿Y si no firmo? Me hacía esa pregunta una y otra vez. El despido era el menor de los males. Podía esparcir por la ciudad cualquier rumor, presentarme como algo que no era. Una llamada y ningún club ni restaurante volvería a contratarme. Y yo… yo no tenía dinero ni apoyos.
Imaginé su cara del día anterior: fría, con una sombra de sonrisa burlona, como si supiera de antemano que volvería arrastrándome, que me quebraría. Y lo peor era que una parte de mí ya deseaba volver. No por el contrato, no por miedo a perder el trabajo… sino por él.
Estaba mal. Era peligroso.
Pero recordaba lo cerca que había estado, lo grave que sonó su voz al decir: «Ni te imaginas lo que estás firmando.»
Y, por alguna razón, aquella frase me asustaba menos que el silencio que llegaría si me negaba. Solté el aire y volví a mirar la línea vacía, sin firmar, al pie de la página. Me temblaban los dedos.
Anduve un buen rato por el piso, cambiando de sitio el teléfono, las llaves, el bolso. El tiempo se arrastraba como cera derretida, pero en la cabeza solo había una idea: o voy ahora o pierdo cualquier oportunidad de influir de algún modo en la situación.
Cuando apreté el botón del ascensor de su oficina, el corazón me latía tan fuerte que temía que fueran a oírlo. La secretaria ni se sorprendió al verme. Solo enarcó una ceja y señaló con la cabeza hacia la puerta tras la que se encontraba él.
Entré. Jromov estaba sentado en el sillón, inclinado hacia delante, los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados. Sus ojos resbalaron sobre mí despacio, con esa misma valoración depredadora que ya empezaba a reconocer.
— ¿Has venido a firmar? — su voz era baja, pero hizo que algo se me encogiera por dentro.
— Quiero oír… las condiciones — respondí, intentando mantenerme firme.
Se levantó y rodeó la mesa. Se detuvo muy cerca, tanto que noté el calor de su cuerpo y el aroma de su perfume. Intenso, pesado, ligeramente embriagador.
Sus dedos me rozaron la barbilla y me alzaron la cara.
— Las condiciones son sencillas, Stefa — pronunció mi nombre como si lo saboreara—. Trabajas solo para mí. Haces todo lo que yo diga. Y me perteneces.
Las palabras me quemaron los oídos. Intenté apartar la mirada, pero él me la sostuvo, me obligó a mirarlo a los ojos.
— ¿Y si me niego? — me tembló la voz sin permiso.
Él sonrió. Despacio, peligrosamente.
— Entonces te destrozaré la vida de tal modo que volverás aquí arrastrándote… y me suplicarás este contrato.
Tragué aire, esforzándome por conservar la apariencia de calma. Pero por dentro ya me hervía todo de miedo, de rabia… y de algo que no me atrevía a nombrar.
Sus palabras se me clavaron más hondo que cualquier cuchillo. Quería levantarme, dar un portazo, espetarle que él no era quién para darme órdenes. Pero… sabía la verdad.
Mi verdad era sucia, sin salida. Necesitaba aquel trabajo. Necesitaba el dinero. Y no podía permitirme convertirme en enemiga de Jromov.
Me miraba como un cazador a su presa herida, esperando a que yo misma me arrastrara hasta él. Y yo… notaba cómo la amargura se me acumulaba en la garganta.
— De acuerdo — las palabras me salieron en voz baja, casi un susurro, pero él las oyó.
— ¿De acuerdo en qué? — su voz era de hielo, aunque en las comisuras de los labios le asomó una sombra de satisfacción.
Levanté los ojos, obligándome a no apartar la mirada.
— Acepto.
Se recostó en el respaldo, como si solo hubiera estado esperando eso.
— Una decisión inteligente, Stefania.
Me entraron ganas de gritarle que aquello no era inteligencia, sino desesperación. Pero me quedé quieta, sintiendo cómo algo pesado y frío se me cerraba en torno al cuello, como un collar invisible.
Cogió de la mesa una carpeta negra y fina, la abrió despacio, como si saboreara cada movimiento. Sus dedos, largos y seguros, rozaron las hojas.
— Aquí todo es sencillo — su voz sonaba casi indiferente, pero en cada palabra vibraba el control—. Harás lo que yo diga. Cuando yo diga. Y como yo diga.
Tragué aire, intentando no dejar ver que las palabras me arañaban por dentro.
— ¿Esto es… un trabajo? — pregunté, aunque ya entendía que, en su concepción, trabajo era un término muy elástico.
Él sonrió.
— Es más que un trabajo. Es… una colaboración.
Su mirada me recorrió de arriba abajo con tal descaro que me entraron ganas de cubrirme el pecho con las manos.
Editado: 05.06.2026