Me miro en el espejo mientras la modista ajusta la cintura del vestido por última vez. La tela blanca cae hasta el suelo como si fuera agua, suave, perfecta, exactamente como siempre imaginé mi vestido de novia. Debería sentirme feliz. Debería estar emocionada. Debería sentir mariposas en el estómago.
Pero lo único que siento es un nudo.
—Te ves hermosa —dice Tina desde el sofá, observándome con los brazos cruzados—. Marcus va a desmayarse cuando te vea.
Sonrío, pero no sé si mi sonrisa se ve real.
La modista termina, recoge los alfileres y nos dice que ya puede dejarnos solas. Cuando se va, el lugar queda en silencio. Solo se escucha el ruido suave de la tela cuando me giro otra vez hacia el espejo.
Me quedo mirándome un momento más.
Esta soy yo.
Una semana antes de casarme.
—¿De verdad quieres casarte con Marcus? —pregunta Tina de repente.
La miro por el espejo.
—Claro que sí —respondo sin pensarlo demasiado.
Ella se levanta y camina hacia mí lentamente, deteniéndose a mi lado. Su reflejo aparece junto al mío: ella con su vestido elegante, yo vestida de novia. Por un segundo parece como si fuéramos dos versiones diferentes de la misma historia.
—No te creo —dice.
Frunzo el ceño y la miro directamente.
—¿Por qué dices eso?
Tina se encoge de hombros.
—Porque no te veo enamorada —responde con total tranquilidad—. Te veo tranquila, cómoda… pero no enamorada. No como una mujer que está a una semana de casarse con el amor de su vida.
Sus palabras me incomodan más de lo que deberían.
—Sí lo quiero —digo, cruzándome de brazos—. Marcus es bueno conmigo, me cuida, me respeta, siempre está cuando lo necesito.
Tina ladea la cabeza, observándome como si estuviera intentando resolver un acertijo.
—Eso no significa que lo ames —dice suavemente—. Significa que es un buen hombre.
No sé qué responder, así que vuelvo a mirarme al espejo. Paso mis manos por la tela del vestido, alisándolo, evitando su mirada.
—A veces creo que solo estás llenando un vacío —continúa Tina—. Desde lo de papá… desde que todo cambió… Marcus apareció y simplemente ocupó ese lugar. Seguridad, estabilidad, alguien que no te iba a dejar.
Trago saliva.
No me gusta que hable de eso.
—No sabes de lo que hablas —murmuro.
—Te conozco, Elena —dice ella—. Más de lo que crees.
Me giro para mirarla.
—Pues yo sí sé lo que quiero —le digo—. Y quiero casarme con Marcus.
Ella me sostiene la mirada unos segundos más, como si estuviera a punto de decir algo importante, pero al final solo suspira.
—Está bien —dice finalmente—. Si tú dices que lo amas, entonces lo amas.
Pero hay algo en su mirada, algo extraño, algo que no entiendo.
Desde la muerte de papá no he podido retomar nada de mi vida como antes. Mi carrera como modelo quedó en pausa. Los desfiles, las sesiones de fotos, los contratos… todo se detuvo. Y ahora, a una semana de mi boda, siento que estoy cruzando un puente entre lo que fui y lo que estoy obligada a ser.
—No sabes lo que es —murmuro—. He querido volver al modelaje, Tina, de verdad. Pero desde que papá se fue, no he podido concentrarme en nada. Todo es… vacío.
Ella suspira y me observa.
—Entonces espero que al menos esta boda te haga sentir algo real. Que no sea solo un paréntesis entre tu pasado y tu futuro.
El ruido de un auto deteniéndose frente al estudio me hace girar la cabeza. Me acerco un poco a la ventana y lo veo: Marcus.
Mi corazón late un poco más rápido.
—Ya llegó —digo, intentando sonar tranquila.
Tina, a mi lado, se queda en silencio. Cuando la miro, noto algo extraño: sus manos están tensas, entrelazadas con fuerza, y su respiración no es tan calmada como hace unos segundos.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Sí… claro —responde demasiado rápido.
Frunzo ligeramente el ceño, pero no digo nada más.
Salimos del estudio. El aire de la tarde golpea mi piel mientras bajo con cuidado las escaleras, sosteniendo el vestido. Marcus levanta la mirada… y por un segundo, sus ojos no están en mí.
Están en Tina.
Es solo un instante.
Un segundo.
Pero lo noto.
Su mirada se queda fija en ella más de lo normal, como si hubiera algo silencioso pasando entre los dos. Algo que no entiendo… pero que me incomoda.
—Te ves… increíble —dice finalmente, mirándome.
Sonrío, aunque algo dentro de mí se siente extraño.
—Gracias —respondo, acercándome para abrazarlo.
Sus brazos rodean mi cintura, pero no con la fuerza de siempre. No con esa calidez que me hacía sentir segura. Es un abrazo… vacío.
Tina se queda a un lado, en silencio. Cuando me separo, noto que Marcus vuelve a mirarla de reojo. Y esta vez, Tina baja la mirada.
Mi pecho se aprieta.
—Bueno… nos vemos luego —dice Tina, con una sonrisa pequeña, casi incómoda.
—Sí, luego hablamos —respondo.
Marcus no dice nada. Solo asiente.
Subimos al auto.
El silencio es inmediato. Pesado. Incómodo.
Marcus arranca sin decir una palabra. Sus manos están firmes en el volante, su mirada fija al frente, como si yo no estuviera aquí.
—¿Estás bien? —pregunto después de unos segundos.
Él tarda en responder.
—Sí.
Corto. Frío.
Lo miro, intentando encontrar algo en su expresión, pero es como si hubiera levantado un muro entre nosotros.
—Marcus… —insisto suavemente—. Te noto raro.
—Estoy bien, Elena —responde, esta vez un poco más seco.
Mi corazón da un pequeño vuelco.
No está bien.
Lo sé.
Respiro hondo y me acerco un poco más a él, buscando romper esa distancia absurda que de repente existe entre nosotros.
—Oye… —susurro—. Falta una semana para la boda… deberíamos estar felices, ¿no?
No responde.
Eso duele más de lo que debería.
Trago saliva y, en un impulso, llevo mi mano a su mejilla, girando suavemente su rostro hacia mí. Me inclino un poco, intentando besarlo, buscando algo… cualquier cosa que me diga que todo sigue igual.