Ha llegado el día de la boda.
Mis manos tiemblan mientras observo mi reflejo en el espejo. El vestido cae perfecto sobre mi cuerpo, el maquillaje impecable, el cabello en su lugar… todo como siempre lo soñé.
Y aun así, algo no está bien.
Estoy nerviosa.
Más de lo normal.
Y no solo por la boda.
No he hablado con Tina.
No he hablado con Marcus.
Desde anoche, el silencio entre nosotros se volvió insoportable. Intenté escribirle, llamarlo… pero no respondió. Solo un mensaje frío, distante, como todo él últimamente:
"No hablemos hasta el altar."
Al principio pensé que era una broma.
No lo era.
Respiro hondo, intentando calmar el latido acelerado de mi corazón.
—Todo va a salir bien —murmuro, aunque no me lo creo del todo.
La puerta se abre suavemente. Una de las organizadoras asoma la cabeza.
—Es hora.
Mi estómago se encoge.
Asiento en silencio y tomo el ramo con manos temblorosas. Camino hacia la salida, cada paso más pesado que el anterior.
La música empieza.
Las puertas se abren.
Y todos me miran.
La alta sociedad, invitados, miradas curiosas… todo un espectáculo. Todo perfecto.
Todo falso.
Levanto la mirada buscando a Marcus.
Pero no lo encuentro.
Mi corazón se detiene por un segundo.
Doy otro paso. Y otro.
El murmullo comienza.
Confusión. Susurros. Miradas.
No está.
Marcus no está.
El aire se vuelve pesado, difícil de respirar.
—¿Dónde está el novio? —alguien susurra.
Mi pecho se aprieta con fuerza.
No.
No puede ser.
No hoy.
No así.
Aprieto el ramo con más fuerza, intentando mantenerme de pie, intentando no caer frente a todos.
Pero en el fondo… en lo más profundo de mí…
ya sé la verdad.
Me han dejado plantada.
Miro a Jade, la prima de Marcus, buscando una respuesta, cualquier señal que me diga que esto no está pasando.
Pero ella solo se encoge de hombros.
Como si no supiera nada.
O peor… como si esto fuera normal.
El murmullo crece a mi alrededor. Las miradas se clavan en mí. Siento el peso de cada una, la humillación cayendo sobre mis hombros como una losa.
No puedo quedarme aquí.
No puedo.
Sin pensarlo, me giro y salgo corriendo. El vestido se enreda entre mis piernas, los tacones golpean el suelo con torpeza, pero no me detengo.
Necesito salir.
Necesito aire.
Cruzo las puertas, ignoro las voces que me llaman, los intentos de detenerme. No escucho nada. No siento nada.
Solo corro.
Llego al estacionamiento y me detengo de golpe. El silencio me envuelve, pesado, casi irreal después del ruido de la ceremonia.
Respiro agitada.
Pero no lloro.
No puedo.
Es como si mi cuerpo se negara a reaccionar.
Dejo caer el ramo al suelo, mis manos aún temblando. Miro al vacío, intentando entender en qué momento todo se derrumbó.
Entonces lo escucho.
Un carraspeo.
Mi cuerpo se tensa.
Me giro lentamente… y lo veo.
Nikolai.
Está apoyado contra su auto, impecable como siempre, traje oscuro, mirada fija en mí. Como si hubiera estado esperándome.
Mi corazón da un vuelco.
Porque no es un desconocido.
No lo es.
Nikolai Petrov… el enemigo número uno de Marcus.
Y el hombre con el que… tuve algo hace años.
Un error.
Un recuerdo.
Un pasado que creí enterrado.
—Vaya… —dice, con voz baja, observándome de pies a cabeza—. No es exactamente la escena que esperaba en una boda.
Aprieto los labios.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, intentando sonar firme, aunque por dentro todo está roto.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.
—Fui invitado.
Claro.
Marcus.
Por supuesto.
Mis ojos se apartan de él por un segundo. La vergüenza me quema la piel. Estoy vestida de novia… abandonada… frente al único hombre que no debería verme así.
—Si vienes a burlarte, puedes irte —murmuro.
Nikolai se separa del auto y da un paso hacia mí.
—¿Burlarme? —repite, como si la idea le pareciera absurda—. No.
Se detiene frente a mí.
Demasiado cerca.
Mi respiración se corta por un segundo.
—Vine porque quería ver cómo terminaba esto —añade—. Aunque admito que… esto supera mis expectativas.
Lo miro con rabia.
—Entonces ya viste suficiente.
Intento pasar de largo, pero su voz me detiene.
—Te dejó.
No es una pregunta.
Es una afirmación.
Cierro los ojos un segundo.
—No lo repitas —susurro.
Silencio.
Siento su mirada sobre mí, intensa, analizando cada detalle, cada grieta que intento ocultar.
—No deberías estar aquí sola —dice finalmente.
Suelto una risa amarga.
—¿Y dónde debería estar? ¿Adentro, sonriendo como si nada? ¿Esperando a que aparezca?
Nikolai no responde de inmediato.
Y ese silencio… dice demasiado.
Abro los ojos y lo miro.
Y entonces lo entiendo.
Él sabe algo.
Mi corazón late más rápido.
—¿Dónde está Marcus? —pregunto, casi exigiendo.
Nikolai inclina ligeramente la cabeza.
—Esa es una buena pregunta.
—Nikolai…
Da otro paso hacia mí.
Su mirada se suaviza apenas. Solo un poco.
Lo suficiente para confundirme.
—Elena —dice en voz baja—. Hay cosas que no quieres saber… pero necesitas ver.
Un escalofrío recorre mi cuerpo.
—¿De qué hablas?
No responde.
En cambio, mete la mano en el bolsillo de su saco y saca su teléfono.
Lo desbloquea.
Y me lo extiende.
—Ven conmigo.
Mi corazón late con fuerza.
Porque en su mirada…
hay algo peor que la verdad.
Hay certeza.
Tomo el teléfono con manos temblorosas.
Y lo veo.
La imagen me golpea sin piedad.
Marcus… y Tina.
Besándose.
No es un malentendido.
No es una coincidencia.