Contrato de Venganza

Capítulo 4 - Nikolai

Las puertas de la iglesia se abren.

Y entramos.

El silencio cae como un golpe seco.

Todas las miradas se clavan en nosotros. Invitados, familia, la alta sociedad… todos observando, confundidos, expectantes.

Perfecto.

Camino a su lado con calma, sin prisa, como si esto siempre hubiera sido el plan. Como si no acabara de arrebatarle la novia a mi enemigo en su propio altar.

Siento su mano en la mía. Tensa. Fría.

Pero no la suelta.

Eso es suficiente.

Avanzamos por el pasillo central mientras los murmullos crecen a nuestro alrededor. Algunos se levantan. Otros susurran. Otros simplemente no entienden qué está pasando.

No me importa.

Nunca me ha importado.

Llegamos al altar.

El cura nos mira, completamente desconcertado.

—Señor… esto no es… —empieza a decir.

Lo interrumpo.

—Vamos a casarnos.

Directo.

Sin explicación.

Sin dudas.

El silencio se vuelve aún más pesado.

Puedo sentir las miradas de la familia de Marcus clavándose en mi espalda. Me giro apenas, lo suficiente para verlos.

Ceños fruncidos.
Indignación.
Humillación.

Bien.

Eso es exactamente lo que quiero.

Algunos sacan sus celulares. Tal vez no están grabando todavía… tal vez sí.

Me da igual.

Que lo vean.
Que lo graben.
Que lo recuerden.

Vuelvo la mirada al frente.

Elena está a mi lado, hermosa incluso en medio del caos. Su expresión es firme, pero puedo sentir la tormenta dentro de ella.

Me inclino apenas hacia su oído.

—Aún puedes echarte atrás —murmuro.

No responde de inmediato.

Luego aprieta mi mano.

—No.

Una sola palabra.

Pero suficiente.

Una sonrisa apenas perceptible cruza mis labios.

Me enderezo y miro al cura otra vez.

—Empiece.

El hombre duda. Mira a los invitados, luego a nosotros, claramente fuera de su zona de confort.

Pero el peso del momento… y de quién soy… es suficiente.

Respira hondo.

Y comienza.

Mientras pronuncia las primeras palabras, mi mirada se desliza entre la multitud.

Busco una cara.

La encuentro.

Marcus.

Acaba de llegar.

Tarde.

Su expresión es una mezcla de furia, incredulidad… y algo más.

Miedo.

Perfecto.

Sostengo su mirada un segundo.

Luego vuelvo a Elena.

Porque esto…

esto ya no es solo un movimiento en contra de él.

Esto es algo más.

Mucho más.

Y por primera vez en mucho tiempo…

no estoy jugando solo para ganar.

Estoy jugando para quedármela.

—¡Detengan esta mierda!

La voz de Marcus rompe el aire como un disparo.

La iglesia entera se queda en silencio.

Lentamente, giro la cabeza.

Ahí está.

Descompuesto. Furioso. Tarde.

Camina directo hacia el altar, abriéndose paso entre los invitados, con la mirada fija en Elena como si pudiera reclamarla todavía.

Como si tuviera derecho.

Da un paso más… pero no llega.

Me muevo antes.

Me planto frente a él.

Bloqueándole el camino.

—¿Qué haces? —pregunto, con una sonrisa lenta, peligrosa—. Perdiste tu oportunidad.

Marcus aprieta la mandíbula. Sus ojos arden de rabia.

—Quítate —escupe—. Esto no tiene nada que ver contigo.

Mi sonrisa se ensancha apenas.

—Ahora lo tiene todo que ver conmigo.

Intenta avanzar, pero no lo dejo.

No va a tocarla.

No hoy.

No nunca.

—Elena —dice entonces, alzando la voz—. ¿Qué estás haciendo?

Por un segundo, el tiempo se detiene.

Siento cómo su mano aprieta la mía.

Y entonces habla.

—Lo siento… —dice ella, con voz firme—. Traté de convencerme de que te amaba… pero la verdad es que nunca dejé de sentir cosas por Nikolai.

Silencio.

Un silencio denso.

Pesado.

Perfecto.

Marcus se queda quieto, como si no hubiera entendido.

—¿Qué…? —murmura.

Pero no hay vuelta atrás.

No ahora.

No después de esto.

Doy un paso más cerca de él, lo suficiente para que solo él escuche.

—Deberías irte —le digo en voz baja—. Antes de que esto sea más humillante para ti.

Sus ojos vuelven a los míos.

—Tiene que ser una puta broma… —gruñe Marcus, su voz cargada de rabia mientras mira a Elena.

La iglesia entera contiene la respiración.

Elena no retrocede.

No duda.

—Lo siento —dice.

Dos palabras.

Pero lo destruyen.

Marcus pasa una mano por su cabello, desesperado, incrédulo.

—No… no puedes hacer esto —insiste, acercándose un poco más—. Te tienes que casar conmigo.

Una risa baja, casi irónica, escapa de mis labios.

Pero no intervengo.

Quiero escucharla.

Quiero que él lo escuche.

Elena lo mira directo a los ojos.

Firme.

Decidida.

—No voy a casarme contigo amando a alguien más —dice.

El golpe es limpio.

Preciso.

Marcus se queda helado.

—¿Qué…? —murmura.

Y entonces ella da el último paso.

El definitivo.

Se acerca un poco más a mí… y me señala.

—Quiero estar con él.

El silencio que sigue es brutal.

Puedo sentir todas las miradas, todos los susurros, todo el escándalo creciendo alrededor… pero nada de eso importa.

Solo él.

Y su derrota.

Marcus me mira.

Y en sus ojos hay odio.

Pero también algo peor.

Comprensión.

Porque ahora lo ve.

Ahora lo entiende todo.

Paso mi brazo alrededor de la cintura de Elena, acercándola a mí con firmeza.

Reclamándola.

—Ya escuchaste —digo, sin apartar la mirada de él.

Marcus aprieta los puños, respirando con dificultad.

—Esto no se va a quedar así… —murmura.

Sonrío.

Lento.

Seguro.

—Ya se quedó así.

Silencio.

Y esta vez…

no hay nada que él pueda hacer para cambiarlo.

El silencio en la iglesia es denso, casi irrespirable.




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