Puedo decir que odio a Marcus.
Pero no es un odio simple.
Es algo más profundo. Más oscuro.
Y después de ver lo que le hizo a Elena… ese odio solo crece.
Aprieto la mandíbula mientras conduzco, sintiendo su presencia a mi lado. Está en silencio, mirando por la ventana, perdida en sus pensamientos. No la presiono. No hoy.
Hoy ya perdió demasiado.
Mis manos se tensan en el volante.
Marcus no la merecía.
Nunca lo hizo.
Cierro los ojos un segundo… y los recuerdos vuelven, como siempre.
Elena.
Hace años.
Más joven. Más libre. Más viva.
La primera vez que la vi no llevaba vestido de novia, ni esa mirada rota que tiene ahora. Llevaba un vestido sencillo, el cabello suelto, riendo como si el mundo no pudiera tocarla.
Y yo…
yo ya estaba perdido.
Desde ese momento.
Recuerdo cómo me miraba.
Cómo se acercaba sin miedo.
Cómo parecía no ver el tipo de hombre que yo ya empezaba a ser.
Con ella todo era diferente.
Más fácil.
Más real.
Pero eso no duró.
Nunca dura.
Un malentendido.
Una maldita noche que lo arruinó todo.
Alguien le dijo algo.
Alguien le mostró lo que no era.
Y Elena… decidió creerlo.
Decidió creer que yo la había traicionado.
Que todo lo que sentía era mentira.
Recuerdo su mirada ese día.
Decepción.
Dolor.
Desprecio.
Nunca me dejó explicarlo.
Nunca me escuchó.
Y yo… tampoco luché lo suficiente.
Orgullo.
Siempre el maldito orgullo.
La dejé ir.
Pensando que volvería.
Pensando que lo nuestro era demasiado fuerte para romperse así.
Pero el tiempo pasó.
Y ella siguió adelante.
Con Marcus.
Mi mandíbula se tensa al pensar en eso.
Marcus.
El hombre que tuvo lo que yo perdí.
El hombre que no supo valorarla.
El hombre que la rompió.
Suelto una risa baja, amarga.
El destino es curioso.
Porque ahora…
ahora ella está aquí.
A mi lado.
Mi esposa.
Y esta vez…
no pienso perderla.
Ni por orgullo.
Ni por errores.
Ni por nadie.
Miro de reojo a Elena.
Sigue en silencio.
Frágil… pero fuerte al mismo tiempo.
Y algo dentro de mí se endurece.
Esto empezó como un contrato.
Como una venganza.
Pero para mí…
nunca fue solo eso.
Nunca lo será.
Porque Elena no es un juego.
No es una estrategia.
No es una pieza.
Es la única mujer que he querido de verdad.
Y esta vez…
no voy a dejar que un malentendido la aleje de mí otra vez.
El sonido de su celular rompe el silencio dentro del auto.
Elena parpadea, como si regresara de muy lejos, y mira la pantalla.
Marcus.
Mi agarre en el volante se tensa apenas.
Ella duda un segundo… y contesta.
En altavoz.
Interesante.
—¿Sí? —dice, con voz más firme de lo que esperaba.
La voz de Marcus entra de inmediato, cargada de rabia.
—¿De verdad me engañas con Nikolai?
El silencio en el auto se vuelve pesado.
Mis labios se curvan apenas.
Así que ahora le importa.
Elena no duda.
—Ya te dije que no te engañé —responde, fría—. Nunca pasó nada. Simplemente hemos hablado.
Aprieto la mandíbula.
“Hemos hablado.”
Claro.
Marcus suelta una risa amarga al otro lado de la línea.
—¿Hablar? ¿Eso es lo que llamas casarte con él en mi propia boda?
Elena respira hondo.
—No fue tu boda —dice—. Tú no estabas.
Silencio.
Golpe directo.
No puedo evitar disfrutarlo.
—Esto no se va a quedar así, Elena —gruñe Marcus—. No tienes idea de con quién te estás metiendo.
Ahí sí hablo.
—Creo que sí la tiene —digo, con calma.
Silencio inmediato.
—Nikolai… —escupe Marcus.
—Debiste quedarte en tu club —continúo—. O mejor aún… debiste quedarte lejos de ella desde el principio.
Puedo imaginar su cara. Roja. Furiosa.
—Esto no es tuyo —dice—. Elena es mi prometida.
Suelto una risa baja.
—Corrijo —respondo—. Era tu prometida.
Miro a Elena de reojo.
—Ahora es mi esposa.
El silencio del otro lado es absoluto.
Pesado.
Y luego…
—Te voy a destruir —dice Marcus, en voz baja.
Sonrío.
—Inténtalo.
Cuelgo la llamada antes de que pueda decir algo más.
Elena se queda en silencio.
Yo también.
El silencio apenas se asienta cuando el celular de Elena vuelve a sonar.
Otra vez.
Ella mira la pantalla.
Tina.
Su expresión cambia. No duda esta vez.
Contesta.
También en altavoz.
Bien.
Quiero escuchar esto.
—¿Qué quieres? —dice Elena, fría.
Del otro lado, la voz de Tina suena distinta. Más suave. Casi… arrepentida.
—Mira… cometí un error, Elena.
Alzo una ceja, sin apartar la vista del camino.
Error.
Interesante forma de llamarlo.
Elena suelta una risa baja, sin humor.
—¿Un error? —repite—. ¿Así llamas a acostarte con el prometido de tu hermanastra?
Silencio.
Tina traga saliva.
—No fue así…
—No me importa cómo fue —la corta Elena—. Lo hiciste.
Puedo sentir la tensión en su voz. El dolor… convertido en algo más frío.
Más afilado.
—Solo… —intenta Tina—. Solo quería decirte que lo siento.
Elena se queda en silencio un segundo.
Luego habla.
Y su voz es aún más firme.
—Gracias a ese “error”… no me casé con esa porquería.
Mis labios se curvan apenas.
Tina no responde de inmediato.
—Marcus es un buen hombre —dice finalmente, como si necesitara convencerse.
Eso sí me hace reír.
Bajo.
Seco.
Elena no se queda atrás.
—¿Para ti? —responde, soltando una risa corta—. Disfrútalo.
Silencio.
Pesado.
Definitivo.
—Elena… —intenta Tina una vez más.