Contrato de Venganza

Capítulo 7 -Nikolai

Elena está en un estudio.

Eso fue lo que me dijo.

Una sesión de fotos.

Algo de trabajo.

Algo… normal.

Después de todo lo que pasó, suena casi irreal.

Pero aquí estoy.

Conduciendo.

Voy a verla.

No porque tenga que hacerlo.

Porque quiero.

Estaciono el auto frente al estudio y bajo sin prisa, ajustándome el saco. El lugar es elegante, moderno, lleno de ventanales. Exactamente el tipo de sitio donde ella encaja.

Entro.

Una mujer se acerca de inmediato.

Profesional. Sonrisa amable.

—Hola, ¿en qué lo puedo ayudar?

La miro apenas un segundo.

—Busco a Elena.

Su sonrisa cambia, curiosa ahora.

—¿Y usted es?

No dudo.

—Su esposo.

La palabra se siente… bien.

Extrañamente bien.

La mujer abre ligeramente los ojos, sorprendida, pero se recupera rápido.

—Oh… claro. Está en el fondo, en plena sesión.

Asiento sin decir más y camino hacia donde me indica.

La veo antes de que ella me vea a mí.

Y todo se detiene.

Está frente a la cámara, con una seguridad que no tenía esta mañana. Su postura, su mirada, la forma en que se mueve… es otra versión de ella.

Más fuerte.

Más viva.

Más… peligrosa.

El fotógrafo le da indicaciones, pero ella no necesita muchas. Sabe lo que hace.

Siempre lo ha sabido.

Me quedo ahí, observándola, sin interrumpir.

Porque esta es la Elena que recuerdo.

La que me volvió loco desde el principio.

La que nunca debí perder.

—Bien, eso es todo por ahora —dice el fotógrafo.

Elena baja un poco la guardia… y entonces me ve.

Sus ojos se abren apenas.

Sorpresa.

Confusión.

Y algo más.

Camino hacia ella.

Lento.

Seguro.

—Hola, esposa —digo cuando estoy lo suficientemente cerca.

Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.

—¿Qué haces aquí?

La observo de arriba abajo sin disimular.

—Vine a ver si todo esto es real… o si solo estoy imaginando que me casé contigo.

Ella suelta una risa suave.

—Vamos al camerino, debo cambiarme —dice Elena.

Asiento y la sigo sin decir nada.

Caminamos por el pasillo hasta un espacio más privado. Cierra la puerta detrás de nosotros y el ruido del estudio desaparece casi por completo.

Silencio.

Ella se gira hacia mí, relajando un poco los hombros.

—¿Quieres algo de beber, Nik?

Niego con la cabeza.

—Así estoy bien.

Sonríe.

Y ahí está otra vez.

Esa sonrisa.

La que recuerdo.

La que nunca olvidé.

—Me encanta tu sonrisa —dice de repente.

La miro, alzando una ceja.

—Bueno… eres afortunada —respondo—. Porque no suelo sonreírle a la gente.

Sus ojos brillan con un toque de diversión.

Da un paso más cerca.

—Pero yo no soy “la gente” —dice, inclinando apenas la cabeza—. Soy tu esposa.

El silencio cae entre nosotros.

Pero no es incómodo.

Es… cargado.

La observo unos segundos más.

Luego me acerco.

Lo suficiente para invadir su espacio.

—Eso dices… —murmuro.

Mi mirada baja a sus labios un segundo… y luego vuelve a sus ojos.

—Y aún no decides si eso te gusta o te asusta.

Su respiración cambia apenas.

La siento.

—Tal vez las dos cosas —responde.

Sonrío.

Esta vez… de verdad.

—Perfecto.

Porque conmigo…

siempre será así.

Elena se gira, dándome la espalda por un segundo… y luego se quita la blusa.

Trago saliva.

Mi mirada se queda fija más de lo que debería.

Más de lo que es prudente.

—No me digas que te pongo nervioso… —dice, con un tono burlón, sin siquiera mirarme.

Suelto una pequeña risa, pasando una mano por mi mandíbula.

—Soy un hombre —respondo, con voz baja—. Además… pones nervioso a cualquiera.

Ella gira el rostro hacia mí, con una sonrisa ladina.

Sabe exactamente lo que hace.

Siempre lo ha sabido.

—Interesante… —murmura.

Doy un paso más cerca, sin apartar la mirada de ella.

—No te emociones —añado—. Que algo me afecte… no significa que pierda el control.

Sus ojos brillan, desafiantes.

—¿Ah, no?

El aire entre nosotros se vuelve más denso.

Más cargado.

Me inclino apenas hacia ella, lo suficiente para que sienta mi presencia.

—No —respondo, casi en un susurro—. Pero sí significa que debería empezar a tener cuidado contigo.

Elena suelta una risa suave.

Pero no se aleja.

Ninguno lo hace.

Y eso…

eso es mucho más peligroso que cualquier otra cosa.

Elena termina de arreglarse frente al espejo. Ajusta su ropa con calma, como si no acabara de provocar un incendio en mi cabeza hace unos segundos.

Yo no digo nada.

Solo la observo.

Memorizando cada movimiento.

Cada gesto.

Cuando finalmente se gira hacia mí, alza una ceja.

—¿Nos vamos?

Asiento.

—Nos vamos.

Salimos del camerino y cruzamos el estudio. Algunas miradas se posan en nosotros, curiosas, discretas… otras no tanto. No me importa.

Tampoco a ella.

Caminamos hasta el estacionamiento en silencio, pero no es incómodo. Es uno de esos silencios que dicen demasiado.

Cuando llegamos al auto, Elena se detiene para abrir la puerta.

Y es entonces cuando lo hago.

La tomo suavemente del brazo y la giro hacia mí.

No le doy tiempo de reaccionar.

La beso.

Es firme.

Seguro.

No es apresurado, pero tampoco es suave. Es un beso que marca algo. Que deja claro un mensaje.

Siento cómo su cuerpo se tensa al inicio… cómo se sorprende.

Cuando me separo, sus ojos están abiertos, mirándome con una mezcla de sorpresa y algo más difícil de definir.

Sonrío apenas.

—Dije que soy tu esposo —murmuro, sin soltarla—. Y los esposos se besan así… así que acostúmbrate.

El silencio cae entre nosotros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.