Dios… no sé qué ponerme.
Miro mi clóset como si fuera a darme la respuesta.
No es una cita cualquiera.
Es el desayuno con Agnes.
La abuela de Nikolai.
La mujer que lo conoce mejor que nadie.
Y la única capaz de leerme en segundos.
Respiro hondo y empiezo a sacar opciones… vestidos, conjuntos, blusas… nada me convence.
—Demasiado formal…
—Muy simple…
—No, esto no…
Hasta que lo veo.
Perfecto.
Saco un conjunto de Chanel.
Clásico. Elegante. Atemporal.
Una falda tweed en tonos crema con negro, ajustada a la cintura, combinada con una chaqueta corta del mismo tejido, con botones dorados delicados.
Debajo, una blusa de seda blanca, suave, con un lazo en el cuello.
Muy… Blair Waldorf.
Sonrío apenas.
Sí.
Esto funciona.
Lo complemento con unos tacones bajos, finos, en tono nude, y un bolso estructurado pequeño que combina perfectamente.
Suelto mi cabello en ondas suaves y opto por un maquillaje natural, pero pulido.
Nada exagerado.
Todo pensado.
Me miro al espejo.
Y por primera vez en varios minutos…
asiento.
—Bien… Elena —murmuro—. Puedes con esto.
Porque esto no es solo un desayuno.
Es una prueba.
Y no pienso fallar.
Salgo de la habitación, ajustando ligeramente la chaqueta mientras camino.
Y ahí está.
Nikolai.
Apoyado contra la pared, ya listo, impecable como siempre.
Pero en cuanto me ve…
se queda en silencio.
Su mirada recorre cada detalle.
Lenta.
Intensa.
—Estás hermosa —dice finalmente.
Mi corazón da un pequeño salto.
—¿Sí? —pregunto, con una leve sonrisa.
Él asiente sin dudar.
—Demasiado.
Bajo la mirada un segundo, sintiendo un calor extraño en el pecho.
—Te llevará el chófer —añade—. Tengo una reunión que atender.
Asiento.
—Está bien.
Me acerco a él sin pensarlo demasiado.
Y antes de que pueda analizarlo…
beso su mejilla.
Su piel está tibia.
Cercana.
Cuando me separo, noto cómo su expresión cambia apenas.
Como si no esperara eso.
Sonrío.
—Suerte en tu reunión.
Me giro para irme, pero su mano roza la mía por un segundo.
Sutil.
Casi imperceptible.
Y aun así…
suficiente para hacerme sentir algo.
Algo que no debería.
Pero que ya no puedo ignorar.
El camino hasta la casa de Agnes se siente más corto de lo normal.
O tal vez soy yo.
Demasiado concentrada en lo que viene.
El auto se detiene frente a la entrada y el chófer abre la puerta.
—Señorita Elena.
Asiento con una sonrisa educada y bajo.
La casa luce igual que anoche… elegante, imponente, pero hoy se siente diferente.
Más… íntima.
Toco la puerta, aunque sé que no es necesario.
Y como siempre…
no pasan ni dos segundos antes de que se abra.
—¡Mi niña! —exclama Agnes, con una sonrisa genuina.
No puedo evitar devolverla.
—Agnes…
Me recibe con un abrazo cálido, sincero. Nada forzado.
Nada superficial.
—Pasa, pasa —dice, tomándome del brazo—. Estaba esperándote.
Entro.
El ambiente es completamente distinto al de la gala. La mesa está servida con delicadeza: té caliente, frutas frescas, pan recién hecho… todo perfectamente dispuesto.
Pero no es eso lo que me pone alerta.
Es ella.
Agnes no deja de mirarme.
Como si estuviera viendo más allá de lo evidente.
—Te ves hermosa —dice, tomando asiento—. Muy tú.
Sonrío.
—Gracias.
Me siento frente a ella, manteniendo la postura, la calma… aunque por dentro estoy completamente consciente de que esto es una evaluación.
Y entonces empieza.
—Dime algo, Elena —dice, sirviendo el té con total tranquilidad—. ¿Por qué volviste?
Directa.
Sin rodeos.
Trago saliva, pero no pierdo la compostura.
—No fue algo planeado —respondo—. La vida… simplemente pasó.
Agnes asiente lentamente, como si ya supiera esa respuesta.
—La vida no hace coincidencias —dice—. Hace elecciones.
Silencio.
Sus palabras pesan.
—Y tú elegiste volver a Nikolai.
La miro.
Sostengo su mirada.
—Sí.
—¿Por qué?
Esa pregunta…
es más difícil.
Pero no puedo mentirle.
No a ella.
Bajo la mirada un segundo… y luego vuelvo a alzarla.
—Porque nunca dejé de sentir algo por él.
El silencio se instala.
Pero no es incómodo.
Es… necesario.
Agnes deja la taza sobre la mesa.
Y sonríe.
Pero no es una sonrisa cualquiera.
Es de aprobación.
—Lo sabía —murmura.
Frunzo ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que no era el final para ustedes.
Se inclina un poco hacia mí.
—Nikolai puede tener el mundo en sus manos… pero cuando se trata de ti… siempre ha sido un desastre.
No puedo evitar soltar una pequeña risa.
—No ha cambiado mucho.
—Oh, sí ha cambiado —corrige—. Pero hay cosas… que nunca se van.
Silencio.
La observo.
Y sé que esto no ha terminado.
—Ahora dime la verdad —añade, más seria—. ¿Esto es amor… o venganza?
Ahí está.
La verdadera pregunta.
La que importa.
La que define todo.
Y por primera vez desde que empezó todo…
no tengo una respuesta clara.
Porque tal vez…
es ambas.
Y eso…
es lo más peligroso de todo.
Agarro la taza de té entre mis manos, pero ya no la estoy bebiendo.
Solo la sostengo.
Como si eso pudiera darme estabilidad.
Agnes no dice nada.
Solo espera.
Y eso… hace que sea imposible mentir.
Respiro hondo.
—Me da miedo —admito finalmente.
Mi voz sale más baja de lo que esperaba.
Más real.
Ella no se sorprende.
—¿A qué? —pregunta con calma.
Bajo la mirada un segundo.