Contrato de Venganza

Capítulo 11 - Elena

Nikolai ha estado distante toda la semana.

Frío.
Lejano.
Inalcanzable.

Y todo por un problema en la empresa.

Siempre es lo mismo.

Cuando algo se sale de control… desaparece.

No físicamente.

Pero sí de todo lo demás.

De mí.

Estoy sentada en el sofá, mirándolo mientras revisa su celular como si el mundo dependiera de eso.

Tal vez sí.

Pero yo también estoy aquí.

—Te estoy diciendo que si quieres pedir sushi —repito, intentando mantener la calma.

Ni siquiera me mira.

—Da igual.

Aprieto los labios.

—Nik…

Nada.

—Siempre es lo mismo —me quejo, levantándome—. Cuando pasa algo, simplemente huyes.

Eso sí lo hace reaccionar.

Levanta la mirada.

Fría.

—No estoy huyendo.

Suelto una risa sin humor.

—Claro que sí.

Me acerco un poco más.

—Te cierras, te alejas, actúas como si nada más importara…

—Porque hay cosas que sí importan —me interrumpe.

El golpe es directo.

—¿Y yo no? —pregunto, sintiendo cómo algo se rompe un poco dentro de mí.

Silencio.

Error.

—No es eso —dice finalmente, pasando una mano por su cabello—. Solo… no ahora, Elena.

Niego con la cabeza.

—Siempre es “no ahora”.

Mi voz ya no es tranquila.

—¿Sabes qué? Estoy cansada de eso.

Él se levanta de golpe.

—Entonces vete a tu apartamento.

El silencio cae como un golpe.

Lo miro.

Incrédula.

—¿Qué?

—En realidad quiero estar solo —añade, más bajo.

Eso…

eso sí duele.

Más de lo que esperaba.

Más de lo que debería.

Trago saliva, sintiendo cómo el orgullo empieza a ganar.

Asiento lentamente.

—Está bien.

Camino hacia la puerta sin mirarlo.

Sin darle la oportunidad de decir algo más.

Pero antes de salir…

me detengo.

—No puedes seguir haciendo esto, Nikolai —digo, sin girarme—. No conmigo.

Silencio.

No responde.

Recuerdo que las llaves del BMW están en mi bolso.

Perfecto.

Ni siquiera dudo.

Bajo al estacionamiento y me subo al auto. El motor ruge y salgo sin mirar atrás.

Sin pensar.

O intentando no hacerlo.

El camino hasta mi apartamento se siente más largo de lo normal.

O tal vez soy yo.

Demasiado metida en mi cabeza.

Llego.

Subo.

Cierro la puerta detrás de mí y el silencio me golpea de inmediato.

Vacío.

Frío.

Diferente.

Suelto el bolso sobre la mesa y me dejo caer en el sofá.

—No merezco esto… —murmuro.

Y lo sé.

Lo sé.

Suspiro, tomando el celular.

Pido sushi casi por inercia y enciendo la televisión, buscando cualquier película que me distraiga.

Algo ligero.

Algo que no me haga pensar.

Pero no funciona.

Porque mi mente vuelve a él.

Siempre vuelve a él.

Me abrazo a mí misma, mirando la pantalla sin realmente verla.

—Sé que… —empiezo, en voz baja.

Pero ni siquiera sé cómo terminar esa frase.

Porque la verdad es incómoda.

Porque duele.

No hemos empezado una relación.

No realmente.

Esto es un contrato.

Un acuerdo.

Una mentira conveniente.

Somos… ¿qué?

¿Amigos?

Amigos que fingen.

Que actúan.

Que se besan como si fuera real.

Que se miran como si no hubiera nada más.

Suelto una risa amarga.

—Qué idiota… —susurro.

¿A quién intento engañar?

A él no.

A mí tampoco.

Cierro los ojos un segundo.

Y lo admito.

Finalmente.

—Estoy enamorada de él.

El silencio no responde.

Pero tampoco lo niega.

No sé en qué momento la película terminó.

Ni cuándo llegó el sushi.

Las horas pasan… lentas… pesadas.

El reloj marca las diez. Luego las once.

Medianoche.

Y yo sigo en el mismo lugar.

Pensando.

Dándole vueltas a todo.

A él.

A nosotros.

A lo que somos… o lo que ni siquiera hemos sido.

Suspiro, abrazando un cojín contra mi pecho cuando—

Escucho la puerta.

Frunzo el ceño.

No espero a nadie.

Me levanto lentamente, el corazón latiendo más rápido de lo normal.

Y entonces…

La puerta se abre.

Nikolai.

Pero algo no está bien.

Su postura.

Su forma de caminar.

Inestable.

Mis ojos se abren apenas.

No.

No puede ser.

—¿Nikolai? —digo, acercándome.

Él levanta la mirada hacia mí… y sonríe de lado.

Pero no es su sonrisa.

Está… perdido.

—Elena… —murmura.

Y el olor me golpea.

Alcohol.

Fuerte.

Demasiado.

Mi pecho se aprieta.

—¿Estás… borracho?

No responde.

Solo da un paso… y casi pierde el equilibrio.

Reacciono al instante, sujetándolo antes de que caiga.

—Cuidado —digo, sosteniéndolo—. ¿Qué te pasa?

Pero por dentro…

ya sé la respuesta.

Y eso me duele.

Mucho más de lo que debería.

Porque él no bebe.

Nunca.

No después de todo.

No después de lo que fue.

—Ven —murmuro, pasando su brazo por mis hombros—. Vamos al sofá.

Lo guío con cuidado, sintiendo su peso, su respiración desordenada.

Lo siento tan… vulnerable.

Tan distinto.

Lo ayudo a sentarse, pero él me jala suavemente con él.

—No te vayas… —dice, con la voz baja.

Y eso…

rompe algo dentro de mí.

—No me voy —respondo, aunque mi voz no es tan firme como quisiera.

Lo miro.

De cerca.

Y la decepción me golpea.

—¿Por qué hiciste esto? —pregunto, casi en un susurro.

No es enojo.

Es… dolor.

—Tú no haces esto…

Él cierra los ojos un segundo.

—Solo… hoy —murmura.

Niego lentamente.

—Eso dicen todos.

Silencio.

Le quito los zapatos, con cuidado, en automático.

Como si ya hubiera hecho esto antes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.