Todo se va a la mierda en cuestión de horas.
Estoy en la oficina cuando mi celular no deja de sonar.
Llamadas.
Mensajes.
Alertas.
Algo no está bien.
—¿Qué pasó? —pregunto en cuanto entro a la sala de juntas.
El ambiente es tenso.
Nadie me mira directamente.
Mala señal.
—Se filtró información confidencial —dice uno de los directivos—. Contratos… movimientos… inversiones.
Mi mandíbula se tensa.
—¿Cómo carajos pasó eso?
Silencio.
—No lo sabemos con certeza… pero ya está afuera.
Camino de un lado a otro, intentando procesarlo.
—¿Cuánto?
Nadie responde de inmediato.
—¿Cuánto? —repito, más fuerte.
—Millones… —dice finalmente—. Hemos perdido millones en cuestión de horas.
Cierro los ojos un segundo.
Respira.
Control.
Pero no es suficiente.
—¿Quién fue? —pregunto.
—Estamos investigando, pero… hay algo más.
Lo miro.
—Habla.
Duda.
Error.
—El nombre de Marcus ha salido en varias de las transacciones.
El aire se vuelve pesado.
Lento.
Peligroso.
Sonrío.
Pero no es una sonrisa real.
—Claro… —murmuro—. Tenía que ser él.
Ese imbécil no se iba a quedar quieto.
No después de lo de la boda.
No después de Elena.
Apoyo las manos sobre la mesa.
—Quiero toda la información —ordeno—. Cada movimiento, cada transferencia, cada contacto.
Levanto la mirada.
Frío.
Letal.
—Y quiero pruebas.
Porque esto…
no se va a quedar así.
Mi celular vibra otra vez.
Otra alerta.
La tomo.
Y lo que veo…
hace que todo empeore.
Titular:
"Nikolai Petrov: el empresario perfecto… con un pasado oscuro de adicciones."
Mi sangre se congela.
No.
No ahora.
No así.
Aprieto el celular con fuerza.
—¿También viste eso? —pregunta uno de ellos.
No respondo.
No puedo.
Porque sé lo que significa.
La prensa.
Los inversionistas.
La reputación.
Todo en riesgo.
Todo en juego.
Paso una mano por mi rostro.
Intentando mantener el control.
Pero por dentro…
todo está al borde de romperse.
Y lo peor…
no es el dinero.
No es la empresa.
Es ella.
Elena.
Porque si hay algo que no puedo permitir…
es que vea esa parte de mí otra vez.
No ahora.
No cuando apenas estaba empezando a recuperarla.
Pero ya es tarde.
Porque esto…
apenas comienza.
El silencio en la sala de juntas es pesado.
Tenso.
Nadie se mueve.
Nadie habla.
Y entonces…
golpes en la puerta.
Fuertes.
Autoritarios.
Todos giran la mirada.
—¿Quién…? —empieza uno, pero la puerta se abre sin esperar respuesta.
Policía.
Tres hombres entran directamente.
Firmes.
Serios.
Mi cuerpo se queda completamente quieto.
—¿Nikolai Petrov? —dice uno de ellos.
Lo miro.
Frío.
—Depende de quién pregunte.
No sonríe.
No reacciona.
—Tiene que acompañarnos.
El ambiente se congela.
—¿Por qué? —pregunto, sin moverme.
El oficial saca un documento.
—Está siendo investigado por fraude financiero, manipulación de mercado y ocultamiento de información a inversionistas.
Una risa sin humor escapa de mis labios.
—Eso es una broma.
—No lo es —responde.
Mis ojos se oscurecen.
—Esto es un montaje.
Pero ya sé quién está detrás.
Marcus.
Por supuesto.
—Puede explicar eso en la estación —añade.
Uno de ellos da un paso adelante.
—Señor, por favor.
No me muevo.
—No voy a ninguna parte.
Error.
Grave error.
Me toman del brazo.
Y ahí…
pierdo un poco el control.
—Suéltenme —gruño, soltándome de un tirón.
Pero no estoy tratando con cualquiera.
En segundos, me inmovilizan contra la mesa.
El golpe resuena en toda la sala.
—¡Nikolai! —escucho a alguien gritar.
Pero ya no importa.
—Está bajo arresto —dice el oficial—. Tiene derecho a guardar silencio…
No escucho el resto.
Solo siento la presión.
La rabia.
La impotencia.
Esto es un juego.
Y lo están jugando bien.
Me colocan las esposas.
Frías.
Pesadas.
Humillantes.
Levanto la mirada.
Y en ese momento solo hay una cosa en mi cabeza.
Elena.
¿Cómo carajos voy a explicarle esto?
¿Cómo le digo que todo lo que está viendo…
no es verdad?
Me sacan de la sala.
Frente a todos.
Frente a mi empresa.
Mi imperio.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no estoy en control.
Y eso…
eso es exactamente lo que ellos querían.
El aire afuera es un caos.
Luces.
Cámaras.
Voces gritando mi nombre.
La prensa está por todas partes.
Como si hubieran estado esperando este momento.
Como si alguien… los hubiera llamado.
Claro.
Marcus.
Me empujan hacia la patrulla mientras los flashes no dejan de dispararse.
—¡Nikolai! ¿Es cierto lo del fraude?
—¿Va a declarar culpable?
—¿Qué opina su esposa de todo esto?
Aprieto la mandíbula.
No respondo.
No les doy nada.
Pero entonces…
la veo.
Elena.
Entre la multitud.
Abriéndose paso como puede.
—¡Nikolai! —grita.
Mi cuerpo se tensa.
—¡Déjenme pasar! —le dice a los policías, intentando acercarse.
Uno de ellos la detiene.
—Señorita, no puede—
—¡Soy su esposa! —interrumpe, desesperada.
Mis ojos no se apartan de ella.
Está alterada.
Asustada.
Y eso… me destruye más que todo lo demás.
—¡Déjenme hablar con él! —insiste.
Pero no la dejan acercarse.
No la dejan tocarme.
Nada.