Convenientemente tuya (amor y erotismo elaborado)

Capítulo 2: El precio de la farsa

Capítulo 2: El Tablero de las Apariencias

El motor sutil del Mercedes negro rugía suavemente mientras el vehículo se deslizaba por las calles profusamente iluminadas de la ciudad. En el asiento trasero, el silencio era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo; un vacío cargado de datos, estrategias y una proximidad física que ambos intentaban ignorar.

Elena miraba fijamente a través de la ventanilla, observando cómo las luces de los rascacielos se distorsionaban por la velocidad, convirtiéndose en líneas fugaces de neón. Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía: el peinado impecable en un sofisticado moño alto, las joyas de diamantes y oro blanco heredadas de su abuela, y ese vestido de satén color rojo carmín que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, dejando su espalda completamente al descubierto. Aquello no era un atuendo de fiesta; era un uniforme de combate de alta costura.

A su lado, Mateo Sterling revisaba unos documentos financieros en su tableta, la luz fría y azulada de la pantalla iluminando sus facciones angulosas y severas. No parecía un hombre a punto de asistir a una gala benéfica con su recién anunciada prometida; parecía un general repasando sus mapas tácticos antes de iniciar una invasión inminente. La rigidez de sus hombros y la fijeza de su mandíbula delataban que, para él, cada interacción social de esa noche era una transacción de alto riesgo.

—Faltan diez minutos para llegar —dijo Mateo sin levantar la vista del dispositivo. Su voz, profunda, calmada y texturada, rompió la quieta atmósfera del habitáculo—. ¿Recordamos las reglas básicas, Elena?

Elena apartó la mirada de la ventana y lo observó fijamente, permitiendo que una chispa de su habitual orgullo norteño tiñera sus ojos. La pulcritud de su esmoquin negro clásico, cortado a la medida exacta de su porte imponente, lo hacía parecer una extensión de la misma noche urbana.

—No soy una niña, Mateo —respondió ella, enderezando la espalda con una elegancia innata—. Conozco el trato a la perfección. Ante las cámaras, somos la pareja del año. Ante tu junta directiva y mi familia, somos un bloque impenetrable. Un frente financiero común.

—Específicamente ante tu tío Richard —corrigió él, apagando la tableta de golpe con un chasquido seco y clavando sus ojos oscuros e impenetrables en ella—. Ese hombre tiene informantes en cada rincón del sector naviero y de la comisión de valores. Si detecta una sola grieta en nuestra historia, si nota que dudamos al responder o que nos movemos como extraños, impugnará el testamento de tu abuelo mañana mismo ante los tribunales. Tú perderás el control de la naviera Vance, y yo perderé los derechos de exclusividad para el desarrollo del puerto sur. Ninguno de los dos puede permitirse ese lujo.

Elena sintió un nudo opresivo en el estómago, un frío repentino que el satén de su vestido no podía combatir. El testamento de su abuelo había sido un golpe maestro de manipulación póstuma: o se casaba y demostraba "estabilidad familiar" ante el consejo antes de cumplir los veintisiete años, o el control de la empresa de su vida pasaría automáticamente a manos de Richard. Mateo, por su parte, necesitaba imperativamente el muelle profundo de los Vance para consolidar su imperio hotelero y logístico internacional. Era una alianza nacida de la pura necesidad corporativa, un frío negocio de conveniencia absoluta donde los sentimientos eran el enemigo número uno del rendimiento.

—Sé perfectamente lo que nos jugamos —susurró ella, apretando el bolso de mano de pedrería contra su regazo, sintiendo el metal frío contra sus dedos—. Solo... no olvides que esto es una farsa. No te excedas con el papel de prometido devoto. No dejes que la actuación nuble el objetivo.

Mateo esbozó una sonrisa ladeada, rápida y desprovista de cualquier calidez real; una mueca que pertenecía más a las negociaciones de contratos que al romance.

—La devoción vende, Elena. El público y los accionistas quieren una narrativa de amor dinástico. Y esta noche tenemos que vender el mejor producto de nuestras vidas.

El coche se detuvo finalmente frente a la imponente fachada iluminada del Hotel Grand Metropole. Cuando el chofer abrió la puerta, el estruendoso ruido del exterior inundó el habitáculo como una marea: el murmullo de la multitud congregada tras las vallas de seguridad, la música clásica que escapaba del vestíbulo y el sonido ensordecedor e incesante de los flashes de las cámaras.

Mateo bajó primero. Se abotonó la chaqueta del esmoquin con un movimiento fluido, impecable y ensayado, y se giró para ofrecerle la mano a Elena. Ella tomó aire profundamente, llenando sus pulmones de valor, forzó la primera de muchas sonrisas radiantes y aceptó su fuerte agarre. Al salir, el aire frío de la noche chocó de lleno contra la piel descubierta de su espalda, provocándole un escalofrío que disimuló con maestría profesional de inmediato. El contacto de la palma de Mateo, firme y templada, fue un anclaje necesario en medio de la tormenta de luz.

El salón de baile del hotel brillaba bajo la deslumbrante luz de inmensas arañas de cristal de Bohemia, cuyas facetas multiplicaban el lujo del recinto. Más de trescientos invitados de la altísima sociedad, empresarios de renombre internacional, diplomáticos y periodistas se congregaban en el lujoso espacio. Las cámaras fotográficas no dejaban de parpadear en la alfombra roja interior, creando destellos constantes que cegaban temporalmente a los asistentes.

Elena caminaba del brazo de Mateo, sintiendo cómo el satén rojo caía como agua líquida sobre sus curvas. El cabello recogido dejaba a la vista su cuello estilizado, exponiéndola por completo al escrutinio de un público hambriento de detalles sobre la repentina unión. Mateo, a su lado, avanzaba con una seguridad implacable que rayaba en la dominación física del espacio; caminaba como si el suelo del Metropole le perteneciera por derecho de conquista.




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