Convenientemente tuya

prologo

La oficina de la presidencia del Grupo Financiero Alaire, ubicada en el piso cincuenta y dos del edificio más alto de la capital, olía a madera de cedro, café espresso recién hecho y desesperación corporativa.

Elena Vance no miraba el paisaje de la ciudad a través del inmenso ventanal de cristal templado. Su atención estaba fija en el documento de treinta y dos páginas que reposaba sobre el escritorio de caoba. El título del archivo, impreso en letras góticas y frías, dictaba: Contrato de Alianza Civil y Restructuración Patrimonial. En términos más simples y mundanos: un matrimonio por conveniencia.

—Tus opciones son limitadas, Elena —dijo su abogado, un hombre canoso que había servido a la familia Vance durante tres décadas—. La cláusula testamentaria de tu abuelo es explícita. Si antes de cumplir los veintisiete años no estás casada con un ciudadano que posea activos verificables por encima de los cincuenta millones de dólares, el control accionario de la naviera pasará automáticamente a manos de tu tío ejecutivo. Y ya sabes lo que él hará con la empresa. La desmantelará y venderá sus partes al mejor postor.

Elena apretó los puños debajo de la mesa. Faltaban exactamente seis meses para su cumpleaños veintisiete. Había pasado los últimos cinco años de su vida trabajando catorce horas diarias en los astilleros, conociendo cada tuerca, cada ruta marítima y cada empleado por su nombre. La naviera no era solo su herencia; era su vida entera.

—¿Y quién es el candidato que tu prestigiosa firma ha seleccionado para este sacrificio financiero? —preguntó Elena, su voz destilando un sarcasmo helado.

La puerta de la oficina se abrió en ese instante, interrumpiendo la respuesta del abogado.

Entró un hombre alto, de hombros anchos y andares seguros que denotaban una arrogancia innata. Vestía un traje de tres piezas hecho a medida, de un gris marengo impecable, sin una sola arruga. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás y sus ojos, de un azul tan claro que parecía invernal, recorrieron la habitación hasta fijarse en Elena.

Era Mateo Sterling. El heredero de la mayor cadena hotelera del país, un hombre conocido en las páginas de negocios por su frialdad matemática y en las revistas del corazón por su implacable rechazo a cualquier tipo de compromiso emocional.

—Llegas tarde, Sterling —dijo Elena, sin levantarse de su silla, manteniendo la barbilla en alto.

Mateo no se inmutó por la falta de cortesía. Se sentó en el sillón de cuero frente a ella, cruzó una pierna con parsimonia y dejó su tableta electrónica sobre el escritorio.

—El tráfico de la avenida principal es caótico, señorita Vance —respondió Mateo, su voz un barítono profundo que resonó con fuerza en el espacio cerrado—. Pero vayamos al grano. Mi tiempo cuesta más que el oro que su familia intenta salvar. Su naviera necesita liquidez inmediata y un estatus civil que cumpla con los delirios de su difunto abuelo. Mi cadena hotelera necesita los terrenos del puerto sur que están a nombre de su empresa para construir el complejo turístico más grande de la década. Es un intercambio equitativo.

—Un intercambio que implica que firme un papel que me encadena a ti por dos años —replicó ella, sosteniéndole la mirada.

—Fingiremos ante la junta directiva, ante la prensa y ante su molesta familia —sentenció Mateo, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Viviremos bajo el mismo techo en mi residencia de la colina para evitar que los reporteros sospechen. Mantendremos cuentas bancarias separadas. No habrá contacto físico no consensuado. Y lo más importante: cuando se cumplan los veinticuatro meses, nos divorciaremos alegando diferencias irreconciliables, usted conservará sus acciones y yo me quedaré con las escrituras del puerto sur. Sin rodeos, sin dramas, sin romance. Es solo un negocio, Elena.

Elena miró el documento. Luego miró a Mateo. La tensión en la habitación era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo. Sabía que estaba entrando en un pacto con el diablo, pero era el único diablo que podía salvar su imperio.

Tomó la pluma estilográfica y firmó con trazo firme.

—Que empiece el juego, socio —susurró.




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