El salón de baile del Hotel Plaza brillaba bajo la luz de inmensas arañas de cristal de Bohemia. Más de trescientos invitados de la alta sociedad, empresarios de renombre y periodistas de espectáculos se congregaban en el lugar. Las cámaras fotográficas no dejaban de parpadear, creando destellos constantes que cegaban a los asistentes.
Elena llegó del brazo de Mateo. Llevaba un vestido largo de satén color rojo carmín que caía como agua sobre sus curvas, con la espalda completamente descubierta y el cabello recogido en un moño elegante que dejaba a la vista su cuello estilizado. Mateo, a su lado, lucía un esmoquin negro clásico que resaltaba su porte imponente.
—Sonríe, Elena —susurró Mateo al oído de ella, su aliento rozando el lóbulo de su oreja, provocándole un escalofrío involuntario—. Hay tres lentes apuntando directamente a tu perfil izquierdo en este momento.
—Estoy sonriendo, Mateo —respondió ella entre dientes, manteniendo una sonrisa perfecta y radiante hacia las cámaras—. Lo que estás sintiendo en mi brazo no es debilidad, es tensión porque me estás apretando demasiado contra ti.
—Es para mantener el realismo —replicó él mientras avanzaban hacia la zona principal del salón.
—¡Elena! Qué grata sorpresa —interrumpió una voz masculina y pastosa.
Era Richard Vance, el tío de Elena. Un hombre de cincuenta años, de mirada astuta y sonrisa falsa, que siempre la había considerado una intrusa en el mundo de los negocios familiares. Venía acompañado por dos miembros importantes de la junta directiva de la naviera.
—Tío Richard —saludó Elena, endureciendo la postura pero manteniendo la compostura—. Permíteme presentarte a mi prometido, Mateo Sterling. Creo que ya conoces su reputación en el sector hotelero.
Richard analizó a Mateo con una mezcla de sorpresa y sospecha evidente. Había estado seguro de que su sobrina no lograría cumplir la cláusula del testamento a tiempo.
—Sterling. Por supuesto que conozco su nombre. Aunque debo admitir que no sabía que usted y mi sobrina tuvieran una relación tan... madura. Nunca los vimos juntos en ningún evento de la ciudad.
Mateo dio un paso adelante, colocando una mano firme y posesiva en la cintura descubierta de Elena. Su tacto sobre la piel desnuda de la espalda de ella fue tan ardiente que Elena tuvo que contener la respiración para no reaccionar visiblemente.
—Los negocios de la familia Vance siempre han sido públicos, señor Vance —dijo Mateo con una voz fría y cortante como el hielo—, pero mi vida privada es estrictamente mía. Preferimos mantener nuestro compromiso en privado hasta que todos los detalles de nuestra futura vida juntos estuvieran consolidados. No queríamos interferencias externas... de ningún tipo.
La insinuación de Mateo fue directa y contundente. El tío Richard apretó la mandíbula, dándose cuenta de que no se enfrentaba a una joven inexperta, sino a una de las mentes más implacables del mundo corporativo.
—Ya veo —dijo Richard, forzando una sonrisa—. Bueno, el matrimonio es un paso importante. Espero que las bases de su unión sean lo suficientemente sólidas para resistir las presiones del mercado. Con permiso.
En cuanto el tío se alejó entre la multitud, Elena soltó un largo suspiro y se separó sutilmente del agarre de Mateo. Su piel seguía quemando en el lugar donde los dedos de él habían estado apoyados.
—Eso estuvo cerca —admitió Elena, mirando hacia el suelo—. Gracias por intervenir. Pensé que me interrogaría más a fondo.
Mateo la miró, detallando la calidez de sus mejillas y la forma en que sus ojos brillaban bajo las luces del salón. La frialdad del empresario pareció tambalearse por una fracción de segundo.
—Te defendí porque eres mi socia, Elena. Si tu imagen cae, mi proyecto en el puerto sur cae con ella. No dejes que te vea temblar de nuevo. Vamos a la mesa, el espectáculo apenas comienza.
Elena lo siguió, sintiendo una punzada de rabia mezclada con algo más complejo. Él seguía repitiendo que todo era un negocio, como si necesitara recordárselo a sí mismo tanto como a ella.