Las semanas transcurrieron y la rutina de la convivencia forzada se instaló en la gran casa de la colina. El acuerdo funcionaba de manera eficiente durante el día: cada uno se concentraba en sus respectivas empresas, enviando correos y coordinando a sus equipos de abogados para los contratos definitivos de traspaso de tierras. Sin embargo, las noches se estaban volviendo un terreno sumamente resbaladizo.
Una noche de martes, una tormenta eléctrica azotó la ciudad, cortando el suministro de energía de toda la zona residencial. La mansión quedó sumida en una oscuridad total.
Elena, que estaba en su habitación revisando unos informes financieros con la luz de su tableta, decidió bajar a la cocina a buscar unas velas. Al llegar al pie de las escaleras, tropezó con un pequeño escalón debido a la falta de visibilidad. Soltó un gemido de sorpresa mientras caía hacia adelante, esperando el impacto contra el suelo de mármol.
Pero el impacto nunca llegó. Dos brazos fuertes la atraparon en el aire con una agilidad sorprendente. Elena chocó directamente contra el pecho firme de Mateo. El aroma a colonia de diseñador y madera de sándalo la envolvió al instante.
—Te tengo —dijo la voz de Mateo en la oscuridad, inusualmente baja y áspera.
Elena se quedó inmóvil, con las manos apoyadas en los hombros de él. Podía sentir los latidos acelerados del corazón de Mateo contra su palma. Estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban en el aire frío de la noche.
—Iba... iba a buscar velas —consiguió decir Elena, su voz apenas un susurro que delataba su agitación.
—Están en el tercer cajón de la isla —respondió Mateo, pero no la soltó. Sus manos seguían firmes en la cintura de ella, sosteniéndola como si fuera lo más valioso del mundo—. Deberías tener más cuidado. Si te fracturas un tobillo, la prensa inventará que tuvimos una pelea doméstica.
—¿Siempre piensas en la prensa, Mateo? ¿O en tus malditos hoteles? —preguntó Elena, sintiendo una repentina oleada de frustración. El dolor de cabeza por el estrés del trabajo y la cercanía de este hombre la estaban desbordando—. ¿Hay algo en ti que no sea un cálculo de costo-beneficio?
En ese momento, un relámpago iluminó el salón a través de los inmensos ventanales, llenando la estancia de una luz azulada y fantasmal por un segundo. En ese breve destello, Elena vio los ojos de Mateo. Ya no eran fríos; brillaban con una intensidad oscura, un fuego contenido que nunca antes le había visto mostrar a nadie.
—Quieres saber si soy de carne y hueso, Elena —dijo él, su voz descendiendo a un tono peligrosamente íntimo—. No tientes a tu suerte. Este acuerdo es lo único que nos protege a ambos de cometer una estupidez de la que no podamos retractarnos.
Mateo la soltó lentamente, asegurándose de que ella tuviera el equilibrio recuperado antes de separarse por completo. Sacó su teléfono celular, encendió la linterna integrada e iluminó el camino hacia la cocina. Caminó por delante de ella, recuperando instantáneamente su postura de jefe imperturbable.
Elena se quedó en su lugar por un momento, frotándose los brazos donde la calidez de las manos de Mateo aún parecía grabada a fuego. El acuerdo ya no se sentía tan simple. La mentira empezaba a pesar y la línea entre la actuación y la realidad se estaba volviendo peligrosamente delgada.