El gran día de la boda legal se acercaba. Iba a ser una ceremonia civil privada en los jardines de la propiedad de Mateo, con la presencia exclusiva de los testigos necesarios, los abogados y, por supuesto, el tío Richard, quien seguía buscando cualquier fisura legal para impugnar el matrimonio.
La tarde previa a la firma del acta, Elena recibió una llamada de su secretaria en la naviera. Un lote de motores esenciales para los nuevos cargueros de la empresa había sido retenido en la aduana debido a un problema con los permisos de importación que su tío había gestionado mal intencionadamente antes de ser desplazado de la gerencia general. Era un boicot interno evidente.
Elena colgó el teléfono, sintiendo que el mundo se le venía encima. El costo por día de retraso en el puerto era de miles de dólares y si no entregaban los barcos a tiempo, perderían el contrato con el gobierno, lo que significaría la quiebra técnica antes de que pudiera consolidar su herencia.
Entró a la oficina de Mateo sin llamar, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre por las lágrimas de frustración que intentaba contener.
—Tenemos un problema. Mi tío bloqueó los motores en la aduana norte. El papeleo está bajo investigación federal por supuestas irregularidades fiscales de la administración anterior. Estoy acabada, Mateo. El matrimonio de mañana no servirá de nada si la naviera se declara en quiebra la próxima semana.
Mateo, que estaba revisando unos contratos en su computadora, levantó la vista. Al ver la expresión de pura angustia en el rostro de Elena, algo pareció romperse dentro de su esquema mental. Se puso de pie de inmediato y caminó hacia ella.
—Cálmate, Elena —dijo él, tomándola suavemente por los hombros. Esta vez no había cámaras, no había testigos. Su gesto fue puramente instintivo.
—¡No me pidas que me calme! —exclamó ella, una lágrima rebelde rodando por su mejilla—. No entiendes lo que esto significa. Es el trabajo de mi vida. Todo por lo que luché se está destruyendo porque no puedo vencer a esos burócratas corruptos a tiempo.
Mateo extendió la mano y, con una delicadeza que contradecía toda su reputación corporativa, usó su pulgar para limpiar la lágrima del rostro de Elena. Su tacto fue tan suave que ella guardó silencio, mirándolo con sorpresa.
—Dije que te calmes porque yo me voy a encargar de esto —afirmó Mateo, manteniendo su mano en la mejilla de ella por unos segundos más de lo necesario—. El director de la aduana norte es un antiguo miembro del consejo consultivo de mi cadena de hoteles. Le debo un par de favores y él me debe muchos más a mí. Mañana a primera hora, esos motores estarán en tus astilleros. Ningún burócrata va a destruir el patrimonio de mi esposa.
Elena parpadeó, asimilando sus palabras.
—¿Harás eso por mí? ¿Usarás tus influencias personales? Eso no estaba estipulado en las cláusulas de asistencia mutua del contrato, Mateo. ¿Qué quieres a cambio? ¿Más terrenos del puerto?
Mateo retiró la mano lentamente, su rostro endureciéndose de nuevo, pero no por frialdad, sino por una lucha interna que no lograba ocultar del todo.
—No quiero más terrenos, Elena. Hago esto porque... porque eres mi socia. Y porque odio ver que jueguen sucio contra alguien que trabaja tan duro como tú. Ahora ve a descansar. Mañana tenemos una boda que firmar y necesito que luzcas implacable, no cansada.
Elena salió de la oficina con el corazón latiéndole a mil por hora. Ya no podía engañarse a sí misma. El acuerdo falso se estaba complicando. La ayuda de Mateo ya no se sentía como una transacción comercial; se sentía como protección, como cuidado real. Y eso era lo más peligroso que podía ocurrirle a su corazón.