La ceremonia civil fue breve, sobria y legalmente perfecta. Ante el juez y un reducido grupo de personas, Elena Vance y Mateo Sterling intercambiaron votos falsos y firmaron el acta de matrimonio que los unía ante la ley del país por los próximos dos años. El tío Richard estuvo presente en la última fila, observando todo con una mirada sombría, dándose cuenta de que había perdido la batalla por el control de la naviera.
Tras la partida de los abogados y los pocos invitados, la mansión volvió a quedar en silencio. Eran las once de la noche. Elena estaba en la sala principal, vistiendo aún el sencillo pero elegante vestido blanco de cóctel que había elegido para la ocasión. Tenía una copa de champán a medio terminar en la mano, mirando fijamente el gran ventanal.
Mateo entró a la sala, habiéndose quitado ya el saco del esmoquin y con los primeros botones de la camisa blanca desabrochados. Llevaba dos copas nuevas en una bandeja.
—Los motores llegaron a los astilleros hace tres horas —anunció él, sentándose en el sofá de cuero—. Tu secretaria me confirmó que el montaje ya comenzó. Tu herencia está a salvo, señora Sterling.
Elena se giró al escuchar su nuevo apellido ficticio. Caminó hacia él y se sentó en el extremo opuesto del sofá.
—Gracias, Mateo. De verdad. No sé qué habría hecho sin tu intervención. Supongo que ahora ambos tenemos lo que queríamos. Tú tienes los derechos de construcción del puerto sur y yo mantengo el control de mi empresa. El plan funcionó a la perfección.
—Sí —coincidió Mateo, mirando el líquido dorado de su copa—. El plan funcionó. Somos oficialmente esposos ante el mundo. Dos años pasarán rápido.
Se produjo un silencio incómodo, espeso, cargado de todas las palabras que no se habían atrevido a decir durante las últimas semanas. Las miradas de ambos se cruzaron y la tensión romántica acumulada durante los días de convivencia forzada estalló en el ambiente. Ninguno de los dos se movió, pero la distancia entre ellos parecía reducirse por la pura fuerza de la atracción.
—Mateo... —dijo Elena, su voz temblando ligeramente—. Esto no debía volverse real. El contrato decía...
—Sé perfectamente lo que decía el contrato, Elena —la interrumpió él, dejando su copa sobre la mesa de centro con un golpe seco. Se acercó a ella por el sofá, acortando el espacio hasta que sus rodillas se rozaron—. El contrato se diseñó para proteger nuestros negocios. Pero no previó que pasaría cada noche pensando en el sonido de tus pasos en el pasillo. No previó que me importaría más ver una sonrisa en tu rostro que cerrar el trato hotelero más grande de mi carrera.
Elena lo miró a los ojos, descubriendo la vulnerabilidad total de aquel hombre supuestamente implacable.
—Tengo miedo, Mateo —confesó ella, las lágrimas asomando en sus ojos—. No sé dónde termina la mentira y dónde empieza lo que de verdad siento por ti. Esto duele. Se supone que era una solución conveniente.
—A la mierda la conveniencia —sentenció Mateo.
Extendió la mano, tomó a Elena por la nuca con firmeza pero con una ternura infinita y la atrajo hacia sí. Sus labios se encontraron en un beso intenso, hambriento, lleno de toda la frustración, el deseo y la pasión que habían estado reprimiendo desde el primer día que se conocieron en aquella oficina del piso cincuenta y dos.
Elena rodeó el cuello de Mateo con sus brazos, entregándose por completo al contacto. El beso no era parte del trato. No había cámaras grabando, no había tíos corruptos observando, no había cláusulas que cumplir. Era simplemente la verdad abriéndose paso a través de la red de mentiras que ellos mismos habían construido.
Cuando se separaron para tomar aire, Mateo apoyó su frente contra la de ella, manteniendo sus manos en las mejillas de Elena.
—El contrato sigue vigente ante el mundo, Elena. Pero aquí adentro, en esta casa... ya no estamos fingiendo. Ya no hay marcha atrás.
Elena sonrió entre las lágrimas, sabiendo que el acuerdo falso se había roto de la mejor manera posible. El amor había empezado como una mentira conveniente, pero se había convertido en una fuerza absoluta e imposible de controlar.