CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 1 La historia que nadie debía recordar

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del viejo comedor mientras el viento nocturno silbaba entre los edificios de la ciudad. Afuera, las luces de los autos se reflejaban sobre el asfalto mojado como líneas temblorosas de fuego.
Dentro de la casa, el aire olía a café recién hecho y madera antigua.
Tomás Ferreyra permanecía sentado frente a su abuelo, observándolo en silencio mientras el anciano terminaba de acomodar unos viejos papeles sobre la mesa.
—¿Otra vez con tus historias del bosque? —preguntó Julieta desde el sillón, sin despegar la vista de su celular.
Benja soltó una carcajada.
—Déjalo hablar. Si aparece un monstruo al menos ya sabemos cómo morir.
—Idiota —murmuró Emilia, aunque sonrió apenas.
Lautaro, recostado contra la pared, cruzó los brazos.
—Yo sigo diciendo que ese bosque está sobrevalorado.
El anciano levantó lentamente la mirada hacia ellos.
Y entonces el ambiente cambió.
No hizo falta que dijera nada. Algo en sus ojos apagó las bromas de golpe.
La lluvia continuó golpeando las ventanas.
—Ustedes creen que es una leyenda porque la ciudad necesita pensar eso —dijo finalmente con voz ronca—. Es más fácil convertir la verdad en cuentos.
Tomás apoyó los codos sobre la mesa.
—Abuelo… ¿vos realmente conociste a los Guardianes?
El viejo tardó unos segundos en responder.
—No.
La decepción apareció en varios rostros.
Pero entonces agregó:
—Conocí a alguien que volvió del bosque.
El silencio cayó sobre el comedor.
Incluso Julieta dejó el teléfono a un lado.
El anciano abrió lentamente una pequeña caja de madera desgastada. Dentro había fotografías viejas, hojas amarillentas y un colgante de piedra oscura atravesado por una marca extraña.
Emilia frunció el ceño.
—¿Qué símbolo es ese?
—Nadie lo sabe —respondió el hombre—. Pero quien regresó del bosque lo llevaba consigo.
Tomás tomó la fotografía más antigua.
La imagen estaba borrosa por el tiempo, pero podía verse claramente una enorme pared de árboles detrás de una mujer joven de cabello oscuro.
Clara.
Aunque ninguno de ellos lo sabía todavía.
—Hace muchos años —continuó el abuelo— una chica desapareció cerca del bosque. La buscaron durante semanas. La policía, rescatistas, incluso militares.
Benja tragó saliva.
—¿Y apareció?
El anciano asintió lentamente.
—Meses después.
La lluvia golpeó más fuerte.
—Pero ya no era la misma.
Lautaro sonrió con incredulidad.
—¿Y ahora viene la parte donde conoció espíritus y lobos gigantes?
El abuelo lo miró fijamente.
—Vio algo ahí adentro.
La sonrisa de Lautaro desapareció.
—Algo que la ciudad jamás entendió.
Tomás observó nuevamente la fotografía. Había algo extraño en ella. Una sombra apenas visible entre los árboles del fondo.
Como una figura observando.
—¿Y los Guardianes? —preguntó Emilia en voz baja.
El anciano cerró lentamente la caja.
—Dicen que el bosque eligió protectores.
El viento hizo crujir una de las ventanas.
—Algunos los llaman monstruos. Otros, espíritus. Pero quienes sobreviven… los llaman Guardianes.
Nadie habló durante varios segundos.
Afuera, un trueno estremeció la noche.
Benja soltó una risa nerviosa.
—Bueno… oficialmente ya no quiero dormir.
Julieta rodó los ojos.
—Siguen siendo cuentos.
—¿Entonces por qué nadie entra al bosque? —preguntó Tomás sin despegar la vista de la fotografía.
Julieta abrió la boca para responder… pero no encontró palabras.
Porque era verdad.
Nadie iba allí.
El bosque existía a pocas horas de la ciudad, enorme e intacto, pero la gente evitaba acercarse. Siempre había historias: excursionistas perdidos, luces entre los árboles, animales imposibles, personas que regresaban distintas.
El abuelo se levantó lentamente de la mesa.
—Hay lugares que deben permanecer dormidos.
Tomás levantó la mirada.
—¿Y si las historias son reales?
El anciano lo observó en silencio.
Y por primera vez desde que comenzó la conversación, pareció sentir miedo.
Miedo real.
—Entonces recen para que el bosque no los vea.
La luz titiló una vez.
Después otra.
Y finalmente se apagó.
La casa quedó sumida en oscuridad total.
Benja soltó un insulto ahogado.
—Perfecto. Excelente momento.
Lautaro encendió la linterna de su celular.
La débil luz iluminó apenas el comedor.
Pero Emilia seguía mirando hacia la ventana.
Pálida.
Inmóvil.
—¿Qué pasa? —preguntó Julieta.
Emilia no respondió enseguida.
Sus ojos permanecían clavados afuera.
Hacia la lluvia.
Hacia la oscuridad.
—Creo… —susurró lentamente— que hay alguien mirando desde la calle.
Todos giraron al mismo tiempo.
Pero afuera… ya no había nadie.




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