La lluvia había desaparecido durante la madrugada.
Cuando el sol salió al día siguiente, la ciudad parecía haber olvidado la tormenta por completo.
Los autos volvieron a llenar las calles.
Los comercios abrieron sus puertas.
Los estudiantes regresaron a las aulas.
Y la vida continuó como siempre.
Pero para algunos, algo había cambiado.
Algo pequeño.
Casi imperceptible.
Una semilla.
Una pregunta.
Una historia que se negaba a desaparecer.
Tomás permanecía sentado junto a la ventana del aula mientras el profesor explicaba fórmulas matemáticas en el pizarrón.
No escuchaba una sola palabra.
Su mirada estaba perdida en el cielo.
Sobre su banco descansaba una hoja donde había dibujado varias veces el mismo símbolo que había visto en el colgante de su abuelo.
Lo observó durante unos segundos.
Había algo extraño en aquella marca.
Algo que parecía familiar sin serlo.
—Ferreyra.
Tomás levantó la cabeza.
—¿Sí?
—¿Quiere compartir con el resto de la clase qué es tan interesante?
Algunas risas se escucharon alrededor.
Tomás negó rápidamente.
—No, profesor.
—Entonces vuelva a este planeta.
Las carcajadas aumentaron.
Pero Tomás apenas sonrió.
Su mente seguía atrapada en aquella fotografía.
En aquella sombra oculta entre los árboles.
Durante el recreo encontró al resto del grupo bajo una galería del patio.
Benja estaba comiendo una factura.
Lautaro discutía sobre fútbol con otros compañeros.
Julieta revisaba apuntes.
Y Emilia dibujaba en una libreta.
—Todavía estás pensando en la historia de tu abuelo, ¿no? —preguntó Julieta sin levantar la vista.
Tomás se sorprendió.
—¿Tan evidente es?
—Muchísimo.
Benja se acomodó el cuello de la campera.
—Yo también.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
—Anoche soñé con árboles gigantes.
Julieta soltó una risa.
—Porque escuchaste una historia de terror antes de dormir.
—No era un sueño normal.
El tono de Benja hizo que la sonrisa desapareciera.
—¿Qué viste? —preguntó Emilia.
Benja dudó.
—No sé.
Miró hacia el patio.
—Era como si alguien me estuviera observando.
Tomás sintió un escalofrío.
Inmediatamente recordó las palabras de Emilia.
"Creo que hay alguien mirando desde la calle."
Nadie dijo nada durante varios segundos.
Hasta que Lautaro regresó.
—¿Otra vez con eso?
—Vos también estabas incómodo anoche —dijo Julieta.
—Porque se cortó la luz.
—Claro.
—Claro.
La respuesta provocó algunas sonrisas.
Pero nadie parecía convencido.
Esa misma tarde, Emilia caminaba sola hacia su casa.
Le gustaba recorrer las calles tranquilas después de clases.
El aire todavía conservaba el aroma húmedo de la lluvia.
Mientras avanzaba, algo llamó su atención.
Un pequeño gorrión permanecía inmóvil sobre una reja.
No huyó cuando ella se acercó.
Ni siquiera cuando quedó a pocos centímetros.
El ave simplemente la observó.
Emilia sonrió.
—Hola.
El pájaro inclinó la cabeza.
Después levantó vuelo.
Y desapareció.
Ella continuó caminando.
Sin notar que otros dos pájaros se habían posado sobre un cable cercano.
Observándola.
A varios kilómetros de allí.
Mucho más allá de la ciudad.
Mucho más allá de los caminos.
El bosque respiraba.
El viento recorría las copas de los árboles como una ola interminable.
La luz atravesaba las hojas creando manchas doradas sobre la tierra.
Y en medio de aquella inmensidad verde, dos figuras avanzaban silenciosamente.
Una de ellas corría entre las ramas con la facilidad de un animal salvaje.
La otra caminaba con calma.
Observando.
Escuchando.
Sintiendo.
Nahuel se detuvo sobre una rama elevada.
Sus ojos recorrieron el horizonte.
—Los pájaros siguen regresando.
Küyen se apoyó contra el tronco de un árbol enorme.
—Lo sé.
—Han llegado hasta la ciudad otra vez.
Ella asintió.
El viento movió algunos mechones oscuros de su cabello.
—Algo está cambiando.
Nahuel frunció el ceño.
Aquella frase no le gustaba.
Porque llevaba meses escuchándola.
De los animales.
De los árboles.
Del bosque.
Como un murmullo constante.
Como una advertencia.
—Padre dice que debemos mantenernos alejados.
—Padre dice muchas cosas.
Nahuel lanzó una mirada incómoda hacia su hermana.
—No empieces.
Küyen sonrió.
—¿No sientes curiosidad?
—No.
—Mentiroso.
Nahuel no respondió.
Porque sí sentía curiosidad.
Y eso era precisamente lo que le molestaba.
Muy lejos de allí, en la ciudad, Tomás abrió nuevamente la vieja caja de madera que su abuelo le había prestado.
La fotografía seguía allí.
Amarillenta.
Gastada.
Misteriosa.
La observó durante varios segundos.
Y entonces descubrió algo que no había notado la noche anterior.
En el borde inferior de la imagen había una inscripción escrita a mano.
Pequeña.
Casi borrada por el tiempo.
Tomás acercó la fotografía a la luz.
Leyó lentamente las palabras.
Y su corazón dio un vuelco.
Porque debajo de la imagen podía leerse una sola frase:
"Si encuentran este lugar... no sigan avanzando."
Continuará...
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Editado: 24.06.2026