Tomás permaneció inmóvil durante varios segundos.
La fotografía temblaba ligeramente entre sus dedos.
"Si encuentran este lugar... no sigan avanzando."
Volvió a leer la frase una vez.
Y otra.
Y otra más.
No parecía una advertencia escrita para cualquiera.
Parecía un mensaje.
Un mensaje dejado por alguien que había estado allí.
Alguien que sabía exactamente lo que existía más allá de aquellos árboles.
La puerta de su habitación se abrió.
Tomás guardó rápidamente la fotografía.
—¿Qué haces despierto todavía? —preguntó su madre.
—Nada.
Ella observó los libros dispersos sobre el escritorio.
—No te quedes hasta tarde.
—Ya voy a dormir.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Tomás sacó el teléfono.
Abrió el grupo de mensajes.
LOS INÚTILES
Benja había elegido el nombre meses atrás.
Tomás escribió:
"Necesitamos hablar."
La respuesta llegó casi de inmediato.
Benja:
"¿Quién murió?"
Julieta:
"Son las once de la noche."
Lautaro:
"¿Es sobre el bosque?"
Tomás sonrió.
Lautaro podía fingir indiferencia todo lo que quisiera.
Pero seguía pensando en ello.
Tomás escribió:
"Encontré algo en la foto."
Al día siguiente se reunieron después de clases en una cafetería cercana.
Tomás colocó la fotografía sobre la mesa.
Todos se inclinaron para observarla.
—Ahí está —dijo señalando la inscripción.
Julieta entrecerró los ojos.
—¿Cómo no vimos eso antes?
—Porque casi no se nota —respondió Emilia.
Benja se acomodó en la silla.
—Bueno.
Miró alrededor.
—Voy a decirlo.
Todos lo observaron.
—Tenemos que ir.
Julieta soltó una carcajada.
—Por supuesto.
—¿Qué?
—¿Una foto vieja y una frase misteriosa? ¿Y ya quieres internarte en un bosque enorme?
—Sí.
—Increíble.
Lautaro apoyó los brazos sobre la mesa.
—Yo también iría.
Julieta cerró los ojos.
—Son imposibles.
Tomás notó que Emilia seguía mirando la fotografía.
—¿Vos qué pensás?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Creo que alguien quería que encontráramos esto.
El comentario hizo que todos guardaran silencio.
Porque era exactamente lo que Tomás había estado pensando.
Esa misma tarde.
En el bosque.
Nahuel descendió de una roca cubierta de musgo.
El aire olía a tierra húmeda.
Los rayos del sol atravesaban las copas creando columnas de luz entre los árboles.
A lo lejos escuchó pasos.
Reconoció el sonido inmediatamente.
Küyen.
Su hermana apareció caminando por un sendero apenas visible.
Traía una expresión extraña.
—¿Qué ocurre? —preguntó Nahuel.
—Los pájaros volvieron.
—Ya lo sé.
—No.
Küyen negó con la cabeza.
—Esta vez trajeron algo más.
Nahuel frunció el ceño.
—¿Qué?
Ella levantó una pequeña pluma gris.
—Recuerdos.
El joven guardó silencio.
Aquello no era normal.
Los animales del bosque percibían emociones.
A veces incluso imágenes.
Era un don que los Guardianes habían aprendido a interpretar con los años.
—¿Qué viste?
Küyen observó la pluma.
—Cinco jóvenes.
Nahuel se tensó.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la ciudad.
Nahuel maldijo por lo bajo.
Aquello no le gustaba.
Nada.
Porque durante años nadie había intentado acercarse al corazón del bosque.
Y ahora los animales comenzaban a traer visiones.
Visiones repetidas.
Siempre los mismos rostros.
Siempre las mismas personas.
Como si el bosque quisiera llamar su atención.
Aquella noche.
La familia se reunió para cenar.
La cabaña principal estaba iluminada por lámparas de aceite.
El aroma de la comida llenaba el ambiente.
Clara observó a sus hijos mientras hablaban.
Los conocía demasiado bien.
Sabía cuándo ocultaban algo.
Y ambos lo estaban haciendo.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Nahuel y Küyen intercambiaron una mirada.
Aukan levantó una ceja.
—Yo también quiero saberlo.
El silencio duró apenas unos segundos.
—Hay humanos hablando del bosque otra vez —dijo Küyen.
Aukan dejó lentamente los cubiertos sobre la mesa.
El gesto fue suficiente para que la habitación pareciera enfriarse.
—¿Quiénes?
—Adolescentes.
—¿Cuántos?
—Cinco.
Los ojos de Aukan se endurecieron.
Clara, en cambio, pareció pensativa.
—¿Intentan acercarse?
Nahuel asintió.
—Eso creemos.
Durante unos segundos nadie habló.
El fuego crepitó en la chimenea.
Aukan finalmente rompió el silencio.
—Si vienen, los alejaremos.
—Padre...
—No.
La voz fue firme.
—No pondrán un pie aquí.
Küyen bajó la mirada.
Clara observó a su esposo.
Había algo más detrás de aquella reacción.
Algo que él no estaba diciendo.
Algo que llevaba años guardando.
Esa misma noche.
Tomás estaba sentado frente a la computadora.
La fotografía digitalizada ocupaba toda la pantalla.
Había estado investigando durante horas.
Mapas antiguos.
Artículos.
Noticias olvidadas.
Historias locales.
Entonces encontró algo.
Un viejo periódico digitalizado.
Más de veinte años atrás.
La noticia era breve.
Tan breve que casi parecía irrelevante.
Pero una frase llamó su atención.
"Joven desaparecida reaparece tras meses perdida en el bosque."
Debajo había una fotografía borrosa.
Tomás sintió que el corazón se aceleraba.
Reconoció inmediatamente aquel rostro.
Era la misma mujer de la fotografía de su abuelo.
La misma.
Clara.
Y debajo de la imagen aparecía una frase pronunciada por ella tras ser encontrada:
"Hay cosas en el bosque que todavía no están listas para ser descubiertas."
Tomás se quedó inmóvil.
Luego tomó el teléfono.
Y escribió un único mensaje al grupo.
"Vamos."
Porque en ese instante ya había tomado una decisión.
Y sin saberlo...
muy lejos de la ciudad...
en el corazón del bosque...
algo también había comenzado a prepararse para su llegada.
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Editado: 24.06.2026