CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 4 La hija del bosque

Dos días después, el plan estaba listo.
Mochilas.
Linternas.
Comida.
Mapas descargados en los teléfonos.
Y una cantidad exagerada de confianza para cinco adolescentes que estaban a punto de internarse en uno de los lugares más misteriosos de la región.
—Todavía podemos volver atrás —dijo Julieta mientras descendían del autobús.
—Todavía podés quedarte acá —respondió Lautaro.
—Todavía puedo golpearte con una piedra.
—Eso sí sería una aventura.
Benja soltó una carcajada.
Tomás apenas escuchaba.
Frente a ellos se extendía el bosque.
Inmenso.
Silencioso.
Antiguo.
Las copas de los árboles parecían formar una muralla verde que ocultaba todo lo que existía más allá.
Emilia observó el lugar en silencio.
Una extraña sensación recorría su cuerpo.
Como si hubiera estado allí antes.
Como si algo la estuviera esperando.
—¿Entramos? —preguntó Benja.
Tomás respiró profundamente.
Y dio el primer paso.
Lejos de allí.
En el corazón del bosque.
Aukan levantó lentamente la cabeza.
Estaba reparando una cerca natural junto a un arroyo cuando sintió la perturbación.
No fue un sonido.
Ni un olor.
Fue algo más profundo.
Una vibración.
Un mensaje.
Los árboles susurraron.
Las raíces transmitieron información bajo la tierra.
Las aves cambiaron de dirección.
Y el bosque habló.
Cinco humanos.
Aukan cerró los ojos.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Después suspiró.
—Ya llegaron...
Clara, que recogía algunas hierbas medicinales cerca de allí, lo observó.
—¿Son ellos?
Aukan asintió.
—Cinco jóvenes.
—Tal vez solo estén explorando.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Clara sonrió levemente.
—No todos los humanos son una amenaza.
—Lo sé.
—Entonces...
—Pero basta uno.
La respuesta quedó suspendida entre ambos.
Finalmente Aukan se puso de pie.
—Los sacaré del bosque antes de que encuentren algo que no deben encontrar.
Al principio todo parecía normal.
Incluso hermoso.
Los chicos avanzaban entre senderos naturales tomando fotografías y grabando videos.
Benja no había dejado de hablar desde que entraron.
—Miren esto.
—Miren aquel árbol.
—¿Vieron ese pájaro?
—Creo que me picó algo.
—Definitivamente me picó algo.
Julieta terminó empujándolo.
—Callate cinco minutos.
Pero poco a poco algo comenzó a cambiar.
El sendero desapareció.
Las marcas que habían dejado atrás ya no estaban.
Y el bosque empezó a parecer más grande.
Mucho más grande.
—¿No pasamos por aquí antes? —preguntó Emilia.
Tomás observó alrededor.
Un escalofrío recorrió su espalda.
—Creo que sí.
—No es posible —dijo Lautaro.
—Seguimos caminando en línea recta.
Entonces una rama cayó violentamente delante de ellos.
Todos se sobresaltaron.
El tronco impactó contra el suelo levantando tierra y hojas.
—¡¿Qué fue eso?! —gritó Benja.
Nadie respondió.
Porque en ese instante el viento comenzó a soplar.
Y con él llegó una sensación extraña.
Una presencia.
Como si algo enorme se hubiera despertado.
Observándolos.
Siguiéndolos.
Juzgándolos.
Desde lo alto de un árbol.
Aukan los contemplaba.
Oculto entre las sombras de las ramas.
Sus ojos recorrían cada movimiento.
No sentía odio.
Ni ira.
Solo preocupación.
Aquellos jóvenes no comprendían dónde estaban.
Ni lo cerca que podían estar de peligros que jamás imaginarían.
Movió ligeramente una mano.
Y una bandada de aves alzó vuelo de repente.
Los gritos de los animales resonaron por todo el bosque.
Los chicos se sobresaltaron nuevamente.
—Esto ya no me gusta —admitió Benja.
—A mí tampoco —dijo Emilia.
Aukan observó cómo aceleraban el paso.
Bien.
Tal vez entenderían el mensaje.
Tal vez se marcharían.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Küyen apareció.
Había estado siguiendo al grupo desde la distancia.
Curiosa.
Observadora.
Intrigada.
Cuando vio lo asustados que estaban, decidió acercarse.
Y entonces ocurrió.
Tomás la vio.
Ella lo vio.
Por un instante el mundo pareció detenerse.
Küyen permanecía de pie entre los árboles.
Su cabello oscuro se movía con el viento.
La luz atravesaba las hojas iluminando parcialmente su rostro.
Tomás sintió que el corazón se detenía.
No sabía quién era.
No sabía de dónde había salido.
Pero tampoco podía apartar la mirada.
Y Küyen sintió exactamente lo mismo.
Había visto humanos antes.
Desde lejos.
Oculta.
Observando.
Pero nunca había sentido aquello.
Algo extraño.
Algo imposible de explicar.
Como si una parte de ella reconociera algo en aquel muchacho.
—¿Quién sos? —preguntó Tomás.
La voz rompió el hechizo.
Küyen parpadeó.
Y recordó inmediatamente el peligro.
Su padre.
—No deberían estar aquí.
Los cinco intercambiaron miradas.
—¿Vivís en el bosque? —preguntó Benja.
—Ahora no importa eso.
Küyen observó alrededor con preocupación.
—Escúchenme.
Tienen que salir.
Ya.
—¿Por qué? —preguntó Julieta.
—Porque alguien viene.
Aquellas palabras hicieron que Tomás notara el miedo en sus ojos.
Miedo auténtico.
Y comprendió que no estaba mintiendo.
—¿Quién? —preguntó.
Küyen dudó.
—Mi padre.
A varios cientos de metros.
Aukan se había congelado.
Percibía a su hija.
Percibía a los humanos.
Y lo peor de todo...
percibía que estaban juntos.
—No...
Su expresión se endureció.
Y comenzó a avanzar.
Küyen condujo rápidamente al grupo por senderos ocultos.
Pasos estrechos.
Cruces invisibles.
Caminos que solo alguien criado allí podía conocer.
—Por aquí.
—Rápido.
—No se separen.
Los chicos apenas podían seguirle el ritmo.
Finalmente, después de casi media hora, los árboles comenzaron a abrirse.
La luz de la tarde apareció entre las ramas.
Y el borde del bosque surgió ante ellos.
Lo habían logrado.
Habían salido.
Küyen se detuvo.
No podía avanzar más.
Aquel era el límite.
Su hogar quedaba detrás.
La ciudad delante.
Tomás se giró.
Los demás continuaron caminando.
Pero él no.
Se quedó observándola.
En silencio.
Küyen también.
Ninguno sabía qué decir.
Habían compartido apenas unos minutos.
Y aun así parecía insuficiente.
Como si la historia apenas hubiera comenzado.
—Gracias —dijo finalmente Tomás.
Küyen sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
—No vuelvas.
Tomás notó que ni ella misma creía esas palabras.
Porque sus ojos decían otra cosa.
Decían que quería volver a verlo.
Decían que ella tampoco entendía lo que había ocurrido.
Decían que aquel encuentro no había sido casualidad.
Y que no terminaría allí.
Los dos mantuvieron la mirada unos segundos más.
Después Tomás retrocedió lentamente.
Y siguió a sus amigos.
Küyen permaneció inmóvil observándolo alejarse.
Hasta que desapareció de su vista.
Solo entonces se giró hacia el bosque.
Y descubrió que alguien la esperaba entre los árboles.
Aukan.
Su padre.
De pie.
En silencio.
Con una expresión que ella jamás había visto antes.
Y comprendió inmediatamente que la conversación que estaba por comenzar no sería fácil.
Continuará...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.