CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 5 El rugido del pasado

El silencio se extendió entre los árboles.
Küyen permaneció inmóvil.
Frente a ella, Aukan la observaba.
No había gritos.
No había enojo visible.
Y eso era peor.
Porque cuando Aukan se enfurecía, el bosque entero parecía saberlo.
Pero cuando permanecía en silencio...
significaba que estaba pensando.
Y aquello era mucho más peligroso.
—Padre...
Aukan caminó lentamente hacia ella.
—Los ayudaste.
No era una pregunta.
Era una afirmación.
Küyen sostuvo su mirada.
—Sí.
—Te pedí que te mantuvieras alejada.
—Y yo evité que se perdieran.
Los ojos de Aukan se endurecieron.
—Precisamente eso era lo que debía ocurrir.
—¿Qué?
—Que sintieran miedo.
—¡Son chicos!
—Son humanos.
El tono fue tan seco que Küyen dio un paso atrás.
Durante unos segundos ninguno habló.
El viento agitó las hojas sobre sus cabezas.
Finalmente Aukan suspiró.
—No entiendes lo que hay más allá de estos árboles.
—¿Y vos sí?
Aquella pregunta hizo que el rostro del guardián cambiara.
Solo por un instante.
Pero Küyen lo notó.
Había dolor allí.
Dolor antiguo.
Dolor que nunca desapareció.
—Lo suficiente.
Esa noche.
La cena transcurrió en silencio.
Nahuel observaba la situación sin intervenir.
Clara, en cambio, parecía comprender exactamente lo que estaba ocurriendo.
Cuando terminaron de comer, salió junto a Aukan.
La noche era tranquila.
Miles de estrellas brillaban sobre el bosque.
Durante varios minutos caminaron sin hablar.
Como habían hecho tantas veces durante años.
Finalmente Clara rompió el silencio.
—Te recuerdan a nosotros.
Aukan soltó una pequeña risa.
—Eso es lo que me preocupa.
—Küyen tiene tu misma edad cuando nos conocimos.
Aquellas palabras lo hicieron detenerse.
Clara sonrió.
—Y la misma terquedad.
—Eso también lo heredó de vos.
Ella apoyó una mano sobre su brazo.
—No puedes protegerlos para siempre.
—No intento protegerlos de ellos.
—Entonces ¿de qué?
Aukan permaneció en silencio.
Mirando la oscuridad del bosque.
Mirando más allá.
Como si pudiera ver algo oculto en el pasado.
—Hay cosas moviéndose otra vez.
Clara lo observó.
Ahora entendía.
Aquello no se trataba de los adolescentes.
Ni siquiera de Küyen.
Era otra cosa.
Algo más profundo.
Algo que Aukan llevaba meses percibiendo.
—¿Qué viste?
—Nada concreto.
—Pero lo sientes.
Aukan asintió.
—El bosque está inquieto.
Y cuando el bosque se inquietaba...
era porque algo se acercaba.
Mientras tanto.
En la ciudad.
El grupo se había reunido nuevamente.
Esta vez en la habitación de Tomás.
Todos hablaban al mismo tiempo.
—¿Vieron cómo apareció de la nada?
—¿Y cómo conocía todos los caminos?
—¿Quién vive en medio del bosque?
—¿Y ese padre suyo?
—¿Qué demonios fue todo eso?
Benja parecía incapaz de quedarse quieto.
Lautaro caminaba de un lado a otro.
Julieta intentaba ordenar las ideas.
Y Emilia observaba por la ventana.
Tomás permanecía en silencio.
Pensando.
Pensando demasiado.
—Te gusta —dijo Benja de repente.
La habitación quedó muda.
Tomás parpadeó.
—¿Qué?
—La chica del bosque.
Julieta soltó una carcajada.
—Era obvio.
—No es cierto.
—Claro que sí.
—No.
—Tomás —dijo Emilia sonriendo—. Te quedaste mirándola como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
El joven sintió calor en las mejillas.
Y eso provocó nuevas risas.
—Bueno, dejando de lado el romance adolescente —dijo Julieta—, hay algo más importante.
Todos la miraron.
—Ella existe.
La frase borró las sonrisas.
Porque era verdad.
Hasta hacía unos días todo había sido una historia.
Una leyenda.
Un cuento contado por un anciano.
Ahora ya no.
Ahora tenían pruebas.
Alguien vivía allí.
Y probablemente no estaban solos.
Muy lejos de la ciudad.
En una zona profunda del bosque donde incluso los Guardianes rara vez se aventuraban.
Algo se movió.
Era apenas una sombra.
Un desplazamiento entre los árboles.
Silencioso.
Antinatural.
Las aves dejaron de cantar.
Los insectos callaron.
Y por un instante el bosque entero pareció contener la respiración.
Dos ojos se abrieron en la oscuridad.
Antiguos.
Hambrientos.
Observando.
Esperando.
Como si acabaran de despertar después de un largo sueño.
A la mañana siguiente.
Nahuel entrenaba cerca de un arroyo.
Su lanza giraba con velocidad entre sus manos.
Golpe.
Paso.
Giro.
Golpe.
Entonces se detuvo.
Había escuchado algo.
No con los oídos.
Con el bosque.
Frunció el ceño.
Y miró hacia el norte.
Una sensación desagradable recorrió su espalda.
Como una advertencia.
Como un rugido lejano.
Algo que solo los Guardianes podían percibir.
Nahuel dejó escapar lentamente el aire.
Y por primera vez en mucho tiempo sintió miedo.
Porque aquella sensación le resultaba familiar.
La había escuchado en las historias de su padre.
Historias sobre épocas oscuras.
Sobre criaturas que habitaban el bosque antes de que existieran los Guardianes.
Sobre enemigos que pertenecían a un tiempo que debía permanecer enterrado.
Corrió hacia la cabaña.
Necesitaba encontrar a Aukan.
Porque si estaba sintiendo aquello...
significaba que algo muy antiguo acababa de despertar.
Y esta vez, el peligro no venía de la ciudad.
Venía desde el corazón mismo del bosque.
Continuará...




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