CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 6 Entre dos mundos

Durante la semana siguiente, Tomás no pudo dejar de pensar en ella.
Intentó concentrarse en las clases.
Intentó prestar atención a las conversaciones de sus amigos.
Intentó convencerse de que tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
Pero siempre terminaba recordando los mismos ojos.
La misma sonrisa.
La misma figura desapareciendo entre los árboles.
Y la misma sensación que había experimentado cuando la vio por primera vez.
Como si una parte de él hubiera estado esperándola sin saberlo.
Al principio no tenía intención de volver.
O al menos eso se repetía a sí mismo.
Sin embargo, el miércoles por la tarde se encontró recorriendo el camino que conducía al bosque.
El jueves volvió a hacerlo.
Y el viernes también.
Cada vez permanecía un rato observando los árboles.
Esperando.
Sin saber exactamente qué esperaba.
Y cada vez regresaba a casa sin verla.
Hasta que llegó el sábado.
El sol comenzaba a descender cuando Tomás llegó al límite del bosque.
El aire era fresco.
Las hojas se mecían suavemente con la brisa.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Se sentó sobre una roca cercana y dejó escapar un suspiro.
—Esto es ridículo —murmuró para sí mismo.
—Un poco.
Tomás casi saltó del susto.
Giró de inmediato.
Y allí estaba ella.
Apoyada contra el tronco de un árbol.
Observándolo con una sonrisa divertida.
—¿Siempre aparecés así?
Küyen se encogió de hombros.
—Funciona bastante bien.
Tomás no pudo evitar sonreír.
—Casi me matás del susto.
—Lo sobreviviste.
—Por poco.
Ella soltó una pequeña carcajada.
Y por primera vez Tomás sintió que la tensión desaparecía.
Como si ambos hubieran dejado atrás la extrañeza de su primer encuentro.
—¿Viniste todos estos días? —preguntó Küyen.
—Tal vez.
—Eso significa sí.
—¿Y vos me estuviste observando?
—Tal vez.
Tomás levantó una ceja.
—Eso significa sí.
Ahora fue ella quien sonrió.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Simplemente se observaron.
Intentando comprender a la persona que tenían delante.
—¿Es verdad que nunca saliste del bosque? —preguntó Tomás.
Küyen asintió.
—Nunca.
—Ni siquiera una vez.
—Mi padre no cree que sea buena idea.
—¿Y vos?
Ella tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Tomás pareció sorprendido.
—Pensé que querrías conocer el mundo.
—Lo quiero conocer.
—Entonces...
Küyen observó los árboles a su alrededor.
—Este también es mi mundo.
Aquella respuesta hizo que Tomás guardara silencio.
Porque entendía lo que quería decir.
Para ella aquellos árboles no eran un lugar.
Eran su hogar.
—¿Cómo es vivir acá? —preguntó finalmente.
La sonrisa de Küyen se hizo más amplia.
—¿Cómo es vivir en la ciudad?
—Yo pregunté primero.
—No vale.
—Claro que vale.
Ella fingió pensarlo.
—Está bien.
Se sentó sobre una raíz enorme.
—Por las mañanas escucho pájaros.
—Yo escucho colectivos.
—¿Qué son colectivos?
Tomás soltó una carcajada.
—Ahora entiendo por qué tenemos que hablar.
Durante varios minutos le explicó cosas que para él eran completamente normales.
Calles.
Semáforos.
Cines.
Escuelas.
Centros comerciales.
Internet.
Küyen escuchaba fascinada.
Como si estuviera oyendo historias sobre otro planeta.
—¿Y tanta gente junta no te molesta? —preguntó.
—A veces.
—Aquí conozco cada árbol del bosque.
Tomás sonrió.
—Yo apenas conozco a mis vecinos.
Küyen lo miró sorprendida.
—Eso es triste.
—Ahora que lo decís...
—Sí. Es triste.
Ambos terminaron riendo.
La conversación continuó durante horas.
Sin darse cuenta.
Como si el tiempo avanzara más despacio cuando estaban juntos.
Tomás le habló de su abuelo.
De sus amigos.
De las historias que escuchaba de niño.
Küyen le habló de los animales.
De los senderos ocultos.
De los lugares secretos que existían en el bosque.
Y poco a poco comenzaron a mostrarse tal como eran.
Sin máscaras.
Sin miedo.
Cuando el cielo comenzó a teñirse de naranja, el ambiente se volvió más tranquilo.
Más íntimo.
Durante unos segundos permanecieron en silencio observando el atardecer.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Küyen.
—Claro.
Ella bajó la mirada.
Como si dudara.
—¿Por qué seguiste viniendo?
Tomás sintió que el corazón se aceleraba.
Había llegado la pregunta que temía.
Porque la respuesta era sencilla.
Pero decirla era otra cosa.
—Porque quería volver a verte.
Küyen permaneció inmóvil.
El viento agitó suavemente su cabello.
Y por primera vez desde que se conocían pareció quedarse sin palabras.
Tomás se sintió ridículo inmediatamente.
—Olvidá que dije eso.
—No.
Ella levantó la vista.
Y sonrió.
Una sonrisa distinta.
Más suave.
Más sincera.
—Me alegra que lo dijeras.
El corazón de Tomás dio un vuelco.
Durante algunos segundos ninguno habló.
No hacía falta.
Las palabras parecían insuficientes.
El silencio era más cómodo que cualquier conversación.
Más honesto.
Finalmente Küyen rompió el momento.
—Yo también esperaba que volvieras.
Tomás la observó.
Y sintió que algo cambiaba entre ellos.
Algo pequeño.
Pero importante.
Algo que ninguno de los dos podía nombrar todavía.
El sol desaparecía lentamente detrás de las montañas cuando Küyen se puso de pie.
—Tengo que volver.
—Lo imaginé.
—Y vos también deberías.
Tomás asintió.
Aunque no quería irse.
—¿Voy a volver a verte?
Küyen sonrió.
—Depende.
—¿De qué?
—De si seguís viniendo al borde del bosque.
Tomás soltó una risa.
—Entonces supongo que nos veremos pronto.
Ella comenzó a retroceder entre los árboles.
Pero antes de desaparecer se detuvo.
—Tomás.
—¿Sí?
—Me gusta escucharte hablar de tu mundo.
Él sonrió.
—Y a mí del tuyo.
Por un instante permanecieron observándose.
Dos jóvenes separados por una frontera invisible.
Dos mundos completamente distintos.
Y sin embargo...
cada vez menos lejanos.
Finalmente Küyen desapareció entre los árboles.
Tomás permaneció allí algunos minutos más.
Mirando el lugar donde había estado.
Sonriendo sin darse cuenta.
Sin saber que aquel encuentro sería el primero de muchos.
Y sin imaginar que el destino de ambos ya había comenzado a entrelazarse mucho antes de que se conocieran.




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