CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 7 Pensamientos compartidos

Los días siguieron avanzando.
El sol continuó saliendo cada mañana.
Las clases siguieron acumulando tareas.
La ciudad continuó con su ruido habitual.
Y el bosque siguió respirando en silencio.
Pero para Tomás y Küyen, algo había cambiado.
Algo que ninguno de los dos lograba ignorar.
Tomás estaba sentado en el aula mientras el profesor explicaba un tema que normalmente le habría interesado.
Sin embargo, no escuchaba nada.
Su cuaderno estaba abierto frente a él.
Y en una de sus hojas había comenzado a dibujar sin darse cuenta.
Árboles.
Senderos.
Raíces.
Y unos ojos.
Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, cerró rápidamente el cuaderno.
—Estás perdido —susurró Benja desde el banco de atrás.
Tomás giró.
—¿Qué?
—Te conozco.
—No sabés nada.
—Claro que sí.
Benja sonrió.
—Estás pensando en la chica del bosque.
Tomás lanzó una mirada que pretendía ser amenazante.
No funcionó.
—Es increíble.
—¿Qué cosa?
—La conociste dos veces y ya parece que vivís en una novela romántica.
Tomás tomó una hoja y se la lanzó.
Benja estalló en carcajadas.
Aquella misma tarde.
En el bosque.
Küyen caminaba junto a un arroyo cristalino.
Normalmente disfrutaba aquellos momentos.
Le gustaba escuchar el agua.
Observar a los animales.
Sentir la tranquilidad que siempre había formado parte de su vida.
Pero ese día estaba distraída.
Muy distraída.
—Ya lo hiciste otra vez.
Küyen levantó la cabeza.
Nahuel estaba sentado sobre una roca observándola.
—¿Qué hice?
—Sonreír sola.
Ella puso los ojos en blanco.
—No estaba sonriendo.
—Sí estabas.
—No.
—Sí.
—No.
—Definitivamente sí.
Nahuel terminó riéndose.
Y eso fue suficiente para que Küyen entendiera que había perdido la discusión.
—¿Es él?
La pregunta la tomó desprevenida.
—¿Quién?
Nahuel levantó una ceja.
—Por favor.
Küyen cruzó los brazos.
—No sé de qué hablas.
—Tomás.
El nombre produjo un extraño cosquilleo en su pecho.
Y eso la delató inmediatamente.
Nahuel soltó una carcajada.
—Ya entendí.
—Sos insoportable.
—Es Tomás.
—Callate.
—Es Tomás.
Küyen terminó empujándolo.
Ambos rieron.
Pero cuando las risas desaparecieron, ella se quedó mirando el agua.
Pensativa.
Porque, en el fondo, sabía que Nahuel tenía razón.
Aquella noche.
Tomás estaba acostado en su habitación.
Mirando el techo.
Intentando dormir.
Sin éxito.
Su mente volvía una y otra vez al mismo lugar.
Al borde del bosque.
A aquella conversación.
A la forma en que Küyen hablaba de los árboles como si fueran personas.
A la manera en que escuchaba cada una de sus historias sobre la ciudad.
Sonrió involuntariamente.
Y luego soltó un suspiro.
—Estoy perdido.
Se dijo a sí mismo.
Y por alguna razón eso no le molestó.
Esa misma noche.
A varios kilómetros de distancia.
Küyen tampoco podía dormir.
Estaba sentada sobre una rama enorme observando las estrellas.
Era uno de sus lugares favoritos.
Desde allí podía ver gran parte del bosque.
Las luces lejanas de la ciudad.
Y el cielo nocturno extendiéndose sobre ambos mundos.
Pensó en Tomás.
En sus historias.
En sus preguntas.
En aquella forma sincera que tenía de mirar las cosas.
Era diferente a lo que había imaginado.
Mucho más de lo que esperaba.
—Otra vez pensando.
La voz de Clara apareció detrás de ella.
Küyen sonrió.
—¿Todos en esta familia espían?
—No.
Clara se sentó a su lado.
—Solo observamos bien.
Durante unos segundos contemplaron juntas las estrellas.
—¿Te gusta?
Küyen casi se atragantó.
—¡Mamá!
Clara soltó una carcajada.
—Eso es un sí.
—No dije eso.
—No hizo falta.
Por primera vez en mucho tiempo, Clara recordó su propia juventud.
Recordó la primera vez que vio a Aukan.
Recordó lo imposible que parecía todo entonces.
Y recordó que, a pesar de los miedos y las diferencias, habían encontrado una forma de estar juntos.
—Los caminos más importantes de la vida suelen aparecer cuando menos los esperamos —dijo suavemente.
Küyen bajó la mirada.
—Somos demasiado diferentes.
—Eso mismo pensaba yo.
La joven levantó la cabeza.
Clara simplemente sonrió.
No hacía falta explicar nada más.
Al día siguiente.
Tomás volvió al borde del bosque.
Y aunque intentó convencerse de que solo estaba dando un paseo...
sabía perfectamente por qué estaba allí.
Mientras caminaba entre los árboles cercanos, encontró algo.
Una pequeña flor silvestre.
No era común.
Nunca la había visto en aquella zona.
Estaba cuidadosamente colocada sobre la roca donde se había sentado la última vez.
Tomás la tomó entre sus manos.
Y sonrió.
Porque no necesitaba preguntarse quién la había dejado.
Muy lejos de allí.
Oculta entre las ramas de un árbol.
Küyen observaba desde la distancia.
Y cuando vio la sonrisa aparecer en el rostro de Tomás...
sonrió también.
Sin saber que aquel pequeño gesto acabaría convirtiéndose en el comienzo de algo mucho más grande de lo que ambos imaginaban.
Algo que pronto sería puesto a prueba.
Porque mientras ellos pensaban el uno en el otro...
en las profundidades del bosque, aquello que había despertado seguía moviéndose.
Y cada día estaba más cerca.




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