Las semanas comenzaron a pasar con una rapidez inesperada.
Cada tarde, cuando el sol descendía y teñía el horizonte de tonos dorados y anaranjados, Tomás regresaba al borde del bosque.
Y casi siempre Küyen estaba allí.
A veces sentados sobre la misma roca.
Otras veces caminando a lo largo de la frontera invisible que separaba ambos mundos.
Hablaban de todo.
De cosas importantes.
Y de cosas completamente insignificantes.
Tomás le contaba historias de la ciudad.
Los festivales.
Las plazas.
Los partidos de fútbol.
Las películas.
Los cafés llenos de estudiantes.
Küyen escuchaba fascinada.
Como si cada relato fuera una aventura.
Y luego ella le hablaba del bosque.
De senderos ocultos.
De cascadas secretas.
De árboles más antiguos que cualquier edificio.
De animales que confiaban en ella lo suficiente como para acercarse sin miedo.
Cada conversación parecía durar apenas unos minutos.
Aunque en realidad pasaban horas.
Una tarde, mientras observaban cómo el sol desaparecía lentamente detrás de las montañas lejanas, Küyen rompió el silencio.
—Quiero conocer la ciudad.
Tomás sonrió.
—Sabía que tarde o temprano ibas a decirlo.
—Y yo sabía que te alegraría escucharlo.
—Mucho.
Küyen bajó la mirada.
—Pero primero...
Tomás la observó.
—¿Primero qué?
—Primero quiero mostrarte mi mundo.
El corazón de Tomás se aceleró.
Porque comprendió inmediatamente lo que significaba.
—¿Dentro del bosque?
Ella asintió.
—Dentro de verdad.
Durante unos segundos ninguno habló.
Los dos sabían que aquello era diferente.
Hasta ahora solo se habían encontrado en el límite.
En una frontera segura.
Pero cruzarla era otra cosa.
Era confianza.
Era un riesgo.
Era un secreto compartido.
Finalmente Tomás sonrió.
—Acepto.
Küyen sonrió también.
—Entonces tenemos un trato.
—¿Un trato?
—Yo te mostraré mi mundo.
—Y yo te mostraré el mío.
Ambos extendieron la mano al mismo tiempo.
Y sellaron aquella promesa.
Sin imaginar cuánto cambiaría sus vidas.
Dos días después.
Tomás regresó al bosque antes del amanecer.
Había seguido cada una de las instrucciones de Küyen.
Vestimenta oscura.
Nada de tecnología que pudiera hacer ruido.
Y lo más extraño de todo...
descalzo.
—¿Estás segura de esto? —preguntó cuando la vio aparecer entre los árboles.
Küyen asintió.
—Las botas dejan rastros.
—Y mis pies van a odiarte.
Ella soltó una carcajada.
—Ya te acostumbrarás.
Por primera vez, Tomás cruzó el límite.
Y esta vez nadie lo detuvo.
Ni lo hizo retroceder.
Simplemente siguió a Küyen.
Cada paso lo llevaba más profundamente hacia un mundo desconocido.
Y cuanto más avanzaban...
más increíble se volvía todo.
El bosque que conocían los visitantes era apenas una sombra de lo que existía en su interior.
Aquello parecía otro planeta.
Los árboles eran gigantescos.
Sus troncos tenían el tamaño de edificios.
Las raíces formaban puentes naturales que serpenteaban por encima de arroyos cristalinos.
La luz atravesaba las copas formando columnas doradas que descendían desde lo alto como si el cielo estuviera conectado a la tierra.
Miles de flores brillaban suavemente entre la vegetación.
No porque emitieran luz propia.
Sino porque reflejaban la luz del bosque de una manera casi mágica.
Mariposas de colores intensos revoloteaban entre los arbustos.
Pequeños animales observaban desde las ramas.
Y el aire estaba lleno de aromas dulces y frescos imposibles de encontrar en la ciudad.
Tomás permanecía maravillado.
—Esto es imposible...
Küyen sonrió al verlo.
—Te dije que no conocías el verdadero bosque.
Continuaron avanzando.
Y el paisaje se volvió aún más impresionante.
Lianas enormes colgaban entre árboles gigantes.
Arroyos transparentes descendían desde pequeñas cascadas cubiertas de musgo.
Las hojas tenían tamaños imposibles.
Algunas tan grandes como paraguas.
Otras tan pequeñas que parecían estrellas verdes suspendidas en el aire.
Bandadas de aves atravesaban el cielo entre las copas.
Mientras extrañas flores abrían lentamente sus pétalos al paso del viento.
Todo parecía vivo.
No solo crecer.
Vivir.
Respirar.
Escuchar.
—¿Cómo es posible que nadie conozca este lugar? —preguntó Tomás.
—Porque el bosque no quiere ser encontrado.
La respuesta fue tan natural que Tomás tardó unos segundos en procesarla.
Pero después de todo lo que había visto...
ya no sonaba tan extraña.
Llegaron finalmente a un claro enorme.
Y entonces Tomás se quedó sin palabras.
En el centro había un árbol gigantesco.
Mucho más grande que cualquier otro.
Sus ramas se extendían hacia el cielo como los brazos de un titán.
Miles de flores colgaban de ellas.
Y alrededor revoloteaban aves de todos los colores imaginables.
La luz atravesaba las hojas creando reflejos verdes, azules y dorados que danzaban sobre el suelo.
Parecía el corazón mismo del bosque.
—Es hermoso —susurró.
Küyen observó el árbol.
Y por primera vez pareció verlo a través de los ojos de otra persona.
—Sí.
—Nunca vi algo así.
Ella sonrió.
—Yo crecí aquí.
Tomás la observó.
Y de pronto comprendió algo.
La razón por la que Küyen caminaba de aquella forma.
La tranquilidad que transmitía.
La conexión que tenía con cada rincón del bosque.
Todo aquello formaba parte de ella.
Era tan natural para ella como las calles lo eran para él.
Pasaron gran parte del día explorando.
Hablando.
Riéndose.
Compartiendo historias.
Y por momentos olvidaron completamente que pertenecían a mundos distintos.
Solo eran dos jóvenes descubriendo algo nuevo.
Descubriéndose mutuamente.
Cuando comenzó a caer la tarde, regresaron hacia el límite del bosque.
El sol teñía de naranja las copas de los árboles.
Y por primera vez desde que se conocían ninguno parecía tener prisa por despedirse.
—Entonces ahora me toca a mí —dijo Tomás.
Küyen sonrió.
—Ahora me toca conocer la ciudad.
—¿Asustada?
—Un poco.
—Yo estaba aterrado cuando entré aquí.
Ella rió.
—Eso me hace sentir mejor.
Permanecieron unos segundos observándose.
En silencio.
Porque ambos sabían que aquella promesa acababa de transformarse en algo mucho más importante.
Era el comienzo de un puente entre dos mundos.
Un puente que jamás había existido antes.
Y que muy pronto sería puesto a prueba por los peligros que comenzaban a despertar en las profundidades del bosque.
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Editado: 24.06.2026