CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 9 Luces desconocidas

Küyen apenas había dormido.
Toda la noche había permanecido despierta observando el techo de madera de su habitación.
Pensando.
Imaginando.
Preguntándose cómo sería realmente la ciudad.
Durante años había escuchado historias.
Algunas contadas por Clara.
Otras por Nahuel.
Y muchas inventadas por ella misma.
Pero ninguna podía compararse con verla con sus propios ojos.
Antes del amanecer se levantó silenciosamente.
Intentando no despertar a nadie.
Sin embargo, cuando abrió la puerta encontró a Clara sentada junto al fuego.
Esperándola.
Küyen se quedó inmóvil.
—¿Vas a verlo? —preguntó Clara.
No había enojo en su voz.
Ni sorpresa.
Solo comprensión.
Küyen bajó la mirada.
—Sí.
Clara sonrió.
—Pensé que tardarías más en decidirte.
La joven soltó una pequeña risa.
—¿No vas a detenerme?
—¿Vos me habrías escuchado?
—Probablemente no.
—Entonces no tendría sentido intentarlo.
Ambas rieron suavemente.
Antes de salir, Clara tomó las manos de su hija.
—Ten cuidado.
Küyen asintió.
—Lo tendré.
Tomás ya la esperaba cerca del límite del bosque.
Y cuando la vio aparecer sonrió inmediatamente.
—Llegaste.
—¿No era la idea?
—Solo quería asegurarme.
Ella levantó una ceja.
—Estás nervioso.
—Un poco.
—Yo también.
Por un momento ambos rieron.
Hasta que Tomás sacó una mochila.
—Antes de entrar a la ciudad...
Küyen observó el contenido.
Y abrió mucho los ojos.
—¿Qué es todo eso?
—Tu nuevo disfraz.
Media hora después.
Küyen salió detrás de unos arbustos.
Y Tomás tardó unos segundos en reaccionar.
La ropa era sencilla.
Un pantalón de jean.
Zapatillas.
Una campera ligera.
Nada llamativo.
Nada extraño.
Y aun así parecía completamente diferente.
Como si perteneciera a otro lugar.
Como si hubiera cruzado una frontera invisible.
—¿Qué? —preguntó ella.
Tomás parpadeó.
—Nada.
—Mentira.
—Solo...
Se rascó la nuca.
—Te ves bien.
Küyen sintió cómo sus mejillas se calentaban.
Y eso hizo que ambos desviaran la mirada al mismo tiempo.
Cuando finalmente estaban cruzarondo el límite del bosque ocurrió algo que ninguno de los dos vio.
Entre las raíces de un árbol enorme.
Algo se movió.
Una pequeña masa oscura.
Negra.
Brillante.
Como una sombra líquida, la cual no dudó un segundo en aferrarse al calzado de kuyen saliendo del bosque también.
Permaneció inmóvil durante varios segundos.
Observándolos.
Y luego comenzó a deslizarse silenciosamente.
Siguiendo exactamente el mismo camino.
Sin hacer ruido.
Sin dejar huellas.
Sin ser vista.
A varios metros de distancia.
La pequeña forma oscura desapareció bajo la vegetación.
Y continuó avanzando.
Pero Tomás y Küyen no tenían idea de ello.
Porque estaban demasiado ocupados riéndose.
La ciudad apareció ante ellos poco después.
Y Küyen se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
Observando.
Asimilando.
Intentando comprender.
Autos.
Personas.
Edificios.
Semáforos.
Carteles luminosos.
Bicicletas.
Perros.
Música.
Voces.
Movimiento.
Todo al mismo tiempo.
—Por todos los árboles... —susurró.
Tomás sonrió.
—Bienvenida.
Küyen giró sobre sí misma observando cada detalle.
—¿Cómo hacen para vivir así?
—¿Así cómo?
—Todo se mueve.
—Es normal.
—¡Nada de esto es normal!
Tomás soltó una carcajada.
Y por primera vez entendió cómo debía haberse sentido él dentro del bosque.
Mientras caminaban por las calles, Küyen parecía una niña descubriendo el mundo por primera vez.
Se detenía a observar escaparates.
Miraba las luces.
Preguntaba absolutamente todo.
—¿Qué es eso?
—Una heladería.
—¿Y eso?
—Una librería.
—¿Y eso?
—Un banco.
—¿Y eso?
—Otro banco.
—Tienen demasiados bancos.
Tomás terminó riéndose tanto que tuvo que detenerse.
La situación empeoró cuando llegaron a una plaza.
Porque Küyen descubrió los juegos infantiles.
Y decidió probarlos.
Todos.
Absolutamente todos.
Tomás observaba divertido mientras ella intentaba comprender cómo funcionaban algunas cosas.
—Esto es increíble.
—Es una hamaca.
—Es una hamaca increíble.
Horas después llegaron al centro.
Y entonces ocurrió algo que la dejó completamente fascinada.
Una pantalla gigante iluminó la avenida principal.
Las imágenes cambiaban constantemente.
Los colores brillaban incluso bajo la luz del día.
Küyen permaneció observándola con la boca entreabierta.
—Parece magia.
Tomás sonrió.
—No exactamente.
—Pues se le parece bastante.
Durante toda la tarde recorrieron la ciudad.
Compartiendo historias.
Mostrándose mutuamente lugares importantes.
Y por momentos olvidaron completamente que provenían de mundos distintos.
Pero mientras el sol comenzaba a ocultarse.
Y las primeras luces nocturnas aparecían sobre las calles...
algo también había llegado a la ciudad.
Algo que no pertenecía allí.
La pequeña masa oscura avanzaba por una alcantarilla.
Silenciosa.
Paciente.
Observando.
Como si estuviera aprendiendo.
Como si estuviera adaptándose.
Y por primera vez desde que abandonó el bosque...
aquella cosa mostró algo parecido a una forma.
Un rostro incompleto.
Una sonrisa imposible.
Que desapareció un instante después.
Muy lejos de allí, Tomás y Küyen seguían caminando sin sospechar nada.
Sin saber que algo los había seguido.
Y que la ciudad acababa de recibir a un visitante mucho más peligroso de lo que cualquiera podía imaginar.
Continuará...




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