CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 10 Bajo las luces de la ciudad

La noche había caído sobre la ciudad.
Miles de luces brillaban en las calles.
Los carteles luminosos iluminaban las avenidas.
Los autos avanzaban como ríos de fuego entre los edificios.
Y para Küyen, todo aquello seguía pareciendo un sueño.
—¿La ciudad nunca duerme? —preguntó mientras observaba una avenida llena de movimiento.
Tomás sonrió.
—Algunas partes sí.
—No parece.
Ella giró sobre sí misma contemplando el paisaje urbano.
—Es hermoso.
Tomás la observó.
No estaba mirando los edificios.
La estaba mirando a ella.
Porque jamás había visto a alguien descubrir algo con tanta fascinación.
Todo era nuevo.
Todo era extraordinario.
Todo parecía digno de asombro.
Y eso hacía que incluso los lugares más comunes parecieran especiales.
—Tengo hambre —anunció Küyen de repente.
—Eso sí lo entiendo.
—¿Hay comida cerca?
—Estamos en la ciudad.
—¿Eso significa sí?
—Eso significa demasiadas opciones.
Minutos después estaban sentados en una pequeña cafetería.
Küyen observaba el menú como si fuera un antiguo manuscrito.
—¿Por qué hay tantas variedades de café?
Tomás soltó una risa.
—Nadie lo sabe realmente.
—Esto es absurdo.
—Bienvenida a la civilización.
—Empiezo a sospechar que el bosque tiene razón al mantenerse oculto.
Mientras esperaban su pedido, la conversación se volvió más tranquila.
Más personal.
La emoción inicial había dejado lugar a algo diferente.
Algo más profundo.
—¿Extrañás la ciudad cuando estás en el bosque? —preguntó Küyen.
Tomás lo pensó.
—A veces.
—¿Y qué es lo que más extrañás?
—A mi familia.
La respuesta fue inmediata.
Küyen sonrió.
—Yo también.
Durante unos segundos ambos permanecieron en silencio.
—¿Y vos? —preguntó Tomás—. ¿Qué es lo que más te gusta del bosque?
Küyen observó por la ventana.
Las luces reflejaban pequeños destellos en sus ojos.
—La tranquilidad.
—¿Solo eso?
Ella negó suavemente.
—No.
Tomás esperó.
—Me gusta saber que pertenezco a un lugar.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Porque Tomás entendió exactamente lo que quería decir.
—Yo nunca pensé mucho en eso.
—¿En qué?
—En pertenecer.
Küyen apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Porque siempre lo di por hecho.
Ella sonrió.
—Entonces sos afortunado.
Cuando terminaron de comer siguieron recorriendo las calles.
Ahora caminaban más despacio.
Disfrutando simplemente de estar juntos.
Sin necesidad de correr hacia ningún sitio.
Llegaron a una plaza iluminada por farolas antiguas.
Había pocas personas.
La mayoría regresaba a sus casas.
El lugar estaba tranquilo.
Casi silencioso.
Lo más parecido al bosque que Küyen había encontrado en toda la ciudad.
Se sentaron en un banco.
Y por primera vez desde que se conocían, ninguno sintió necesidad de llenar el silencio con palabras.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Tomás finalmente.
—Claro.
—¿Alguna vez pensaste en salir del bosque antes de conocerme?
Küyen reflexionó unos segundos.
—Sí.
—¿En serio?
—Muchas veces.
Tomás pareció sorprendido.
Ella sonrió.
—Siempre tuve curiosidad.
—Entonces yo no fui la razón.
—No.
Tomás fingió decepción.
—Qué golpe al ego.
Küyen soltó una carcajada.
—Pero sí fuiste la razón por la que finalmente me animé.
Aquella respuesta hizo que Tomás guardara silencio.
Porque no esperaba escuchar algo así.
Los dos permanecieron observando las estrellas.
Aunque desde la ciudad apenas podían verse unas pocas.
—Son menos —comentó Küyen.
—¿Qué cosa?
—Las estrellas.
Tomás levantó la vista.
—Nunca lo había notado.
—Porque creciste aquí.
—Supongo.
Küyen sonrió.
—En el bosque parecen infinitas.
A varios kilómetros de allí.
En una alcantarilla oscura.
Algo se movía.
La masa negra continuaba creciendo.
Lentamente.
Absorbiendo.
Aprendiendo.
Adaptándose.
Ya no tenía el tamaño de una mano.
Era mucho más grande.
Y mientras avanzaba por los túneles subterráneos, imágenes comenzaron a aparecer en su superficie.
Rostros.
Voces.
Recuerdos.
Fragmentos robados de aquello que encontraba a su paso.
Como si estuviera construyendo una identidad.
Como si estuviera intentando comprender qué era.
O qué podía llegar a ser.
Muy lejos de aquella oscuridad, Tomás y Küyen seguían sentados en la plaza.
Disfrutando de un momento que ninguno quería que terminara.
Pero el tiempo seguía avanzando.
Y tarde o temprano deberían despedirse.
Al menos por esa noche.
—Deberíamos volver —dijo Küyen finalmente.
Tomás asintió.
Aunque no quería hacerlo.
—Sí.
Caminaron juntos hasta las afueras de la ciudad.
Donde comenzaban los caminos de tierra que conducían al bosque.
La conversación se volvió más tranquila.
Más suave.
Como si ambos estuvieran intentando retrasar el momento inevitable.
Cuando llegaron al límite del bosque, se detuvieron.
La luna iluminaba las copas de los árboles.
Todo parecía tranquilo.
Seguro.
Normal.
Pero ninguno de los dos sabía que algo los observaba.
Desde muy lejos.
Desde las sombras.
—Gracias por mostrarme tu mundo —dijo Küyen.
—Y gracias por confiar en mí.
Ella sonrió.
—Nos vemos pronto.
—Pronto.
Küyen comenzó a retroceder hacia los árboles.
Pero antes de desaparecer se giró una última vez.
Y sus miradas volvieron a encontrarse.
Como ya se había vuelto costumbre.
Como si ninguno quisiera ser el primero en apartar los ojos.
Finalmente ella sonrió.
Y desapareció entre las sombras del bosque.
Tomás permaneció allí algunos segundos más.
Sin saber que aquella noche marcaría el comienzo de algo mucho más grande.
Porque mientras dos mundos comenzaban a acercarse...
una oscuridad desconocida estaba aprendiendo a caminar entre ellos.
Continuará...




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