CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 11 Lo que el corazón elige

La luna iluminaba el bosque cuando Küyen regresó.
Los senderos familiares se extendían ante ella.
Las raíces.
Los árboles gigantes.
El murmullo del viento entre las hojas.
Todo aquello era su hogar.
Y, sin embargo, algo había cambiado.
Por primera vez en su vida, una parte de ella había quedado en otro lugar.
En la ciudad.
Junto a Tomás.
La sola idea la hizo sonreír.
Pero la sonrisa desapareció en cuanto vio la cabaña.
Porque dos figuras la esperaban afuera.
Aukan y Clara.
Ambos permanecían junto al fuego.
En silencio.
Esperándola.
Küyen comprendió inmediatamente que sabían dónde había estado.
No porque alguien se los hubiera dicho.
Simplemente porque era imposible ocultárselo a sus padres.
Especialmente a Aukan.
El antiguo Guardián la observó sin moverse.
Su expresión era seria.
Más seria de lo habitual.
—Llegas tarde —dijo finalmente.
Küyen respiró hondo.
—Lo sé.
—¿Dónde estabas?
Ella sostuvo la mirada de su padre.
—En la ciudad.
Clara cerró los ojos lentamente.
Como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
Aukan no dijo nada durante varios segundos.
Y aquel silencio resultó más incómodo que cualquier grito.
—Te lo prohibí.
—No soy una niña.
—Sigues siendo mi hija.
—Y eso no cambiará nunca.
La tensión comenzó a crecer.
Como una tormenta formándose entre las ramas.
—¿Fuiste sola?
La pregunta llegó como una flecha.
Küyen sabía exactamente a dónde quería llegar.
—No.
Los ojos de Aukan se endurecieron.
—Entonces fuiste con él.
—Sí.
—Tomás.
—Sí.
El silencio volvió a caer.
Incluso Clara parecía preocupada ahora.
Porque conocía demasiado bien a ambos.
Sabía que ninguno iba a ceder fácilmente.
—Lo estás viendo demasiado seguido.
—Porque quiero hacerlo.
—No entiendes lo que estás haciendo.
—Entonces explícamelo.
La voz de Küyen se elevó por primera vez.
—Porque lo único que escucho son advertencias.
Aukan avanzó un paso.
—Porque hay peligros que no conoces.
—¿Como cuáles?
—¡Como el mundo que existe más allá del bosque!
—¡Yo estuve allí!
—¡Por unas horas!
—¡Y no fue como me dijiste!
La discusión ya no podía detenerse.
Años de preguntas.
Años de curiosidad.
Años de silencio.
Todo estaba saliendo a la superficie.
—Me hablaste toda mi vida de los peligros de los humanos.
—Porque existen.
—¡Pero también existen personas buenas!
—Eso no cambia nada.
—¡Sí lo cambia!
Aukan apretó los puños.
—No sabes cómo son las cosas.
—¿Y vos sí?
La pregunta cayó como una piedra.
Pesada.
Dolorosa.
Porque ambos sabían lo que significaba.
—Vos también te enamoraste de una humana.
El silencio fue absoluto.
Clara bajó la mirada.
Nahuel, que acababa de llegar, se quedó inmóvil al escuchar aquello.
Aukan permaneció quieto.
Como una estatua.
—No uses esa historia.
—¿Por qué no?
—Porque no entiendes lo que ocurrió.
—Entonces contámelo.
—No.
—¿Por qué?
—¡Porque no quiero verte sufrir!
La voz de Aukan resonó por todo el claro.
Algunas aves levantaron vuelo.
El bosque pareció estremecerse.
Y por primera vez Küyen comprendió que detrás de la ira había algo más.
Miedo.
Su padre estaba asustado.
—¿Crees que no veo lo que está pasando? —preguntó Aukan con voz más baja.
—No lo sé.
—Yo sí lo veo.
Küyen permaneció inmóvil.
—Padre...
—Lo veo en tu forma de hablar.
Lo veo cuando regresas.
Lo veo cuando sonríes sola.
Lo veo porque alguna vez me ocurrió lo mismo.
Aquellas palabras sorprendieron incluso a Clara.
Porque Aukan rara vez hablaba de sus emociones.
—Entonces deberías entenderme.
—Precisamente por eso te entiendo.
—¿Y cuál es el problema?
Aukan cerró los ojos durante unos segundos.
Como si buscara las palabras adecuadas.
—Que el amor no siempre es suficiente.
Küyen sintió que algo se rompía dentro de ella.
—Tal vez para vos no lo fue.
Los ojos de Aukan se abrieron.
Y por primera vez en muchos años, Clara vio una herida antigua reaparecer en ellos.
—No hables de cosas que no conoces.
—Entonces ayudame a entenderlas.
—No puedo.
—¿O no quieres?
—¡Basta!
La voz del Guardián retumbó en el bosque.
Los árboles se agitaron.
Las hojas comenzaron a caer.
Y el viento se volvió más fuerte.
Nahuel observó con preocupación.
Nunca había visto discutir así a su padre y a su hermana.
Küyen tenía lágrimas en los ojos.
Pero no apartó la mirada.
—No voy a dejar de verlo.
Aukan permaneció inmóvil.
—Küyen...
—No voy a hacerlo.
—Hija...
—Porque lo amo.
El mundo pareció detenerse.
Incluso el viento desapareció.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Aquellas tres palabras quedaron suspendidas en el aire.
Pesadas.
Irreversibles.
Aukan observó a su hija.
Y por primera vez no vio a una niña.
Vio a una joven.
Una mujer que estaba tomando sus propias decisiones.
Exactamente igual que Clara había hecho años atrás.
Exactamente igual que él mismo había hecho.
Y eso era lo que más le dolía.
Porque comprendió que estaba perdiendo la batalla.
No contra Tomás.
No contra la ciudad.
Sino contra el paso del tiempo.
Clara se acercó lentamente.
Y colocó una mano sobre el hombro de su esposo.
—Aukan...
Pero él no respondió.
Simplemente observó a Küyen durante varios segundos.
Y luego se dio media vuelta.
Sin decir una sola palabra.
Küyen sintió que las lágrimas finalmente caían por sus mejillas.
No porque hubiera ganado.
Sino porque aquella reacción había sido peor que cualquier discusión.
Mientras Aukan desaparecía entre los árboles, una sensación oscura recorrió el bosque.
Algo se movió en las profundidades.
Algo antiguo.
Algo que había estado observando.
Esperando.
Y por primera vez una voz susurró desde la oscuridad.
Una voz tan débil que parecía un sueño.
Tan lejana que nadie la escuchó.
Nadie...
excepto Aukan.
El Guardián se detuvo en seco.
Y una expresión de horror apareció en su rostro.
Porque aquella voz pronunció un nombre que no había escuchado en décadas.
Un nombre que pertenecía a una pesadilla del pasado.
Y que jamás debería haber regresado.
Continuará...




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