CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 12 Sombras en la ciudad

La ciudad dormía.
Las calles estaban casi vacías.
Los comercios cerrados.
Las luces de las viviendas brillaban débilmente detrás de las ventanas.
Todo parecía normal.
Tranquilo.
Seguro.
Pero bajo el asfalto...
algo se estaba moviendo.
La masa oscura avanzaba por las alcantarillas.
Silenciosa.
Paciente.
Había crecido desde su llegada.
Ya no era aquella pequeña forma que había escapado del bosque.
Ahora parecía una criatura hecha de sombra líquida.
Sin rostro definido.
Sin forma estable.
Cambiante.
Como si estuviera aprendiendo a existir.
No tenía ojos.
Y sin embargo observaba.
No tenía oídos.
Y sin embargo escuchaba.
No tenía corazón.
Pero algo parecido a una voluntad comenzaba a despertar en su interior.
Aquella noche emergió por primera vez.
Lo hizo a través de una rejilla metálica ubicada en un callejón apartado.
La sustancia negra se deslizó por el suelo como una serpiente.
Explorando.
Probando.
Aprendiendo.
A pocos metros caminaba un hombre.
Era un vigilante nocturno que regresaba a su casa después de terminar su turno.
Cansado.
Distraído.
Pensando en problemas cotidianos.
No vio nada.
No escuchó nada.
Simplemente siguió caminando.
La sombra llegó hasta él.
Se detuvo.
Como si estuviera observándolo.
Estudiándolo.
Y luego avanzó.
El hombre sintió un escalofrío.
Nada más.
Una sensación extraña recorrió su espalda.
Se giró.
No había nadie.
Miró hacia el callejón.
Vacío.
Silencioso.
Oscuro.
—Debo estar cansado.
Continuó caminando.
Sin saber que una pequeña parte de aquella sustancia se había adherido a la suela de uno de sus zapatos.
Cuando llegó a su departamento se preparó para dormir.
Se cepilló los dientes.
Apagó las luces.
Y se acostó.
Minutos después abrió los ojos.
De golpe.
Como si alguien hubiera pronunciado su nombre.
La habitación estaba completamente oscura.
Silenciosa.
Vacía.
Y entonces vio algo.
Un reflejo negro sobre el techo.
Moviéndose.
Intentó incorporarse.
Pero su cuerpo no respondió.
El miedo comenzó a apoderarse de él.
Su respiración se aceleró.
Quiso gritar.
No pudo.
La oscuridad descendió lentamente.
Cubriendo su pecho.
Sus brazos.
Su cuello.
Y luego...
todo terminó.
A la mañana siguiente el hombre despertó normalmente.
Se vistió.
Preparó café.
Y salió a trabajar.
Exactamente igual que todos los días.
Pero algo era diferente.
Sus ojos.
Por una fracción de segundo.
Solo una fracción.
Las pupilas desaparecieron.
Y fueron reemplazadas por una oscuridad absoluta.
Después volvieron a la normalidad.
Como si nada hubiera ocurrido.
Y no fue el único.
Durante los días siguientes comenzaron a aparecer más casos.
Siempre de noche.
Siempre en soledad.
Siempre lejos de las miradas ajenas.
La sombra se dividía.
Se multiplicaba.
Se extendía.
Un repartidor.
Una estudiante universitaria.
Un taxista.
Un hombre que paseaba a su perro.
Una mujer que trabajaba en una estación de servicio.
Todos comenzaron a comportarse de manera extraña.
Pequeños cambios.
Difíciles de notar.
Miradas vacías.
Momentos de ausencia.
Conductas repetitivas.
Como si una parte de ellos hubiera desaparecido.
Como si alguien estuviera observando el mundo a través de sus ojos.
Porque eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.
La entidad estaba aprendiendo.
Aprendiendo sobre los humanos.
Sobre la ciudad.
Sobre sus costumbres.
Sus emociones.
Sus debilidades.
Y cuanto más aprendía...
más inteligente se volvía.
Mientras tanto, Tomás ignoraba por completo lo que estaba sucediendo.
Aquella tarde caminaba por la plaza pensando en Küyen.
Sonriendo sin darse cuenta.
Recordando la visita a la ciudad.
Recordando sus preguntas.
Sus risas.
Su asombro.
No muy lejos de allí.
Sentado en un banco.
Un hombre lo observaba.
El vigilante nocturno.
Sus ojos permanecían inmóviles.
Fijos.
Demasiado fijos.
Tomás pasó frente a él sin prestarle atención.
Continuó caminando.
Alejándose.
Y el hombre sonrió.
Una sonrisa extraña.
Artificial.
Como si alguien estuviera intentando imitar una expresión humana sin comprenderla del todo.
En algún lugar profundo de aquella conciencia compartida...
la entidad acababa de descubrir algo.
A Tomás.
Y por primera vez sintió interés.
Porque los recuerdos robados de varias personas le mostraban una imagen repetida.
Un nombre.
Una historia.
Una leyenda.
El bosque.
Y una muchacha que parecía pertenecer a él.
La criatura no comprendía todavía por qué aquellos dos jóvenes eran importantes.
Pero intuía que lo eran.
Y eso era suficiente.
Muy lejos de la ciudad, en el corazón del bosque, Aukan abrió los ojos sobresaltado.
Una sensación oscura acababa de atravesar las raíces.
Un eco lejano.
Una presencia.
No provenía del bosque.
Venía de la ciudad.
Y por primera vez en muchos años, el viejo Guardián sintió auténtico miedo.
Porque aquella oscuridad ya no estaba despertando.
Ya había comenzado a actuar.
Continuará...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.