CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 13 El muro entre dos mundos

Tomás llegó al borde del bosque como había hecho tantas veces durante las últimas semanas.
El camino ya le resultaba familiar.
Cada árbol.
Cada roca.
Cada sendero.
Y especialmente aquel lugar donde siempre la encontraba.
La roca junto al límite entre ambos mundos.
Mientras avanzaba, una sonrisa apareció en su rostro.
Ya podía imaginarla.
Esperándolo.
Con alguna pregunta extraña sobre la ciudad.
O alguna historia imposible sobre el bosque.
Pero aquella tarde algo se sintió diferente.
Demasiado silencioso.
Demasiado inmóvil.
Y cuando llegó al claro, comprendió por qué.
Porque no era Küyen quien lo esperaba.
Era Aukan.
El Guardián permanecía de pie junto a la roca.
Inmóvil.
Con los brazos cruzados.
Observándolo.
Tomás sintió inmediatamente un nudo en el estómago.
—¿Dónde está Küyen?
Aukan no respondió de inmediato.
Sus ojos permanecieron fijos sobre el muchacho.
Estudiándolo.
Como si intentara decidir algo.
Finalmente habló.
—No vendrá.
Aquellas tres palabras golpearon a Tomás con más fuerza de la que esperaba.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que vuelva a verte.
El viento agitó las hojas.
El bosque pareció guardar silencio.
Esperando.
Escuchando.
Tomás intentó mantener la calma.
—Ella puede decidir eso por sí misma.
—Todavía eres demasiado joven para entender ciertas cosas.
—Y usted demasiado terco para escuchar.
La respuesta salió antes de que pudiera contenerla.
Los ojos de Aukan se endurecieron.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Escúchame bien, Tomás.
La voz del Guardián sonó diferente.
Más seria.
Más pesada.
—Lo que está ocurriendo es más grande de lo que imaginas.
—¿A qué se refiere?
—Hay algo moviéndose.
Algo oscuro.
Algo que no debería existir.
Tomás frunció el ceño.
Aquello sonaba absurdo.
—¿Está hablando de algún animal?
—No.
—¿De personas?
—No.
—Entonces explíqueme.
Aukan apretó la mandíbula.
Había cosas que ni siquiera él comprendía todavía.
Pero el bosque estaba asustado.
Y el bosque rara vez se equivocaba.
—No puedo explicártelo todo.
—Entonces ¿cómo espera que le crea?
La pregunta era justa.
Demasiado justa.
—Lo único que necesitas saber es que se acerca una tormenta.
Y cuando llegue...
nadie estará a salvo.
Ni la ciudad.
Ni el bosque.
Tomás permaneció en silencio unos segundos.
Intentando entender.
Pero había algo que no encajaba.
—¿Y eso qué tiene que ver con Küyen?
La mirada de Aukan se volvió más dura.
—Todo.
—No.
Tomás negó con la cabeza.
—Eso no responde mi pregunta.
Por primera vez el joven dio un paso adelante.
Sin miedo.
Sin retroceder.
—Lo que realmente quiere es alejarme de ella.
Aukan no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
—No es por el peligro.
Es por mí.
El rostro del Guardián se tensó.
—Crees saber mucho.
—Sé que la amo.
Las palabras escaparon sin esfuerzo.
Sin dudas.
Sin arrepentimientos.
El bosque pareció quedarse inmóvil.
Aukan cerró los ojos lentamente.
Porque durante un instante escuchó su propio pasado.
Las mismas palabras.
La misma convicción.
La misma rebeldía.
Pronunciadas años atrás por él mismo.
Pero eso no hizo que fuera más fácil.
—No entiendes lo que dices.
—Sí lo entiendo.
—No.
—La amo.
Y ella me ama.
Aquello fue suficiente.
La paciencia de Aukan se rompió.
El viento explotó alrededor de ellos.
Las ramas se agitaron violentamente.
Las hojas comenzaron a girar en el aire.
Y una presión invisible recorrió el claro.
—¡BASTA!
La voz del Guardián resonó como un trueno.
Tomás retrocedió involuntariamente.
—¡No volverás a verla!
—¡No puede decidir eso!
—¡Mientras yo proteja este bosque sí puedo!
—¡No es una prisionera!
La discusión ya no era racional.
Era emocional.
Dos voluntades chocando de frente.
—¡Vete!
—No.
—¡VETE!
Una ráfaga de viento golpeó el suelo frente a Tomás.
Levantando tierra y hojas.
Obligándolo a retroceder.
—¡No vuelvas aquí!
Tomás observó al Guardián.
Respirando con dificultad.
Furioso.
Dolido.
Confundido.
—No pienso rendirme.
La respuesta fue apenas un susurro.
Pero Aukan la escuchó perfectamente.
Luego Tomás se giró.
Y comenzó a alejarse.
Sin saber que no estaban solos.
Oculta entre las ramas de un enorme árbol.
Küyen había presenciado toda la conversación.
Cada palabra.
Cada grito.
Cada herida.
Y las lágrimas corrían por sus mejillas.
Porque había comprendido algo terrible.
Su padre jamás cambiaría de opinión.
No ahora.
No mientras el peligro siguiera creciendo.
Cuando Tomás desapareció por el sendero, Küyen descendió lentamente del árbol.
Su corazón latía con fuerza.
Su mente era un torbellino.
—¿Qué voy a hacer?
Susurró para sí misma.
Entonces una idea comenzó a tomar forma.
Pequeña al principio.
Casi imposible.
Pero cada segundo se volvía más fuerte.
Más clara.
Más inevitable.
Si Tomás no podía entrar al bosque...
Y ella no podía verlo allí...
Entonces solo quedaba una opción.
Ir con él.
La idea la asustó.
Pero también la emocionó.
Por primera vez en su vida abandonaría el hogar donde había nacido.
El bosque que conocía.
La familia que amaba.
Todo.
Por él.
Esa noche, mientras la luna iluminaba las copas de los árboles, Küyen permaneció despierta en silencio.
Escuchando la respiración tranquila de sus padres en la cabaña.
Escuchando el murmullo del bosque.
Intentando convencerse de que estaba equivocada.
No lo logró.
Porque en el fondo de su corazón ya había tomado una decisión.
Y cuando el amanecer llegara...
la hija de los Guardianes desaparecería del bosque.
Para buscar al muchacho que había cambiado su mundo para siempre.
Continuará...




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