CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 14 El regreso inesperado

Tomás estaba sentado solo en uno de los bancos de la plaza principal.
El cielo comenzaba a teñirse de naranja mientras el sol descendía lentamente sobre la ciudad.
A su alrededor la vida continuaba.
Niños jugando.
Personas caminando.
Autos pasando por las avenidas.
Todo seguía igual.
Pero para él nada era igual.
Habían pasado dos días desde su encuentro con Aukan.
Dos días sin noticias de Küyen.
Dos días intentando entender lo ocurrido.
Y cuanto más lo pensaba, más confundido se sentía.
Una parte de él comprendía al Guardián.
De verdad lo comprendía.
Aukan quería proteger a su hija.
Quería mantenerla a salvo.
Y quizás incluso tenía razón sobre el peligro que se acercaba.
Pero había algo que Tomás no podía aceptar.
Algo que simplemente no lograba entender.
¿Por qué el amor tenía que convertirse en un problema?
¿Por qué dos personas que se querían debían mantenerse separadas?
Tomás apoyó los codos sobre las rodillas.
Mirando el suelo.
Frustrado.
Enojado.
Triste.
Todo al mismo tiempo.
—Parece que alguien perdió una guerra.
La voz de Benja lo sacó de sus pensamientos.
Tomás levantó la vista.
Sus amigos acababan de llegar.
Benja.
Julieta.
Emilia.
Y Lautaro.
Todos se acomodaron alrededor del banco.
—¿Tan mal se te nota? —preguntó Tomás.
—Muchísimo —respondió Emilia.
—Parecés un cachorro abandonado —agregó Benja.
—Gracias por el apoyo emocional.
—Para eso estamos los amigos.
Tomás terminó sonriendo a pesar suyo.
Era imposible no hacerlo.
—¿Seguís pensando en ella? —preguntó Julieta.
Tomás soltó una risa amarga.
—¿Tan evidente es?
—Mucho.
—Demasiado.
—Insoportablemente mucho.
Las respuestas llegaron casi al mismo tiempo.
—No sé qué hacer.
Aquella confesión hizo que todos guardaran silencio.
Porque rara vez escuchaban a Tomás hablar de esa manera.
—¿Qué pasó exactamente con el padre? —preguntó Lautaro.
Tomás suspiró.
—Me dijo que me alejara.
—¿Y por qué?
—Porque somos de mundos diferentes.
Porque hay peligros.
Porque no entiende.
Porque...
Tomás bajó la mirada.
—Porque cree que esto nunca va a funcionar.
Durante unos segundos nadie habló.
—¿Y vos qué pensás?
La pregunta de Emilia llegó suavemente.
Tomás tardó un momento en responder.
—Pienso que la amo.
El silencio fue inmediato.
—Bueno...
Benja se rascó la nuca.
—Eso sonó bastante serio.
—Porque lo es.
Tomás levantó la vista.
Y por primera vez desde que comenzó la conversación sus amigos vieron la determinación en sus ojos.
—Sé que parece una locura.
Sé que apenas nos conocemos.
Sé que venimos de lugares completamente distintos.
Pero cuando estoy con ella...
todo tiene sentido.
Nadie se burló.
Nadie hizo bromas.
Porque todos comprendieron que hablaba en serio.
Entonces ocurrió.
Benja, que estaba mirando distraídamente hacia el otro lado de la plaza, se quedó congelado.
Su expresión cambió por completo.
Los ojos comenzaron a abrirse.
Más y más.
—No.
Murmuró.
—¿Qué pasa? —preguntó Julieta.
Benja siguió mirando.
Inmóvil.
—No puede ser.
—¿Qué cosa? —preguntó Tomás.
La expresión de su amigo era tan extraña que todos giraron para verlo.
—Tomás...
Dijo finalmente.
Con la voz temblando.
—No me vas a creer si te digo quién viene detrás tuyo.
Tomás frunció el ceño.
—Benja, no estoy para bromas.
—No estoy bromeando.
La seriedad en su voz hizo que el corazón de Tomás comenzara a acelerarse.
Lentamente se puso de pie.
Y se dio vuelta.
El mundo pareció detenerse.
Porque allí estaba ella.
De pie al otro lado de la plaza.
Küyen.
Con la misma campera que había usado durante su visita a la ciudad.
Con el cabello moviéndose suavemente por el viento.
Y una sonrisa nerviosa dibujada en el rostro.
Durante un instante ninguno de los dos se movió.
Como si necesitaran asegurarse de que aquello era real.
—¿Küyen...? —susurró Tomás.
Los ojos de la joven comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Hola.
Fue suficiente.
Tomás salió corriendo.
Sin pensar.
Sin importarle quién estaba mirando.
Sin importarle nada.
Simplemente corrió hacia ella.
Y Küyen hizo exactamente lo mismo.
Se encontraron en medio de la plaza.
Deteniéndose apenas a unos centímetros uno del otro.
Ambos respiraban agitados.
Como si acabaran de recorrer kilómetros.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Tomás.
—Te dije que quería conocer tu mundo.
—Tu padre...
—No lo sabe.
Tomás abrió los ojos.
—¿Qué?
Küyen bajó la mirada por un instante.
Y luego volvió a observarlo.
—Me escapé.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Tomás tardó varios segundos en procesarlas.
—¿Te escapaste del bosque?
Ella asintió lentamente.
—No encontré otra forma.
Por un momento ninguno habló.
Porque ambos comprendían el peso de aquella decisión.
Küyen había dejado atrás su hogar.
Su familia.
Todo lo que conocía.
Por él.
Y aunque aquello lo llenaba de felicidad...
también despertaba una inquietud difícil de ignorar.
Porque sabía que Aukan no se quedaría de brazos cruzados.
Y porque muy lejos de allí...
en algún rincón oscuro de la ciudad...
algo observaba.
Algo que ya conocía los nombres de Tomás y Küyen.
Algo que comenzaba a comprender cuánto significaban el uno para el otro.
Y que estaba empezando a planear cómo usar eso a su favor.
Continuará...




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