CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 15 La decisión correcta

Por unos momentos, Tomás y Küyen olvidaron todo.
La discusión con Aukan.
La distancia entre sus mundos.
Las dificultades.
Los peligros.
Simplemente permanecieron juntos en medio de la plaza.
Como si el resto de la ciudad hubiera desaparecido.
Pero la realidad terminó alcanzándolos.
Y fueron los propios amigos de Tomás quienes comprendieron primero la gravedad de la situación.
—Creo que deberíamos sentarnos en algún lugar tranquilo —dijo Emilia.
Küyen asintió.
Tomás también.
Había demasiadas preguntas.
Y muy pocas respuestas.
Minutos después estaban reunidos en una zona apartada de la plaza.
Bajo la sombra de unos árboles.
Lejos de las miradas curiosas.
—¿Qué pasó exactamente? —preguntó Tomás.
Küyen bajó la mirada.
—Escuché todo lo que hablaron.
—¿Qué?
—Estaba escondida entre los árboles.
Vi la discusión.
Escuché lo que dijiste.
Escuché lo que dijo mi padre.
Tomás permaneció en silencio.
—Y después me escapé.
—Küyen...
—No sabía qué hacer.
No quería perderte.
Aquellas palabras golpearon directamente el corazón de Tomás.
Porque él sentía exactamente lo mismo.
—¿Tus padres saben que no estás?
Ella negó lentamente.
—Mi madre probablemente ya lo sospecha.
Mi padre...
no.
Todavía no.
El silencio volvió a instalarse.
Benja fue el primero en romperlo.
—Bueno.
Eso significa que cuando se entere probablemente quiera arrancarnos la cabeza.
—Gracias por el optimismo —dijo Julieta.
—Es un don.
Por primera vez Küyen sonrió.
Pero la sonrisa duró poco.
Porque algo no terminaba de encajar.
Tomás observó alrededor.
La plaza.
Las calles.
Las personas.
Algo se sentía raro.
No sabía exactamente qué era.
Pero lo sentía.
Como una presión invisible.
Como si el aire estuviera más pesado.
Como si una tormenta estuviera acercándose.
Recordó entonces las palabras de Aukan.
"Se acerca una tormenta."
Hasta ese momento había pensado que exageraba.
Ahora ya no estaba tan seguro.
—¿Qué ocurre? —preguntó Emilia.
Tomás tardó unos segundos en responder.
—No sé.
Pero algo no está bien.
Los demás intercambiaron miradas.
—¿Por lo que dijo Aukan?
Preguntó Lautaro.
Tomás asintió.
—Tal vez.
Y entonces tomó una decisión.
Una decisión que le dolía.
Pero que sabía que era correcta.
Se volvió hacia Küyen.
—Tienes que regresar.
Los ojos de la joven se abrieron de golpe.
—¿Qué?
—Debes volver al bosque.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Instintiva.
—Küyen...
—No me escapé para regresar a las pocas horas.
—Escúchame.
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Por favor.
La joven lo observó.
Y en cuanto vio la expresión de Tomás comprendió que hablaba en serio.
—¿Por qué?
Tomás respiró profundamente.
—Porque te amo.
El corazón de Küyen se detuvo por un instante.
Era la primera vez que escuchaba aquellas palabras salir de sus labios.
Y precisamente por eso dolieron tanto.
—Entonces no me pidas que me vaya.
—Justamente por eso te lo pido.
El silencio cayó sobre el grupo.
—No quiero perderte.
Y ahora mismo...
siento que el lugar más seguro para ti es el bosque.
Küyen bajó la mirada.
—¿Y nosotros?
Tomás sonrió con tristeza.
—Nosotros seguiremos existiendo mañana.
Pero para eso primero tenemos que llegar a mañana.
Las lágrimas comenzaron a aparecer en los ojos de la joven.
Porque en el fondo sabía que tenía razón.
Y porque aquellas palabras demostraban algo importante.
Tomás no estaba pensando en sí mismo.
Estaba pensando en ella.
Finalmente asintió.
Muy lentamente.
—Está bien.
Tomás cerró los ojos unos segundos.
Aliviado.
Y al mismo tiempo destrozado.
—Yo te llevaré.
—Nosotros también —dijo Emilia.
—Sí —agregó Lautaro.
—Además alguien tiene que evitar que Benja diga alguna estupidez en el camino.
—Eso es discriminación.
Por primera vez en varios minutos todos rieron.
Y así emprendieron el viaje hacia el bosque.
La tarde comenzaba a morir.
El cielo se cubría de tonos rojizos.
Y las sombras crecían lentamente sobre la ciudad.
Ninguno de ellos notó algo extraño.
No notaron al conductor de autobús que permanecía inmóvil observándolos.
No notaron a la mujer que caminaba por la vereda sin apartar los ojos de Küyen.
No notaron al anciano sentado en una esquina que parecía seguir cada uno de sus movimientos.
Ni notaron que todos ellos sonrieron exactamente al mismo tiempo.
La misma sonrisa.
Vacía.
Artificial.
Inhumana.
Porque mientras Tomás intentaba proteger a Küyen...
la oscuridad ya se había extendido mucho más de lo que cualquiera imaginaba.
En las profundidades de la conciencia colectiva creada por la entidad, miles de ojos observaban simultáneamente.
Miles de personas.
Miles de miradas.
Un solo pensamiento.
Una sola voluntad.
Y en el centro de aquella red oscura apareció una imagen.
La imagen de Küyen.
Luego la de Tomás.
Y finalmente la del bosque.
La criatura estaba comprendiendo.
Uniendo piezas.
Descubriendo conexiones.
Y le gustaba lo que veía.
Mientras tanto, ajenos al peligro, los jóvenes llegaron finalmente al borde del bosque.
La noche comenzaba a caer.
Las sombras de los árboles parecían más profundas que nunca.
Küyen dio un paso hacia adelante.
Preparándose para cruzar.
Pero justo antes de hacerlo se detuvo.
Porque algo se movió entre los árboles.
Algo grande.
Muy grande.
Y no era Aukan.
El bosque entero pareció contener la respiración.
Y por primera vez desde que había escapado de su hogar...
Küyen sintió auténtico miedo.
Continuará...




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