El bosque estaba demasiado silencioso.
Küyen lo sintió inmediatamente.
Aquella sensación de peligro que había aparecido unos segundos antes seguía allí.
Oculta.
Observándolos.
Esperando.
Tomás también lo sentía.
Era como una presión invisible sobre el pecho.
Algo que le decía que se marcharan.
Que corrieran.
Que no permanecieran allí un segundo más.
—No me gusta esto —murmuró Lautaro.
—A mí tampoco —respondió Emilia.
Benja observó los árboles.
—¿Siempre es tan inquietante de noche?
—No —respondió Küyen.
Aquella respuesta fue peor que cualquier otra cosa.
El viento agitó las copas.
Las sombras parecieron moverse.
Y durante un instante todos permanecieron inmóviles.
Escuchando.
Pero no ocurrió nada.
Finalmente Küyen soltó un suspiro.
—Tal vez solo estoy nerviosa.
Tomás negó con la cabeza.
—No.
Yo también lo siento.
Durante unos segundos se quedaron observándose.
Ninguno quería despedirse.
—Prometeme algo —dijo Küyen.
—Lo que sea.
—Que no vas a hacer ninguna locura.
Tomás sonrió.
—Eso depende de cómo definas locura.
—Tomás.
—Está bien.
Lo prometo.
Ella sonrió.
Y luego dio un paso hacia atrás.
—Nos volveremos a ver.
—Claro que sí.
Por un instante ninguno dijo nada.
Simplemente se quedaron contemplándose.
Como si intentaran memorizar cada detalle.
Entonces Küyen se giró.
Y con la agilidad que había desarrollado durante toda una vida en el bosque saltó hacia una de las ramas más bajas.
Pero nunca llegó a apoyarse sobre ella.
Algo negro salió disparado desde la oscuridad.
Un apéndice oscuro.
Líquido.
Como un látigo viviente.
Se enroscó alrededor de su cintura.
—¡KÜYEN!
Todo ocurrió en una fracción de segundo.
La joven lanzó un grito de sorpresa mientras era arrancada de la rama.
El látigo negro se tensó.
Y la arrastró violentamente hacia las profundidades de las sombras.
—¡TOMÁS!
El muchacho salió corriendo inmediatamente.
Sin pensar.
Sin detenerse.
—¡SUÉLTENLA!
Pero cuando avanzó apenas unos metros comprendió algo horrible.
No estaban solos.
Figuras comenzaron a surgir de todas partes.
Entre los árboles.
Desde el camino.
Detrás de las rocas.
Docenas de personas.
Hombres.
Mujeres.
Ancianos.
Jóvenes.
Todos observándolos.
Todos con la misma sonrisa vacía.
Los mismos ojos oscuros.
Y entonces comprendieron.
Aquellas personas los habían estado siguiendo.
Observando.
Esperando.
Todo el tiempo.
—¿Qué demonios son? —susurró Benja.
Nadie respondió.
Porque ninguno tenía una respuesta.
Tomás intentó abrirse paso.
Golpeó a uno de los sujetos.
Empujó a otro.
Pero era inútil.
Cada vez que avanzaba aparecían más.
Y más.
Y más.
Hasta que uno de ellos lo derribó.
Luego otro.
Y otro más.
Sus amigos intentaron ayudarlo.
Lautaro apartó a uno de los extraños.
Emilia tiró de Tomás para levantarlo.
Julieta gritó desesperada.
Pero eran demasiados.
Muchísimos.
Tomás logró incorporarse.
Apenas.
Y levantó la vista.
Entonces la vio.
Küyen estaba inmovilizada por varias extensiones negras que parecían surgir del cuerpo de un hombre.
El mismo vigilante nocturno.
El primero.
El origen.
La oscuridad cubría gran parte de su cuerpo.
Moviéndose como si estuviera viva.
Respirando.
Pensando.
Y sus ojos ya no parecían humanos.
—¡DÉJALA IR!
Gritó Tomás.
La criatura observó al joven.
Y por primera vez habló.
Su voz sonó extraña.
Como si muchas personas hablaran al mismo tiempo.
—Interesante.
Küyen luchó por liberarse.
—¡Tomás, no!
Pero él volvió a intentar acercarse.
Un golpe lo alcanzó.
Y luego otro.
Terminó nuevamente en el suelo.
Sin fuerzas.
Aturdido.
—¡TOMÁS!
Gritó Küyen.
La desesperación en su voz fue suficiente para que el corazón del muchacho se rompiera.
Porque no podía ayudarla.
No podía alcanzarla.
No podía protegerla.
La criatura inclinó ligeramente la cabeza.
Observando aquella escena.
Como si estuviera aprendiendo.
Como si el amor entre ambos fuera algo fascinante.
Algo útil.
Finalmente comenzó a retroceder.
Llevándose a Küyen consigo.
Los demás sujetos hicieron lo mismo.
Retrocediendo hacia la oscuridad.
Desapareciendo entre las sombras.
Pero antes de irse completamente, el hombre poseído volvió a hablar.
Su mirada se dirigió hacia el bosque.
Como si supiera exactamente quién estaba escuchando a través de los árboles.
—Díganle al Guardián...
La voz resonó por todo el lugar.
—...que lo espero en el centro de la ciudad.
Las sombras comenzaron a envolverlo.
—Si quiere volver a ver a su hija.
Los ojos de Küyen buscaron desesperadamente a Tomás.
—¡TOMÁS!
Fue la última vez que la vio.
Un instante después desaparecieron.
Todos.
La criatura.
Los poseídos.
La oscuridad.
Küyen.
Como si jamás hubieran estado allí.
El silencio regresó.
Tomás permaneció de rodillas sobre la tierra.
Inmóvil.
Respirando con dificultad.
Mirando el lugar donde ella había desaparecido.
—No...
Susurró.
—No...
Y por primera vez desde que comenzó toda aquella historia...
sintió auténtico terror.
Porque comprendió algo.
Aquello no buscaba solamente dominar la ciudad.
Aquello había declarado la guerra.
Y acababa de elegir a Küyen como su primera rehén.
Continuará...
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Editado: 24.06.2026