CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 17 El elegido del bosque

La oscuridad lo envolvía todo.
Tomás apenas podía escuchar voces lejanas.
Fragmentos de sonidos.
Palabras incompletas.
Como si estuviera hundido bajo el agua.
—¡Tomás!
—¡Respira!
—¡No te duermas!
Intentó responder.
Pero no pudo.
El dolor era demasiado intenso.
Sentía cada músculo de su cuerpo arder.
Cada hueso protestar.
Cada respiración convertirse en una lucha.
Entonces todo desapareció.
Y la oscuridad lo reclamó por completo.
No supo cuánto tiempo pasó.
Minutos.
Horas.
Tal vez un día entero.
Lo primero que sintió fue el aroma.
Hierbas medicinales.
Madera.
Tierra húmeda.
Luego escuchó el canto de algunos pájaros.
El viento moviendo las hojas.
Y finalmente abrió los ojos.
El techo de madera fue lo primero que vio.
Parpadeó varias veces.
Confundido.
Desorientado.
Intentó incorporarse.
Y un dolor brutal atravesó todo su cuerpo.
—¡Ah!
Volvió a caer sobre la cama.
—Tranquilo.
La voz de Clara llegó desde un costado.
Tomás giró la cabeza.
Y la vio.
Sentada junto a él.
Preparando vendajes.
Más allá estaban sus amigos.
Benja.
Emilia.
Julieta.
Lautaro.
Todos parecían agotados.
Preocupados.
Y entonces vio a la última persona de la habitación.
Aukan.
El Guardián permanecía sentado a varios metros.
Observándolo en silencio.
Tomás tardó unos segundos en comprender dónde estaba.
La cabaña.
La cabaña de los Guardianes.
En el corazón del bosque.
—¿Qué... pasó?
Preguntó con dificultad.
—Te trajimos aquí —respondió Emilia.
—Estabas inconsciente.
—Pensamos que no ibas a despertar.
Agregó Julieta.
Tomás recordó entonces.
La emboscada.
La oscuridad.
Küyen.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—¡KÜYEN!
Intentó levantarse.
El dolor lo obligó a caer nuevamente sobre la cama.
—¡Tenemos que ir por ella!
—Tomás.
—¡Tenemos que hacer algo!
—Tomás.
La voz de Clara fue firme.
—Debes descansar.
—¡No puedo descansar!
La desesperación comenzó a dominarlo.
—¡Se la llevaron!
—Lo sabemos.
—¡Entonces hagamos algo!
La habitación quedó en silencio.
Fue entonces cuando Aukan habló.
—A mi hija no va a pasarle nada.
Tomás giró la cabeza.
Mirándolo.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
El Guardián permaneció unos segundos en silencio.
Como si estuviera decidiendo cuánto revelar.
Finalmente se puso de pie.
Y comenzó a caminar lentamente por la habitación.
—Porque ya enfrenté a esa cosa antes.
El silencio fue inmediato.
Incluso Clara levantó la vista.
—¿Qué quiere decir?
Preguntó Benja.
Aukan observó el fuego.
Y por primera vez comenzó a contar una historia que muy pocos conocían.
—Hace muchos años.
Antes de que Küyen naciera.
Antes de que Nahuel naciera.
Incluso antes de que Clara y yo construyéramos esta cabaña...
algo llegó al bosque.
La habitación permaneció completamente en silencio.
—No era humano.
No era animal.
No era espíritu.
Los ojos del Guardián se endurecieron.
—Era hambre.
Oscuridad.
Corrupción.
Tomás escuchaba atentamente.
—Aquella cosa intentó apoderarse del bosque.
Intentó consumirlo.
Convertirlo en una extensión de sí misma.
—¿Y qué pasó?
Preguntó Lautaro.
—La derrotamos.
—¿La mataron?
Aukan negó lentamente.
—No.
Aquella respuesta hizo que todos intercambiaran miradas.
—Entonces...
—La enterramos.
El silencio volvió a caer.
—Muy profundo.
Bajo las raíces más antiguas.
Donde creímos que jamás volvería a despertar.
Tomás sintió un escalofrío.
—Pero despertó.
—Sí.
Respondió Aukan.
—Y ahora es más peligrosa.
Porque aprendió algo que antes no sabía.
—¿Qué cosa?
—Cómo usar a los humanos.
Nadie dijo nada.
Porque todos habían visto a los poseídos.
Todos habían visto aquellos ojos.
Aquellas sonrisas.
Aquella voluntad compartida.
Finalmente Tomás habló.
—Entonces tenemos que detenerla.
Aukan asintió.
—Sí.
—¿Y qué estamos esperando?
El Guardián lo observó.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
Aukan cerró los ojos unos segundos.
—Porque fuera del bosque soy débil.
Aquellas palabras sorprendieron a todos.
—¿Débil?
Preguntó Emilia.
—Mi poder proviene del bosque.
Cuanto más me alejo...
más disminuye.
Tomás permaneció pensando.
Y entonces algo hizo clic en su mente.
Una idea.
Una posibilidad.
Levantó la mirada.
—Tal vez usted sea débil fuera del bosque.
Aukan frunció el ceño.
—Pero yo conozco la ciudad.
La habitación quedó en silencio.
—Tomás...
Comenzó Clara.
—No.
Escúchenme.
El joven respiró profundamente.
—Sé moverme allí.
Sé cómo piensa la gente.
Sé dónde esconderse.
Sé cómo encontrar a alguien.
Los ojos de Aukan permanecieron fijos sobre él.
—No tienes el poder para enfrentar eso.
Entonces Tomás sonrió.
Una sonrisa cansada.
Pero sincera.
—Quizás sí.
Aukan levantó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
Tomás dudó unos segundos.
Y luego habló.
—Antes de venir aquí...
investigué las leyendas del bosque.
La expresión de Aukan cambió apenas.
—¿Qué leyendas?
—Las de los Guardianes.
Clara sonrió discretamente.
—Encontré a una anciana.
Aukan soltó una pequeña risa.
—Ya sé quién fue.
—Ella me contó algo.
El Guardián ya parecía conocer la respuesta.
—¿Qué te contó?
Tomás sostuvo su mirada.
—Que cuando alguien ama de verdad al bosque...
cuando su corazón es puro...
el bosque puede elegirlo.
El silencio fue absoluto.
—Y darle su poder.
Los amigos de Tomás lo miraron sorprendidos.
Clara observó a Aukan.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
El Guardián sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Casi imperceptible.
Pero real.
—Sí.
Dijo finalmente.
—Fue mi abuela quien te contó eso.
Tomás sonrió.
—Lo imaginé.
Aukan lo observó durante largos segundos.
Evaluándolo.
Midiéndolo.
No como un muchacho de ciudad.
No como el joven que se había enamorado de su hija.
Sino como alguien dispuesto a arriesgarlo todo por ella.
Y finalmente comprendió algo.
Aquel amor era real.
Tan real como el que él mismo había sentido por Clara años atrás.
El Guardián se puso de pie.
Y caminó hasta la puerta de la cabaña.
—Descansa esta noche.
Tomás frunció el ceño.
—¿Por qué?
Aukan se detuvo.
Sin girarse.
—Porque mañana...
si el bosque te considera digno...
intentaremos que te elija.
El corazón de Tomás se aceleró.
—¿Y si lo hace?
Aukan observó la inmensidad del bosque a través de la puerta abierta.
Las sombras.
Las raíces.
Los árboles antiguos.
Y respondió sin girarse.
—Entonces dejarás de ser simplemente Tomás.
La habitación quedó en silencio.
—Y te convertirás en algo que no ha existido en generaciones.
El viento atravesó la cabaña.
Las llamas del hogar se agitaron.
Y muy lejos de allí, en algún lugar de la ciudad, Küyen abrió lentamente los ojos dentro de una prisión de oscuridad.
Como si hubiera sentido algo.
Como si una nueva esperanza acabara de nacer.
Continuará...




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