CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 19 El nuevo Guardián

Tomás permaneció inmóvil en el centro del claro.
La energía plateada todavía recorría su cuerpo como un río de luz.
El viento agitaba suavemente su ropa mientras una extraña calma se dibujaba en su rostro.
Ya no era el mismo joven que había llegado al bosque días atrás.
Algo había cambiado para siempre.
Aukan se acercó lentamente.
Durante unos segundos observó los ojos azules del muchacho.
Aquellos ojos no reflejaban miedo.
Reflejaban determinación.
El bosque lo había aceptado.
No había dudas.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Clara.
Tomás abrió y cerró lentamente las manos.
Podía sentir cada hoja moviéndose.
Cada raíz extendiéndose bajo la tierra.
Cada animal desplazándose entre los árboles.
Era como si el bosque entero respirara junto a él.
—Puedo... escucharlo.
Susurró.
—¿Escuchar qué?
Preguntó Benja.
Tomás sonrió.
—Todo.
Nahuel lanzó una pequeña rama hacia él.
La rama apenas había abandonado su mano cuando Tomás desapareció.
Un destello plateado cruzó el claro.
La rama cayó al suelo.
Y Tomás ya estaba detrás de Nahuel.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Lautaro.
Tomás tampoco lo sabía.
Simplemente había ocurrido.
Su cuerpo reaccionaba antes que sus pensamientos.
Aukan asintió satisfecho.
—El bosque ya corre por tus venas.
Pero todavía debes aprender a dominarlo.
Tomás respiró profundamente.
Entonces recordó.
Küyen.
Su sonrisa desapareció de inmediato.
—Tenemos que ir por ella.
El Guardián caminó hasta quedar frente a él.
Por primera vez no lo miraba como al muchacho que había conocido.
Lo miraba como a un igual.
Extendió una mano y la apoyó sobre su hombro.
—Tomás...
Mi hija necesita que alguien llegue hasta ella.
Yo no puedo combatir lejos del bosque durante mucho tiempo.
Pero tú...
Tú puedes moverte entre ambos mundos.
Los ojos del muchacho brillaron con decisión.
—La traeré de regreso.
Lo prometo.
Aukan sostuvo su mirada unos segundos.
Y finalmente asintió.
—Entonces ve.
Y salva a Küyen.
Tomás no dijo una palabra más.
Simplemente giró sobre sus talones.
Flexionó las piernas.
Y saltó.
El impulso fue tan poderoso que alcanzó la rama de un árbol gigantesco.
Luego otra.
Y otra más.
En apenas unos segundos desapareció entre las copas.
Su velocidad era sobrehumana.
Parecía una sombra plateada desplazándose entre los árboles.
Benja abrió la boca.
—Creo que... jamás voy a acostumbrarme a esto.
—Yo tampoco —respondió Emilia.
Incluso Nahuel sonrió con admiración.
—Corre casi tan rápido como mi padre.
Aukan observó el lugar por donde Tomás había desaparecido.
Y por primera vez sintió esperanza.
Pero algo llamó la atención de Lautaro.
Mientras todos seguían mirando hacia los árboles...
una raíz emergió lentamente del suelo.
Silenciosa.
Delgada.
Se acercó hasta Benja.
Y, con una suavidad inesperada...
le rodeó la muñeca.
Benja dio un pequeño salto.
—¿Eh?
Todos giraron.
La raíz permaneció inmóvil apenas un instante.
Y luego volvió a enterrarse lentamente.
Como si nada hubiera ocurrido.
Benja observó su mano.
—...¿Vieron eso?
Nadie supo qué responder.
Aukan frunció levemente el ceño.
Pero no dijo una sola palabra.
Muy lejos de allí...
La ciudad había cambiado.
Las calles estaban casi vacías.
Quienes aún permanecían libres se escondían en sus casas.
Las puertas estaban cerradas.
Las ventanas cubiertas.
El silencio dominaba las avenidas.
Solo se escuchaban pasos.
Muchísimos pasos.
Cientos de personas caminaban hacia un mismo lugar.
La plaza central.
Sus rostros permanecían inexpresivos.
Sus ojos completamente negros.
Todos avanzaban con el mismo ritmo.
Como si una sola mente dirigiera aquella multitud.
En medio de ellos caminaba Küyen.
Las manos sujetas por aquellas extensiones negras.
Intentó resistirse.
Pero era inútil.
La oscuridad era demasiado fuerte.
Al llegar a la plaza la llevaron hasta la antigua fuente de agua.
Allí la inmovilizaron con gruesos tentáculos negros que la sujetaban contra la piedra.
La joven respiraba agitadamente.
Observando a su alrededor.
Nunca había visto la ciudad tan silenciosa.
Tan vacía.
Tan... muerta.
Frente a ella apareció el primer hombre poseído.
El vigilante nocturno.
Aunque ya casi no quedaba nada humano en él.
La oscuridad cubría gran parte de su cuerpo.
Se movía constantemente.
Como si estuviera viva.
El hombre sonrió.
Aquella sonrisa imposible.
—¿Dónde está tu padre?
Preguntó con aquella voz formada por cientos de voces.
Küyen no respondió.
—¿No vendrá?
La criatura inclinó la cabeza.
—Qué extraño...
Pensé que un padre haría cualquier cosa por salvar a su hija.
Küyen sostuvo su mirada.
—Vendrá.
El hombre soltó una carcajada.
Una risa hueca.
Inhumana.
—Eso espero.
Porque llevo mucho tiempo esperándolo.
En ese mismo instante...
una enorme sombra cruzó los edificios que rodeaban la plaza.
La silueta de un lobo.
Rápida.
Elegante.
Poderosa.
El hombre levantó lentamente la vista.
Y sonrió.
—Hasta que apareciste...
Aukan.
La figura cayó desde lo alto de un edificio.
Aterrizando en medio de la plaza.
Una nube de polvo cubrió el lugar.
Durante unos segundos nadie pudo distinguir quién era.
Hasta que una voz rompió el silencio.
—El Guardián no pudo venir...
El polvo comenzó a disiparse.
Revelando a Tomás.
Con los ojos brillando intensamente de color azul.
Una tenue energía plateada recorría su cuerpo.
El muchacho dio un paso al frente.
Y una sonrisa decidida apareció en su rostro.
—...pero estoy yo.
Una poderosa luz brotó desde el interior de su cuerpo.
El viento estalló alrededor de la plaza.
Y la energía del bosque comenzó a envolverlo.
Su silueta empezó a cambiar.
La figura de un inmenso lobo plateado comenzó a manifestarse detrás de él.
Los poseídos retrocedieron por primera vez.
Incluso el primer huésped dejó de sonreír.
Porque acababa de comprender...
que el bosque había enviado un nuevo Guardián.
Continuará...




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