La plaza quedó completamente en silencio.
Los cientos de poseídos permanecían inmóviles.
Nadie respiraba.
Nadie se movía.
Toda la atención estaba puesta en el joven que había llegado desde el bosque.
Tomás.
La energía plateada comenzó a envolverlo.
Al principio era apenas un resplandor.
Pero, segundo a segundo, aquella luz aumentó hasta convertirse en un torbellino.
El viento estalló alrededor de él.
Las baldosas de la plaza comenzaron a agrietarse.
La fuente donde Küyen permanecía atrapada vibró con fuerza.
Ella observaba sin poder creer lo que veía.
—Tomás...
Susurró emocionada.
Los músculos del muchacho comenzaron a expandirse.
Su cuerpo creció.
Las manos se transformaron en enormes garras.
Un espeso pelaje plateado cubrió cada parte de su cuerpo.
Su rostro adquirió rasgos lupinos, con un hocico poderoso y colmillos brillantes.
Una larga cola apareció detrás de él, mientras sus ojos azules resplandecían como dos llamas.
En pocos segundos, frente a toda la ciudad, nació el nuevo Guardián.
El Lobo Plateado.
Los poseídos retrocedieron instintivamente.
Incluso la oscuridad parecía inquieta.
El primer hombre poseído observó aquella transformación con sorpresa.
—Imposible...
Murmuró.
Pero la expresión de asombro desapareció rápidamente.
Una sonrisa fría apareció en su rostro.
—Así que el bosque encontró un sucesor...
Entonces levantó lentamente ambas manos.
La sustancia negra comenzó a salir violentamente de su cuerpo.
Como si estuviera desprendiéndose de una piel vieja.
El hombre lanzó un grito de dolor.
La masa viscosa abandonó cada rincón de su cuerpo hasta dejarlo completamente libre.
El vigilante cayó al suelo inconsciente.
Mientras tanto, la oscuridad comenzó a reunirse frente a Tomás.
Giraba sobre sí misma.
Crecía.
Tomaba forma.
Piernas.
Brazos.
Un torso cubierto por una armadura negra formada por aquella misma sustancia.
Finalmente apareció un rostro.
El de un guerrero indígena de aspecto aterrador.
Su cabello era largo y oscuro.
Su piel parecía hecha de piedra volcánica.
Marcas tribales recorrían todo su cuerpo.
Y sus ojos brillaban con un intenso color rojo.
En una de sus manos apareció una enorme lanza de obsidiana cubierta por aquella materia oscura.
Sonrió.
Una sonrisa llena de odio.
—Al fin...
Soy libre otra vez.
Su voz era profunda.
Antigua.
Como si hubiera permanecido siglos sin hablar.
Tomás adoptó una posición de combate.
—¿Quién eres?
El guerrero apoyó la lanza contra el suelo.
—Mi nombre...
Es Kürümal.
El Devorador de Espíritus.
Hace siglos fui el guerrero más temido de estas tierras.
Hasta que ese maldito Guardián...
Aukan...
me enterró bajo las raíces del bosque.
Küyen abrió los ojos.
Jamás había escuchado ese nombre.
Ni siquiera en las historias de su padre.
Kürümal soltó una carcajada.
—Durante años permanecí atrapado.
Esperando.
Escuchando.
Hasta que los humanos hicieron lo que siempre hacen.
Llenar el mundo de odio.
De ambición.
De violencia.
Toda esa oscuridad...
fue mi alimento.
Cada crimen.
Cada acto de maldad.
Cada alma corrompida.
Me devolvió las fuerzas.
Hasta que finalmente encontré una grieta por donde escapar.
Tomás comprendió entonces las palabras de Aukan.
Aquello no era simplemente un monstruo.
Era una amenaza antigua.
Mucho más peligrosa de lo que había imaginado.
Kürümal señaló a Küyen.
—Cuando termine contigo...
seguiré con ella.
Y cuando Aukan vea morir a su hija...
su desesperación será tan grande...
que abandonará el bosque.
Y allí...
lo mataré con mis propias manos.
Los colmillos del Lobo Plateado quedaron completamente al descubierto.
Un gruñido profundo retumbó en toda la plaza.
—No...
Eso...
No va a pasar.
Kürümal sonrió.
—Veamos si eres digno del poder que recibiste.
Los dos desaparecieron al mismo tiempo.
El impacto fue tan veloz que el aire explotó.
Tomás lanzó un poderoso zarpazo.
Kürümal bloqueó con la lanza.
Una lluvia de chispas plateadas y oscuras iluminó la plaza.
El guerrero giró sobre sí mismo intentando atravesar el pecho del lobo.
Tomás esquivó el ataque por centímetros.
Respondió con un codazo que hizo retroceder a Kürümal.
Pero el antiguo guerrero recuperó el equilibrio inmediatamente.
Ambos comenzaron a intercambiar golpes a una velocidad imposible para cualquier ser humano.
Cada choque hacía temblar el suelo.
Las ventanas de los edificios vibraban.
La fuente comenzaba a resquebrajarse.
Küyen observaba la pelea con el corazón acelerado.
Sabía que Tomás apenas estaba descubriendo sus poderes.
Mientras que su enemigo llevaba siglos perfeccionando los suyos.
Kürümal logró acertar un golpe con el extremo de la lanza sobre el hombro del Lobo Plateado.
Tomás salió despedido varios metros.
Rodó por el suelo.
Pero volvió a levantarse inmediatamente.
Respirando con fuerza.
Los ojos azules brillaban aún con mayor intensidad.
—Nada mal...
Dijo Kürümal.
—Pero todavía eres un cachorro.
Tomás no respondió.
Simplemente flexionó las piernas.
Esperó el momento exacto.
Y cuando Kürümal volvió a lanzarse hacia él...
desapareció.
El antiguo guerrero abrió los ojos.
No alcanzó a reaccionar.
Tomás apareció detrás de él aprovechando la velocidad que le otorgaba el bosque.
Giró todo su cuerpo.
Y descargó un brutal puñetazo cargado con energía plateada sobre la espalda de Kürümal.
¡BOOOM!
La explosión hizo temblar toda la plaza.
El guerrero salió despedido atravesando un monumento de piedra antes de estrellarse varios metros más allá.
Una enorme nube de polvo cubrió el lugar.
Durante unos segundos nadie se movió.
Finalmente, entre los escombros...
Kürümal comenzó a incorporarse lentamente.
Escupió un poco de sangre negra sobre el suelo.
Luego levantó la cabeza.
Y sonrió.
Una sonrisa llena de satisfacción.
Se limpió la sangre del rostro con el dorso de la mano.
—Ahora lo entiendo...
Sus ojos rojos se clavaron en el Lobo Plateado.
—Tú...
No eres simplemente el sucesor de Aukan.
Eres un Guardián...
que podría llegar a superarlo.
Y eso...
hará esta batalla mucho más interesante.
Los dos volvieron a adoptar posición de combate.
Mientras alrededor de ellos la ciudad contenía la respiración.
La verdadera batalla...
acababa de comenzar.
Continuará...
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Editado: 15.07.2026