CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 21 El ejército de la oscuridad

El polvo aún flotaba sobre la plaza.
Los edificios presentaban grietas.
La fuente donde Küyen permanecía atrapada había perdido parte de su estructura.
Las personas que aún no estaban poseídas observaban escondidas desde las ventanas, incapaces de creer lo que ocurría frente a sus ojos.
En medio de aquel escenario, dos figuras permanecían inmóviles.
El Lobo Plateado.
Y Kürümal.
El silencio duró apenas un segundo.
Los dos se lanzaron nuevamente al ataque.
La velocidad era tan extraordinaria que resultaba imposible seguir sus movimientos.
Un destello plateado cruzaba la plaza.
Una sombra negra respondía inmediatamente.
Cada choque hacía estallar el aire.
Cada golpe levantaba fragmentos de piedra.
Kürümal atacó con su enorme lanza de obsidiana.
La hoja oscura descendió con violencia.
Tomás la bloqueó con sus garras.
El impacto hizo vibrar todo su brazo.
Sin perder tiempo, el Guardián giró sobre sí mismo y lanzó una patada que obligó al guerrero a retroceder.
Pero Kürümal sonrió.
Le gustaba aquella resistencia.
—¡Eso es!
—¡Muéstrame todo lo que puede hacer el bosque!
Tomás no respondió.
Solo volvió a atacar.
Esta vez utilizó algo que ni él mismo sabía que podía hacer.
Apoyó una mano sobre el suelo.
Al instante, gruesas raíces emergieron bajo los pies de Kürümal intentando inmovilizarlo.
El antiguo guerrero dio un salto hacia atrás apenas a tiempo.
—¿También controlas las raíces?
Preguntó sorprendido.
Tomás aprovechó aquella distracción.
Saltó varios metros en el aire.
Y descendió como un meteorito.
Las dos garras impactaron directamente sobre el pecho de Kürümal.
El guerrero salió despedido atravesando un automóvil abandonado.
El metal quedó completamente deformado.
Küyen observaba la escena con lágrimas en los ojos.
Nunca había imaginado ver a Tomás convertido en aquello.
Y mucho menos luchando por ella.
Kürümal volvió a incorporarse.
Respiraba con mayor dificultad.
Varias marcas plateadas recorrían ahora su pecho.
Por primera vez había resultado realmente herido.
Tomás caminó lentamente hacia él.
Su enorme figura plateada imponía respeto.
Sus ojos azules parecían iluminar toda la plaza.
—Esto termina ahora.
Dijo con voz grave.
Kürümal soltó una carcajada.
Luego otra.
Hasta terminar riendo con fuerza.
Escupió sangre oscura sobre el suelo.
Y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Debo admitirlo...
Te subestimé.
Pensé que solo eras un muchacho jugando a ser Guardián.
Levantó lentamente la cabeza.
La sonrisa había desaparecido.
Ahora en su rostro solo había odio.
—Eso fue un error.
Clavó la punta de la lanza contra el pavimento.
—Porque ahora...
Voy a pelear en serio.
De repente, la oscuridad comenzó a extenderse por toda la plaza.
Los ojos negros de los poseídos brillaron intensamente.
Todos comenzaron a temblar.
Al mismo tiempo.
Tomás frunció el ceño.
—¿Qué está haciendo?
Preguntó Küyen desesperada.
El cuerpo del primer poseído había servido como recipiente.
Ahora...
todos harían lo mismo.
Uno tras otro...
los ciudadanos comenzaron a expulsar aquella sustancia negra.
La oscuridad abandonaba sus cuerpos formando enormes columnas viscosas.
Los hombres y mujeres caían inconscientes al suelo.
Mientras la masa negra se reunía frente a Kürümal.
Una...
Dos...
Cinco...
Diez...
Veinte...
Las columnas comenzaron a transformarse.
Piernas.
Brazos.
Armaduras.
Lanzas.
Espadas.
Hachas.
En pocos segundos, toda la plaza estaba rodeada por nuevos guerreros de oscuridad.
Cada uno diferente.
Pero todos con los mismos ojos rojos.
Y la misma sonrisa cruel.
Kürümal extendió los brazos orgulloso.
—Durante siglos soñé con volver a comandar un ejército.
Y gracias a la maldad de los humanos...
por fin lo recuperé.
Tomás observó a su alrededor.
Eran demasiados.
Decenas de guerreros.
Todos desprendiendo la misma energía oscura.
Küyen sintió un escalofrío.
Incluso ella comprendía que aquella pelea había dejado de ser justa.
Kürümal levantó su lanza hacia el cielo.
Y todos los guerreros hicieron lo mismo.
Como un ejército perfectamente sincronizado.
—Maten al Guardián.
La orden resonó por toda la plaza.
Las decenas de guerreros comenzaron a avanzar lentamente.
Rodeando al Lobo Plateado.
Sin dejarle ninguna salida.
Tomás respiró profundamente.
Apretó los puños.
Clavó sus garras sobre el suelo.
Y adoptó nuevamente su posición de combate.
Aunque sabía que aquella vez...
estaba completamente solo.
Y frente a un enemigo que lo superaba ampliamente en número.
Continuará...




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