La plaza se había convertido en un infierno.
El rugido del Lobo Plateado resonaba entre los edificios mientras Tomás luchaba sin descanso contra el ejército de Kürümal.
Sus garras plateadas atravesaban la oscuridad.
Un guerrero caía.
Luego otro.
Y otro más.
Cada movimiento era más veloz que el anterior.
Saltaba sobre automóviles, se impulsaba contra las paredes y volvía a caer en medio de los enemigos como un rayo.
Durante unos minutos parecía invencible.
Pero la oscuridad no se cansaba.
Cada guerrero destruido era reemplazado por otro.
Lanzas negras.
Espadas.
Hachas.
Todos atacaban al mismo tiempo.
Una hoja oscura cortó su hombro.
Otra atravesó superficialmente una de sus piernas.
Tres guerreros lograron sujetarle un brazo.
Otros dos se lanzaron sobre su espalda.
Tomás rugió con todas sus fuerzas.
La energía plateada explotó a su alrededor y varios enemigos salieron despedidos.
Sin embargo...
seguían llegando.
—¡Tomás! —gritó Küyen, desesperada.
El Guardián volvió a ponerse de pie.
Respiraba con dificultad.
Su pelaje plateado estaba manchado de sangre.
Pero aun así levantó sus garras una vez más.
No pensaba rendirse.
Kürümal observaba la escena desde atrás de su ejército.
Sonreía.
—Eso quería ver...
Que pelearas hasta el límite.
Porque un guerrero agotado...
es un guerrero muerto.
Con un movimiento de su mano, decenas de criaturas oscuras se lanzaron sobre Tomás.
Esta vez no buscaban herirlo.
Buscaban inmovilizarlo.
Cinco lo sujetaron de los brazos.
Otros cuatro atraparon sus piernas.
Dos más rodearon su cuello con cadenas negras formadas por la misma sustancia.
Tomás luchó con todas sus fuerzas.
Las raíces comenzaron a emerger del suelo para ayudarlo.
Pero eran demasiados.
Su cuerpo terminó arrodillado.
Inmovilizado.
Kürümal tomó su lanza de obsidiana.
Y caminó lentamente hacia él.
El sonido de sus pasos resonaba en toda la plaza.
Küyen lloraba impotente.
—¡Déjalo!
El antiguo guerrero levantó la lanza.
Apuntando directamente al pecho del Lobo Plateado.
—El bosque eligió mal.
Dijo con una sonrisa cruel.
—Porque su nuevo Guardián...
morirá hoy.
La lanza descendió.
Pero jamás llegó a tocar a Tomás.
¡¡ROOOAAARRR!!
Un rugido ancestral estremeció la ciudad.
No pertenecía a un lobo.
Era el rugido de un gigantesco felino.
Todos levantaron la vista.
Desde una de las avenidas apareció un enorme Tigre de Dientes de Sable, blanco como la nieve, con colmillos tan largos como espadas.
Sobre su lomo cabalgaba Julieta.
Sus ojos brillaban con una energía dorada.
—¡Llegamos justo a tiempo!
El tigre saltó sobre Kürümal.
Su enorme zarpa golpeó la lanza de obsidiana, desviando el ataque.
Después lanzó un rugido tan poderoso que varios guerreros de oscuridad perdieron el equilibrio.
Antes de que pudieran reaccionar...
Una inmensa sombra cruzó el cielo.
Benja descendió desde las alturas.
Dos enormes alas de energía nacían de su espalda.
El espíritu del Cóndor volaba detrás de él.
—¡A ver si prueban pelear con alguien que también sabe volar!
Con un fuerte aleteo creó un tornado que atravesó la plaza.
Los guerreros oscuros fueron separados violentamente.
Las cadenas que inmovilizaban a Tomás se rompieron.
Una sombra pasó entre los enemigos.
Uno cayó.
Luego otro.
Y otro más.
Nadie alcanzaba a verla.
Era Emilia.
La Guardiana del Puma.
Su velocidad era sobrehumana.
Aparecía detrás de los enemigos, los derribaba y desaparecía nuevamente entre las sombras.
En apenas segundos eliminó a todos los que rodeaban a Tomás.
Entonces el suelo comenzó a temblar.
Cada paso hacía vibrar la plaza.
Lautaro avanzaba lentamente.
Su cuerpo se había vuelto gigantesco.
Una gruesa armadura de roca y corteza cubría todo su cuerpo.
Detrás de él rugía el espíritu del Oso.
Levantó ambos puños.
Y los descargó contra el suelo.
¡¡BOOOM!!
Una onda expansiva recorrió toda la plaza.
El pavimento se resquebrajó.
Decenas de guerreros de oscuridad salieron despedidos.
Tomás respiró profundamente mientras recuperaba el equilibrio.
Miró a sus amigos.
No podía creer lo que estaba viendo.
—¿Ustedes...?
Julieta sonrió desde el lomo del tigre.
—¿Pensaste que ibas a salvar el mundo solo?
Benja soltó una carcajada.
—Siempre terminamos metiéndonos en tus problemas.
Emilia sonrió.
—Aunque esta vez... son bastante grandes.
Lautaro apoyó una enorme mano sobre el hombro de Tomás.
—Los amigos no abandonan a los amigos.
Jamás.
Tomás sintió un nudo en la garganta.
El bosque...
también los había elegido.
Los cinco Guardianes caminaron lentamente hasta reunirse alrededor de Küyen.
Formaron un círculo protector.
Tomás al frente.
Julieta a su derecha montando al Tigre de Dientes de Sable.
Benja sobrevolando el grupo con las alas del Cóndor.
Emilia moviéndose silenciosamente entre las sombras como el Puma.
Y Lautaro, inmenso como una montaña, cerrando el círculo con la fuerza del Oso.
Kürümal observó la escena.
Después comenzó a reír.
Una risa profunda.
Antigua.
—¿Cinco Guardianes?
¿Eso creen que cambiará el resultado?
Entonces ocurrió.
Detrás de cada uno de los jóvenes comenzó a manifestarse un espíritu ancestral.
El inmenso Lobo Plateado detrás de Tomás.
El colosal Tigre de Dientes de Sable rugiendo tras Julieta.
El majestuoso Cóndor desplegando sus alas sobre Benja.
El veloz Puma caminando silenciosamente junto a Emilia.
Y el gigantesco Oso levantándose detrás de Lautaro.
Los cinco espíritus elevaron un rugido que hizo vibrar toda la ciudad.
El viento cambió de dirección.
Los árboles de la plaza comenzaron a moverse.
Incluso las raíces bajo el pavimento parecían despertar.
Por primera vez desde que recuperó su libertad...
Kürümal dejó de sonreír.
Porque comprendió que ya no estaba enfrentando a un solo Guardián.
El bosque acababa de declarar la guerra.
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Editado: 31.07.2026