CorazÓn De Lobo 2

CAPÍTULO 23 La batalla de los siete guardianes

Un silencio absoluto cubrió la plaza.
De un lado...
Kürümal y su ejército de oscuridad.
Del otro...
Los nuevos Guardianes del Bosque.
Durante unos segundos nadie se movió.
Hasta que Kürümal sonrió.
—Entonces... mueran todos.
Levantó la lanza hacia el cielo.
—¡Ataquen!
Como una marea negra, cientos de guerreros se lanzaron al mismo tiempo.
—¡Guardianes! —rugió Tomás.
—¡No dejen que lleguen a Küyen!
Todos reaccionaron al instante.
Julieta golpeó suavemente el cuello del Tigre de Dientes de Sable.
—¡Vamos!
El enorme felino salió disparado.
Atravesó la primera línea enemiga como si estuviera hecha de papel.
Sus colmillos despedazaban armaduras negras.
Cada zarpazo enviaba varios guerreros por los aires.
Luego lanzó un rugido ancestral.
La onda de sonido sacudió toda la plaza.
Los enemigos comenzaron a perder el equilibrio.
Desde el cielo, Benja extendió sus enormes alas.
—¡Agárrense!
Con un poderoso aleteo creó un vendaval.
Las corrientes de aire levantaron automóviles abandonados y los hicieron girar sobre los guerreros de oscuridad.
Después cerró las alas.
Descendió como un halcón.
Y atravesó a varios enemigos con la fuerza del Cóndor.
Entre las sombras...
Emilia prácticamente desapareció.
Los guerreros buscaban su posición.
Pero solo encontraban un destello.
Un segundo después caían al suelo.
Su velocidad era imposible de seguir.
Aparecía detrás de un enemigo.
Lo derribaba.
Y ya estaba atacando a otro.
En el centro del combate...
Lautaro era un muro imposible de romper.
Las lanzas oscuras chocaban contra su armadura de roca.
No lograban atravesarla.
Con cada paso hacía temblar la plaza.
Golpeó el suelo con ambos puños.
Una grieta recorrió varios metros.
Decenas de criaturas oscuras perdieron el equilibrio.
Mientras tanto...
Tomás corría entre todos ellos.
El Lobo Plateado parecía un relámpago.
Sus garras brillaban con la luz del bosque.
Cada golpe destruía a un enemigo.
Cada salto lo llevaba más cerca de Kürümal.
El antiguo guerrero sonrió.
Por fin tenía un rival digno.
Levantó su lanza.
Y ambos chocaron nuevamente.
La plaza explotó.
La energía plateada y la oscuridad chocaban una y otra vez.
Tomás lanzaba veloces combinaciones de garras.
Kürümal respondía con precisos ataques de lanza.
Ninguno conseguía imponerse.
Muy cerca de allí...
Küyen seguía atrapada.
Las cadenas oscuras comenzaban a debilitarse gracias a la destrucción de los guerreros.
Ella aprovechó el momento.
Con un fuerte tirón logró liberar uno de sus brazos.
Después otro.
Finalmente rompió las últimas ataduras.
Cayó de rodillas junto a la fuente.
Respiró profundamente.
Y levantó la mirada.
Frente a ella...
Dos guerreros de oscuridad avanzaban para capturarla nuevamente.
—¡No!
Küyen dio un paso hacia atrás.
Pero antes de que pudieran alcanzarla...
Una sombra plateada cayó desde lo alto.
Tomás.
Con un solo movimiento atravesó a ambos enemigos.
Luego extendió una mano.
—¿Estás bien?
Küyen sonrió.
Tomó su mano.
—Ahora sí.
Durante un instante el tiempo pareció detenerse.
Los dos se miraron.
Como la primera vez en el bosque.
Como si toda la guerra desapareciera.
Kürümal observó la escena.
Y sonrió con malicia.
—Ahí está su debilidad...
El amor.
Con un rugido lanzó tres enormes lanzas negras hacia ellos.
Tomás reaccionó al instante.
Abrazó a Küyen.
Giró sobre sí mismo.
Las tres lanzas pasaron rozando sus cuerpos.
Una impactó contra la fuente haciéndola estallar en pedazos.
Otra atravesó una estatua.
La tercera explotó contra el suelo.
—¿Puedes correr? —preguntó Tomás.
—Siempre pude.
Respondió Küyen con una sonrisa.
Aunque no poseía aún los poderes de un Guardián, conocía el combate aprendido junto a Aukan durante toda su infancia.
Los dos comenzaron a luchar espalda con espalda.
Tomás enfrentaba a los guerreros más poderosos.
Küyen aprovechaba cada espacio libre para desarmarlos, derribarlos y ayudar a los civiles que aún permanecían atrapados.
Parecían entenderse sin hablar.
Él desviaba un ataque.
Ella aprovechaba la apertura.
Él derribaba a un enemigo.
Ella lo remataba antes de que pudiera levantarse.
Sus movimientos fluían como si hubieran entrenado juntos durante años.
Desde el cielo Benja sonrió.
—¡Miren a esos dos!
Julieta respondió mientras el Tigre despedazaba otra armadura oscura.
—Ahora entiendo por qué el bosque eligió a Tomás.
Pero Kürümal dejó de observarlos.
Cerró lentamente los ojos.
Y comenzó a reír.
Una risa baja.
Peligrosa.
—Muy bien...
Han superado mi primer ejército.
Entonces...
Conocerán al verdadero.
La oscuridad comenzó nuevamente a extenderse por toda la plaza.
Esta vez era diferente.
Más densa.
Más poderosa.
Las sombras comenzaron a cubrir los edificios.
Incluso el cielo empezó a oscurecerse.
Los Guardianes dejaron de pelear por un instante.
Todos sintieron la misma presión.
Algo mucho peor...
estaba despertando.
Continuará...




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