La plaza volvió a estremecerse.
Kürümal lanzó un rugido que hizo vibrar los edificios.
Su gigantesca figura avanzó hacia Tomás y Küyen, arrastrando la enorme lanza de obsidiana sobre el pavimento.
A su alrededor, los guerreros de oscuridad volvieron a formar un muro viviente.
Pero esta vez los Guardianes ya conocían su debilidad.
—¡Ahora! —gritó Tomás.
Cada uno ocupó su lugar.
El plan había comenzado.
Benja ascendió hasta perderse entre las nubes.
Las inmensas alas del Cóndor desplegaron toda su fuerza.
Un poderoso vendaval descendió sobre la plaza.
Las sombras fueron separadas en pequeños grupos.
Justo como necesitaban.
—¡Julieta!
—¡Voy!
El Tigre de Dientes de Sable rugió con toda su fuerza.
El sonido atravesó el aire como una explosión.
Las armaduras oscuras comenzaron a agrietarse.
El enorme felino se lanzó sobre ellas, despedazando a varios guerreros con sus colmillos ancestrales.
Cada sombra destruida se deshacía en humo negro.
Y, al mismo tiempo...
Kürümal daba un pequeño paso hacia atrás.
Su energía disminuía apenas un instante.
Emilia apareció entre las sombras como un fantasma.
Nadie lograba seguir sus movimientos.
Golpeaba.
Desaparecía.
Volvía a aparecer detrás de otro enemigo.
Su velocidad era tan extraordinaria que varios guerreros caían antes de comprender qué había ocurrido.
Lautaro era la muralla del grupo.
Cada vez que una sombra intentaba acercarse a sus compañeros, él se interponía.
Los golpes que habrían destruido un edificio chocaban contra su armadura de roca y corteza.
Con un puñetazo hacía temblar el suelo.
Con otro enviaba a varios enemigos por los aires.
Mientras tanto...
Tomás y Küyen enfrentaban solos a Kürümal.
El antiguo guerrero descargó su lanza contra ellos.
Tomás bloqueó el impacto con sus garras.
La fuerza fue tan brutal que sus pies dejaron dos profundas marcas en el pavimento.
Antes de que Kürümal pudiera retirar el arma...
Küyen aprovechó la apertura.
Se deslizó por debajo de la lanza y golpeó el brazo del antiguo guerrero con una raíz cubierta por energía del bosque.
Kürümal gruñó.
Retrocedió.
—¡Así!
—¡No le des tiempo! —gritó Küyen.
Tomás sonrió.
Ya no necesitaban hablar.
Se entendían con una sola mirada.
Kürümal atacó nuevamente.
Tomás saltó por encima de la lanza.
Al mismo tiempo, Küyen hizo surgir raíces que sujetaron una de las piernas del guerrero.
El antiguo monstruo perdió el equilibrio durante apenas un segundo.
Suficiente.
Tomás giró en el aire.
Y descargó una poderosa patada sobre el rostro de Kürümal.
El gigante cayó de rodillas.
A varios metros de allí...
Otra sombra era destruida por Julieta y su tigre.
El cuerpo de Kürümal volvió a perder parte de su brillo.
El antiguo guerrero comenzó a comprender lo que estaba ocurriendo.
Miró de reojo a su ejército.
Cada vez eran menos.
—¡No!
Rugió con furia.
—¡Protejan a su señor!
Las sombras abandonaron el combate contra los Guardianes e intentaron regresar junto a él.
Pero Benja descendió desde el cielo creando una enorme barrera de viento.
Las criaturas quedaron atrapadas.
—¡No van a pasar!
Emilia aprovechó el momento.
Corrió entre ellas con la velocidad del Puma.
Tres...
Cinco...
Siete sombras desaparecieron en apenas unos segundos.
Lautaro levantó un automóvil destrozado y lo lanzó contra otro grupo.
El impacto dispersó a los guerreros.
Julieta apareció inmediatamente con el Tigre de Dientes de Sable.
Los colmillos del felino atravesaron la oscuridad como si fuera humo.
Cada enemigo derrotado debilitaba un poco más a Kürümal.
Su enorme armadura comenzaba a agrietarse.
Las espinas de su espalda desaparecían lentamente.
Su respiración era cada vez más pesada.
Tomás lo notó.
—¡Está funcionando!
Küyen sonrió.
—¡Entonces no nos detengamos!
Los dos volvieron a lanzarse al ataque.
Esta vez sus movimientos parecían una danza.
Tomás atacaba desde el frente.
Küyen desde los costados.
Cuando uno retrocedía...
el otro avanzaba.
Cuando uno distraía...
el otro golpeaba.
Era imposible saber dónde terminaba el ataque de uno y comenzaba el del otro.
Kürümal intentó atravesar a Tomás con la lanza.
Küyen hizo surgir una raíz que desvió el arma.
Tomás aprovechó el instante.
Giró sobre sí mismo.
Y sus garras plateadas dejaron una profunda marca sobre el pecho del antiguo guerrero.
Kürümal rugió de dolor.
Por primera vez...
estaba siendo superado.
Levantó la vista.
Observó a los cinco Guardianes derrotando uno a uno a su ejército.
Luego miró a Tomás y Küyen luchando como si compartieran un mismo pensamiento.
Apretó los dientes.
Sabía que, si aquello continuaba...
la balanza terminaría inclinándose a favor del bosque.
Y Kürümal no estaba dispuesto a aceptar la derrota tan fácilmente.
Sus ojos comenzaron a brillar con un rojo aún más intenso.
Una sonrisa oscura volvió a dibujarse en su rostro.
—Si no puedo vencerlos con mi ejército...
Entonces...
los obligaré a elegir entre salvarse... o salvar a quienes aman.
Una nueva energía comenzó a concentrarse en el interior de su cuerpo.
Algo mucho más peligroso estaba a punto de desatarse.
Continuará...
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Editado: 31.07.2026