Kürümal cayó de rodillas.
Su enorme cuerpo respiraba con dificultad.
Las grietas de su armadura oscura dejaban escapar una energía negra que se disipaba en el aire.
Tomás y Küyen permanecían frente a él.
Los dos respiraban agitadamente.
Sabían que la batalla estaba llegando a su final.
O al menos eso creían.
Kürümal comenzó a reír.
Primero en voz baja.
Luego con una carcajada que volvió a estremecer la plaza.
—¿De verdad creen... que ya ganaron?
Sus ojos rojos brillaron con una intensidad aterradora.
Levantó lentamente ambas manos.
La oscuridad que aún quedaba esparcida por la ciudad comenzó a moverse.
Como un río de tinta.
Como miles de serpientes negras.
—¡No! —gritó Benja desde el cielo.
Las sombras ya no se dirigían hacia los Guardianes.
Buscaban algo diferente.
Buscaban... personas.
La sustancia oscura volvió a introducirse en los cuerpos de los habitantes de la ciudad.
Hombres.
Mujeres.
Ancianos.
Jóvenes.
Todos comenzaron a levantarse lentamente.
Sus ojos volvieron a tornarse completamente negros.
Pero esta vez era diferente.
Entre ellos estaban los padres de Tomás.
La madre de Julieta.
El hermano menor de Benja.
Los abuelos de Emilia.
La pequeña hermana de Lautaro.
Amigos.
Familiares.
Seres queridos.
Todos caminaban lentamente hacia los Guardianes.
Kürümal sonrió.
—Vamos...
Defiéndanse.
Ataquen.
Si pueden.
Julieta bajó inmediatamente del Tigre.
—¡Mamá...!
Su madre caminaba hacia ella con una espada de oscuridad en las manos.
Julieta dejó caer la suya.
Era incapaz de levantar un arma contra ella.
Benja descendió lentamente.
Su hermano lo miraba con aquellos ojos completamente negros.
—Benja...
Ayúdame...
Aquella voz era una mentira creada por la oscuridad.
Pero bastó para que el joven dudara.
Emilia retrocedió varios pasos.
Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.
No podía atacar a sus abuelos.
Lautaro apretó los puños.
Su pequeña hermana caminaba hacia él.
Sonriendo.
Pero sus ojos ya no eran los mismos.
Uno a uno...
Los Guardianes comenzaron a bajar sus armas.
Retrocedieron.
La formación se rompió.
Y Kürümal volvió a sonreír.
—El amor...
Siempre fue su mayor fortaleza.
Y también...
Su mayor debilidad.
Tomás observó la escena.
Sentía el mismo dolor.
Sus propios padres estaban allí.
La oscuridad los utilizaba como escudos.
No había forma de luchar.
Küyen se acercó lentamente.
Tomó la mano de Tomás.
Él giró la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
No hicieron falta palabras.
Desde el primer día en que se conocieron, ambos habían aprendido a entenderse con un simple gesto.
Küyen asintió muy despacio.
Tomás respondió del mismo modo.
Ya sabían lo que debían hacer.
Los dos cerraron los ojos.
Respiraron profundamente.
Y apoyaron una mano sobre la tierra.
El bosque respondió.
Muy lejos de allí...
Las raíces comenzaron a vibrar.
Los árboles inclinaron sus copas.
El viento cambió de dirección.
Una cálida luz dorada comenzó a recorrer las raíces ocultas bajo la ciudad.
Subió por el pavimento.
Atravesó la fuente destruida.
Y envolvió lentamente a Tomás y a Küyen.
Aukan, que observaba la batalla desde el límite del bosque, abrió los ojos con asombro.
Clara tomó su mano.
—¿Qué sucede?
El viejo Guardián sonrió emocionado.
—El bosque...
Les está entregando su última bendición.
La luz dorada aumentó hasta cubrir completamente a ambos jóvenes.
Tomás rugió.
Su pelaje plateado comenzó a brillar como nunca antes.
A su lado, Küyen también fue envuelta por aquella energía.
Por primera vez...
El bosque la reconocía completamente como una Guardiana.
Su cuerpo comenzó a transformarse.
Un hermoso pelaje blanco con reflejos dorados cubrió su piel.
Sus ojos brillaron con un intenso color verde esmeralda.
Su figura tomó la forma de una majestuosa loba ancestral, elegante y poderosa, nacida de la misma esencia del bosque.
Detrás de ambos aparecieron dos inmensos espíritus.
El Lobo Plateado.
Y la Loba Dorada.
Las dos criaturas levantaron la cabeza hacia el cielo.
Y aullaron al mismo tiempo.
La luz envolvió toda la plaza.
Los ciudadanos levantaron lentamente la mirada.
Incluso las sombras parecieron detenerse.
Kürümal dio un paso hacia atrás.
Por primera vez...
Sintió verdadero terror.
—No...
Eso... no puede existir.
Tomás y Küyen cruzaron una última mirada.
Sonrieron.
Y desaparecieron.
Dos destellos.
Uno plateado.
Otro dorado.
Giraron alrededor de Kürümal a una velocidad imposible.
El antiguo guerrero intentó seguirlos.
Era demasiado tarde.
Los dos Guardianes aparecieron al mismo tiempo, uno a cada lado de su enemigo.
Y descargaron un ataque simultáneo.
Las garras plateadas de Tomás y las doradas de Küyen atravesaron el corazón de oscuridad que mantenía unido a Kürümal.
Un estruendo sacudió toda la ciudad.
La armadura negra se hizo añicos.
El cuerpo del antiguo guerrero comenzó a resquebrajarse.
—¡Nooooo!
Su grito resonó por kilómetros.
Miles de fragmentos de oscuridad escaparon de su cuerpo.
Pero esta vez no encontraron dónde esconderse.
La luz del bosque los envolvió.
Uno por uno.
Hasta desintegrarlos por completo.
Los ojos negros de los habitantes desaparecieron.
La sustancia oscura abandonó sus cuerpos convertida en pequeñas partículas que se desvanecieron con el viento.
Las personas comenzaron a despertar confundidas.
Sin recordar lo ocurrido.
Julieta abrazó a su madre.
Benja cayó de rodillas al reencontrarse con su hermano.
Emilia corrió hacia sus abuelos.
Lautaro levantó a su pequeña hermana entre sus brazos.
Toda la ciudad volvía a respirar.
En el centro de la plaza, Tomás y Küyen recuperaron lentamente su forma humana.
Se miraron en silencio.
Luego se abrazaron con fuerza.
Ya no quedaban sombras.
Solo el murmullo del viento entre los árboles que crecían alrededor de la plaza, como si el bosque hubiera extendido sus raíces hasta el corazón mismo de la ciudad.
Y desde la distancia, Aukan observó la escena junto a Clara.
Con una sonrisa serena comprendió que el tiempo de su generación había terminado.
El bosque ya tenía nuevos Guardianes.
Y mientras existieran corazones dispuestos a proteger la vida por encima de sí mismos...
Su espíritu jamás volvería a quedar solo...
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Editado: 31.07.2026