Corazón en la meta

Capítulo 11: Fingiendo

Kilian

Durante toda la rueda de prensa, sentí la mirada de Lucas sobre nosotros. Él siempre la mira así: con orgullo, como si ella fuera su mayor descubrimiento. Era su protegida, su activo más valioso y lo dejaba claro. Ver como Lucas daba un paso al frente desde la zona VIP para posicionarse cerca de ella, como un escudo humano frente a los periodistas, me revolvió el estómago y aun odio esa relación que tienen y sí, eso, ligado a lo de Julián, a lo de mis hijos y a todo me llevó a hablar como lo hice, cegado por la ira y por ese sentimiento que me niego a aceptar.

—Es normal tener esos roces —solté ante el micrófono, incapaz de frenar el veneno —Después de todo, es difícil confiar en la telemetría de alguien que es amigo íntimo de tu rival directo. Es ella quien hace cenas con Julián Holt y con sus hijos después de una carrera.

​Vi a Lucas tensarse. Su rostro, el rostro del hombre que firmaba mi contrato de ocho cifras, se convirtió en una máscara de horror. Sabía que estaba devaluando su marca, que estaba arrastrando el nombre del equipo por el fango, pero no me importó. Ver a Eliza palidecer bajo las luces de las cámaras me dio una satisfacción retorcida que no pude ignorar.

​Salí de allí como un huracán. Necesitaba aire, necesitaba que el motor rugiera para no escuchar mis propios pensamientos, pero ella me siguió.

​—¿Te parece un juego todo esto? —su voz me alcanzó en mitad del Paddock y me detuve en seco. Me giré y la vi: pequeña, valiente y completamente equivocada. La rabia, alimentada por noches sin dormir y la imagen de mis hijos cenando con el rival, explotó.

​—No tenías ningún derecho —le espeté, señalándola —Les diste un reemplazo a los gemelos, mis hijos —susurro para que nadie escuche eso —Eliza. Son míos, no de ese idiota.

​Sentía la mirada de la gente, pero ya no me importaba. Quería destruirla... tanto como quería besarla.

​—No estarás más en el equipo —continué —porque te aseguro que mis padres seguirán presionando a los patrocinadores para que seas echada. —me acerco a ella, tanto que mi corazón se agita aún más —Y dame las gracias —sigo —porque podrás ser una mejor madre y pasar más tiempo con tus hijos. No como ahora, que solo piensas en el trabajo y en hombres también. Incluso Lucas, que tanto te defiende, tendrá que elegir entre su inversión y una ingeniera que se acuesta con el enemigo. —y justo ahí fue como si el tiempo se detuviera. Vi el brillo de las lágrimas de rabia en sus ojos una milésima de segundo antes de que su mano impactara contra mi mejilla.

​¡ZAS!

​El golpe me giró la cara. El dolor físico no fue nada comparado con el zumbido de los flashes que estallaron a su espalda. Me quedé helado, con la piel ardiendo y el sabor metálico de la humillación en la boca. Por encima de su hombro, vi a Lucas. Estaba a unos metros, con los brazos cruzados, mirándonos con una decepción que me caló hasta los huesos. Había golpeado con palabras a su protegida hasta que ella se rompió, y lo había hecho frente a todo el mundo.

​En ese momento, mientras los fotógrafos capturaban mi derrota, supe que no solo había puesto en peligro el campeonato. Había perdido a la única persona que, a pesar de todo, seguía manteniendo mi coche y mi vida y que ahora su trabajo pendía de un hilo.

El aire acondicionado de la unidad móvil de Lucas solo pone mis nervios de punta. Tomo asiento en la silla de cuero frente a su escritorio de cristal, sintiendo el ardor en mi mejilla como una marca de fuego y recordando todo lo sucedido. ​Eliza se sienta a mi lado, sin mirarme, con la espalda recta y sus manos entrelazadas con fuerza sobre su regazo. Lucas no dice nada durante los primeros dos minutos y yo solo me desespero. Simplemente, deja sobre la mesa una tablet que muestra la portada digital de L’Équipe y ahí estamos nosotros, en alta resolución: su mano impactando en mi cara y mi expresión de absoluto desprecio. El titular habla de «caos interno en Velmont».

​—¿Tienen idea de cuánto me ha costado esta bofetada en la última hora? —la voz de Lucas es un susurro peligroso, no grita y eso es lo que da miedo —Tres patrocinadores secundarios han llamado preguntando si el equipo se está desintegrando.

​—Ella me agredió físicamente delante de la prensa, Velmont —suelto tratando de recuperar algo de terreno y ese sentimiento que trato de ignorar sigue ahí —En cualquier otra empresa, estaría despedida antes de que terminara el día. —Velmont levanta la vista de la tablet y me clava una mirada que me hace sentir como un principiante.

​—Ella reaccionó a una provocación asquerosa, Kilian —masculla con rabia —Te escuché. Todo el Paddock te escuchó. Acusaste a tu ingeniera jefa de espionaje y de… —Lucas hace una pausa, apretando la mandíbula —de cosas que no voy a repetir por respeto a ella.

​—Es la verdad —mascullo aunque mi voz suena menos segura.

​—Es tu paranoia —sentencia Lucas que se gira hacia Eliza, y su tono cambia drásticamente. Se suaviza, volviéndose protector, casi paternal y eso me altera más —Eliza, sabes que eres mi mejor activo. Te traje a este equipo porque eres una mente brillante, una ingeniera que aparece una vez cada generación. Te he defendido frente a la junta directiva más veces de las que sabes —Ella cierra los ojos un segundo y se traga el nudo que sé, tiene en su garganta.

​—Lo sé, Lucas —admite —Y lamento el daño a la imagen del equipo. Mi comportamiento fue inaceptable —dice ella con voz firme, aunque puedo notar un ligero temblor.

​—Inaceptable es poco —intervengo rápido —Ha roto el código de conducta. Lucas, si ella sigue en mi muro de boxes, no puedo garantizar que…

​—¡Basta, Kilian! —Lucas golpea el escritorio con la palma de la mano, haciéndonos saltar a ambos —No estás en posición de exigir nada. Has humillado a la mujer que hace que tu coche no explote en cada curva. Has puesto en duda la integridad de mi protegida para alimentar un berrinche de celos que no tiene lugar en el pit lane. —se levanta y camina hacia la ventana y miro mis manos, lo ha dicho, ha dicho en alto ese sentimiento que quiero ignorar, celos, malditos celos.




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