Kilian
Conduzco con la rabia acumulada de lo sucedido en el Briefing y sin saber si decía la verdad o no cuando dijo que no había estado con Julián, eso es muy difícil de creerle, pero en sus ojos vi una gran sinceridad que me dejó sin palabras. Es el Gran premio de España y juré que sería el primero y pensando en las estrategias de Eliza he estado ignorando a esta en toda la carrera, si cree que voy a ceder está muy equivocada y simplemente la ignoro sabiendo que tanto ella como Velmont deben de estar echando chispas. Es la vuelta 42 y el desgaste en el neumático delantero izquierdo me está pasando factura. Entro a la rapidísima curva 9, el sector de Campsa, sintiendo que la dirección no responde y el monoplaza sufre un subviraje brutal, cuando intento corregir con el volante, el auto se convierte en un proyectil suelto.
—¡Maldición! —ruge mi propia voz dentro del casco cuando la parte trasera del Velmont impacta de costado contra las protecciones. El golpe me sacude la columna, levantando una nube de polvo y por un segundo pienso que la suspensión se ha roto, pero el orgullo me hace engranar la marcha y devolver el coche a la pista antes de que Julián me adelante.
—Kilian —suspiro —reporta estado. Vemos una pérdida de presión en el mapa del motor —la voz de Eliza suena de inmediato, cargada de una urgencia contenida.
—Estoy bien, el coche sigue en marcha —respondo con la respiración entrecortada —No me llamen a boxes, puedo mantener el liderato. —afirmo y aunque ella da algunas indicaciones la sigo ignorando como he hecho en toda la carrera, pensando erróneamente que no la necesito.
Los minutos siguientes son una agonía de vibraciones mecánicas. Las alarmas naranjas parpadean en la pantalla LED de mi volante y apenas quedan tres vueltas para el final y el motor Velmont está muriendo, puedo sentirlo y lo sé, pero sigo conduciendo como un animal enjaulado.
—Kilian, escúchame bien —la voz de Eliza entra por el comunicador, cortando el ruido del motor —Veo problemas graves en tu auto —aprieto fuerte el volante —está fallando desde que golpeaste el muro y los niveles de temperatura están en la zona roja —sé que tiene razón, pero —Así no vas a llegar a la meta. Tu ritmo ha caído dos segundos por vuelta.
—Sé lo que intentas, Eliza, y no lo haré —hablo tenso, con los ojos fijos en el retrovisor, viendo la silueta roja del Ferrari de Julián pegada a mi alerón trasero —Te dije que no iba a ceder mi posición —sonrío —Gracias a mí hoy salimos desde la pole. No voy a bajarme del podio.
—Kilian, cédele el paso a tu compañero —aprieto los dientes —Bryan viene con gomas blandas nuevas y tiene las condiciones para ganar la carrera. Si te quedas ahí, Julián los pasará a ambos y sabes que te he dejado pasar toda la carrera ignorándome, ignorando la estrategia —explica —pero esto ya no tiene que ver contigo ni conmigo Kilian, se trata de la meta.
—Eliza… —gruño bloqueando las ruedas en la frenada para evitar que Julián meta el auto.
—Cédele el paso a Bryan y córtale el ritmo a Julián —su orden es directa, apelando a mi cerebro, no a mi ego —Es la única forma de ganar, Kilian, pero tú decides —me da el mando —O vas por tu cuenta, como dijiste que harías y como has hecho, y nos quedamos con cero puntos por un motor fundido… o haces que el equipo gane esta carrera —el silencio que sigue es agobiante y entonces vuelve a hablar —Confía en mis datos. —pide, no es un confía en mi, sino en sus datos, esos que ya me han salvado la vida y aprieto el volante con fuerza hasta que mis nudillos duelen dentro de los guantes, son fracciones de segundo y el ego me grita que es mejor estrellarse que ceder, pero entonces sus palabras también vuelven a mí, esas en donde dijo que no solo la dejaba sin piloto, sino con dos niños y pensando en eso reacciono.
—Copia —mascullo con rabia contenida —Dejando pasar a Bryan —aviso a la salida de la curva Seat y me abro sutilmente de la trazada ideal. El coche de Bryan pasa por mi lado izquierdo como un misil plateado, aprovechando el espacio e inmediatamente después, cruzo mi Velmont en el centro de la pista, ocupando todo el ancho del asfalto justo en las curvas entrelazadas. No he hecho un cambio de dirección ilegal, simplemente vuelvo mi coche “ancho”, obligando a Julián a clavar los frenos para no chocarme y sonrío, Bryan se escapa a más de un segundo en menos de tres curvas y sinceramente debo decir que es la estrategia perfecta, esa que nadie esperaba, ni siquiera yo.
—Kilian, ¡deja pasar ya a Julián o seremos penalizados por bloqueo ilegal! —grita Eliza por el radio —La FIA te va a meter cinco segundos si mantienes el coche en medio. ¡Muévete ya!
—Eliza… —mi voz se apaga al sentir que el motor da un último tirón violento y el coche pierde la potencia por completo, entrando en el modo de seguridad. Obedeciendo su orden me hago a un lado en la recta y Julián pasa rugiendo por mi derecha levantando la mano con furia. Yo aprieto los dientes viendo cómo mi tablero se apaga y la velocidad baja drásticamente, pero una sonrisa involuntaria cruza mi cara, ella tenía razón, mi motor ya estaba muerto y no habría durado mi media vuelta más en esta batalla. Dejo que el impulso del coche me arrastre por la última chicana y cruzo la línea de meta arrastrándome en la octava posición, pero los gritos de alegría en el muro de boxes inundan el canal de radio.
—¡P1 para Bryan! ¡Ganamos, equipo, ganamos! —la voz del Jefe de Equipo es pura euforia y me echo a reír, claro que lo hago, mi cuerpo aún tiembla por la adrenalina y aunque no voy a estar en el podio, el equipo ha ganado y le hemos quitado la victoria a Julián en su propia cara, cosa que demuestra que Eliza es fiel al equipo tenga o no una relación con este y eso me hace reír aún más.
Todo ha salido bien. Mi carrera se ha arruinado, pero el equipo está arriba. Y por primera vez en semanas, siento una paz enorme al aceptar la verdad: todo ha sido gracias a Eliza. Ella me ha salvado de mí mismo una vez más.