MILAGROS
No recuerdo cómo llegamos a la mesa. Solo sé que, de un segundo a otro, todo estaba demasiado lleno de voces, miradas incómodas entre mi padre, Lea y Ian. Bueno, las de mi hija iban solo a Ian, molesta que estuviera en la mesa.
Ian sentado estaba rígido, serio, con esa cara de pocos amigos que siempre tuvo. Sus palabras retumban en mis oídos “Soy una deshonra para mis padres” el nudo en mi garganta se hace más grande. Sigo detallandolo su mirada está puesta en Lia, no está molesto, está asustado. Su espalda recta y sus manos grandes apoyadas en la mesa como si no supiera qué hacer con ellas, pero mi hija si sabe. Está a su lado, sentada en la silla que nadie le había indicado, con las piernas colgando, tranquila. Demasiado tranquila. Su manitas unidas con las de Ian. Tocándole el reloj, girándolo despacio, como si fuera suyo.
El corazón se me sube a la garganta.
Lia no toca a nadie. Lia no se deja tocar. Lia se pone rígida, se aparta, llora si alguien invade su espacio…, y más si es alguien desconocido. Y él, lo era. Pero ahí estaba, calmada sin ningún ataque.
Ian no se movía, pero tampoco se apartaba. Por un momento parecía que le agradaba, pero es Ian.
—Mami —la voz de Lea rompe el aire como un látigo, después que ha devorado toda su comida, se que se está controlando para no comerse la mía o lo que está en la mesa—, ¿por qué el señor estirado está sentado con nosotros?
<<No estoy preparada para esto. No para sentir cómo el aire se vuelve espeso. Observa a las dos niñas, muy atento. Dios, se dará cuenta…>>
Trago saliva. Siento cómo todas las miradas caen sobre nosotras, mi madre me observa. Su mirada está llena de lástima, mira a Ian y suspira.
No puede decir nada, se que no dirá nada.
—Lea…, respeta, por favor—susurro, pero ya es tarde.
—Abuelita, no le des comida —continúa, cruzándose de brazos y mi madre deja el cucharón a medio camino del plato de Ian—, él no quiso darnos pastel a Lia y a mí.
Mi madre sonríe nerviosa, tratando de suavizar el ambiente.
—Mi tesoro, hay mucha comida para todos y tengo un pastel gigante para ti.
No me pasa ni un bocado.
—Cariño, come un poco de la mía.
Ian gruñe sin mirarla siquiera, bajando a nivel de una niña, es tan idiota.
—Te comiste mi pastel —dice seco—, lo llenaste de baba y gérmenes sin permiso.
Lea abre la boca en una O y me mira como si acabara de presenciar un crimen.
—¡Mami! ¿Viste cómo me habla? —No puedo pensar—, ¿y tú qué haces ahí? —dice, hacia su hermana—, tú no tocas a nadie. No te gusta que te toquen. Pareces una niña tont…
—Lea—la voz de mi padre cae pesada—, silencio y respeta a tu hermana. Ella puede estar con quien desee y más si tiene tanto en común.
Enfatizó lo último muy molesto mirando a Ian.
—Papi…, por favor. Es una niña — le pido.
Lea arruga la nariz, molesta porque mi padre la ha regañado, y se inclina hacia mí:
—Se lo diré a Joseph— gruñe y mira a su hermana.
<<Tiene el mismo carácter que su padre, Dios…, son tan idénticos>>
—¿Quién es Joseph? —pregunta Ian de inmediato y levanta la mirada por primera vez. Sus ojos están oscuros, ya no son grises. Dios, solo veo fuego en ellos…, hay algo ahí que conozco demasiado bien: celos—. A ver —añade en un gruñido—, cuéntanos a todos.
Lea sonríe, orgullosa y feliz de tener público, pienso que solo dirá cualquier cosa, pero quedó sin fría en mi asiento.
—El novio de mi mami, un super príncipe. Tiene músculos, es lindo— articula con sus manos de manera exagerada —, demasiado, quiere mucho a mi mami y nos lleva a comer pizza, helado, muchooo pastel y…
El mundo se detiene. Siento que el suelo se abre bajo mis pies. Quiero desaparecer. Quiero gritar. Quiero arrancarme el corazón del pecho.
—Dios mío… —susurro sin voz, mis manos tiemblan.
Lia, como si sintiera la tensión, levanta la mirada hacia Ian. Lo observa y luego, le toma el rostro con ambas manos, rozando sus dedos en su barba recortada y niega, muy rápido, muchas veces. Sus ojitos abiertos muy grandes, ella quiere decirle que es mentira lo que dice su hermana, pero sus palabras no salen.
Mi niña…
Ian se queda helado y yo me pongo de pie de golpe y la silla raspa el suelo.
—Necesito un momento —digo, sin mirarlos.
Camino a la cocina con el corazón golpeándome las costillas. Escucho detrás de mí el murmullo de mi madre.
—Cielo, llévate a las niñas arriba, por favor.
Lia chilla. Un sonido agudo, no quiere irse.
—Vamos, pequeña —dice mi hermanito con suavidad—, te enseñaré mi habitación Gamer, y tengo juguetes que ya no me sirven.
—Estare aquí, anda… No me iré — escucho la voz de Ian y luego pisadas, se ha ido después que él dijo que no se iría.
—Si no hablas, llamaré a tu padre— amenaza a Ian—, debes admitir tu culpa y hoy mismo darles el apellido a mis nietas y hacerte cargo, pero primero me dirás cómo pasó, Ian. Te veía como un hijo y mi hija estaba en un bendito convento. ¡No comprendo!
—Llámelo —responde Ian con frialdad—, aquí el que va a pasar vergüenza es usted, Dr. Miller, hace muchos años que no me ves como un hijo desde que fijé los ojos como hombre en tu hija.
Me apoyo en el fregadero. Abro el grifo y mojo mi cara. Me miro al espejo y no me reconozco, siento que esto se saldrá de mis manos.
Siento una presencia detrás de mí y no necesito girarme para saber quién es.
—No puedo creer que me rechazaras y te la dieras de santa y mírate—dice Ian, cerca, demasiado cerca—, después de todo lo que sentía por ti—Me doy la vuelta. Está a centímetros. Su voz es baja, contenida y llena de rabia—, te amaba con locura, Mila. Y preferiste un convento…, y luego perderte del mapa para regresar con dos niñas.
Sus ojos brillan. No sé si de rabia o de dolor.
—¿Mal no la pasaste? —le respondo con la voz rota—, ¿ya olvidaste cómo me rompiste el corazón? Te besaste con mi amiga. En mi cara. Te lo pedí, te grité que no lo hicieras…, y lo hiciste. Te besaste con Abril.
Editado: 08.01.2026