Corazón fuera de servicio

CAPÍTULO 7

IAN BLACK

<<No debería importarme>>

Eso es lo primero que me repito mientras estoy sentado entre todos estos mentirosos, con la espalda recta y las manos apoyadas sobre la madera y una niña pegada a mí. No debería importarme nada de esto, pero necesito una explicación, necesito saber porque otro si tuvo la oportunidad que yo le pedí, estoy aquí sentado siendo señalado en silencio y miradas como el monstruo que creó esas dos niñas.

Pero me importa y sí, eso me enfurece.

La niña que no he escuchado hablar…, Lia, creo que se llama esta pegada a mí muy pegada para mi gusto no recuerdo en qué momento se subió a la silla. Solo sé que está demasiado tranquila para alguien que apenas me conoce, soy un extraño. No debería dejar que se acerqué así a un extraño, hay muchas personas malas y…

<<Vamos Ian, eso que te importa>> me regaño mentalmente y la observó con disimuló; sus dedos pequeños juegan con mi reloj. Lo gira, lo toca, lo aprieta como si fuera suyo. No me aparto, no porque quiera, sino porque no puedo. Mi pecho se siente raro. No duele es otra cosa, algo que no sé nombrar. Levantó la vista apenas y me encuentro con Milagros observándonos. Está pálida, tensa y asustada…, muy asustada. Ella siempre quiso ser la hija perfecta, pero falló.

Por un segundo pienso, que se ve igual a como se fue, pero no. Hay algo que no estaba antes, ahora tiene mas edad es una mujer no una adolescente, su cabello esta teñido de un negro que no va con ella aunque Dios se ve hermosa, y me da coraje admitirlo y hay algo más: Maternidad.

Y eso sí duele.

—¿Por qué el señor estirado está sentado con nosotros?

La voz de la pequeña demonio cae como una bomba, es tan altanera y con una lengua viperina que no está acorde con su edad. Aprieto la mandíbula, para no reír. No debería hacerme gracias, me llamo: Señor estirado. Tiene carácter, demasiado y odio admitirlo, pero me recuerda a mí de niño. No respondo. Me limito a bajar la mirada, a respirar lento. Milagros intenta callarla, pero ya es tarde.

—No le den comida—le pide a Serena su abuela—, no quiso darnos pastel.

<<Pastel, genial>>

Me inclino un poco, no voy a sonreírle.

—Te comiste mi pastel —le digo seco—, lo llenaste de baba y gérmenes sin permiso.

Abre la boca como si la hubiera insultado de muerte y mira a su madre buscando apoyo. Yo no aparto la vista. No retrocedo y la niña no me cae mal, eso es lo peor.

—¿Y tú qué haces ahí? —le dice a su hermana, desviando la atención—, tú no tocas a nadie. Pareces una niña tont…

No termina de hablar porqué Kasian la regaña. Miro a Lia y ella parece tranquila, pero sus dedos ahora aprietan mi muñeca y respira agitada. No me suelta, cuando escucha a su hermana que le dirá a un tal Joseph y yo quiero, necesito, me urge saber quién es ese tipo.

—¿Quién es Joseph?— pregunto en un gruñido mirando a Milagros, pero mantengo la calma—, cuéntanos a todos.

Siento el calor subir por el cuello. Mis ojos arden. La niña sonríe con malicia y levanta su barbilla y hace un show con sus manos. Es tan arrogante, que me da ternura y no debería.

<<¿Qué me pasa?>>

—El novio de mi mami—El aire se va. Literalmente. No puedo respirar durante un segundo eterno. ¿Novio? Mis dedos se cierran apenas sobre la mesa—, un super príncipe. Tiene músculos, es lindo Es lindo. La quiere mucho a mi mami y nos lleva a comer pizza, helado, muchooo pastel y…

Cada palabra es una puñalada y lo peor es que me digo a mí mismo que no me importa, pero arde. Yo podría darle miles de pastelerías un supermercado entero yo…, eso no me interesa, porque tengo estos pensamientos llenos de celos. La pequeña a mi lado, está asustada y me toma desprevenido cuándo sube las manos a mi rostro, sus palmas son cálidas y pequeñas.

Niega rápido, muchas veces.

—No —susurra sin voz, casi puedo escucharlo, pero está muy agitada y sus mejillas se ponen rojas. O tal vez lo imaginé o leí sus labios.

Y algo en mi pecho se quiebra, ¿por qué actúa así? Asiento un poco para que se calme y abre sus labios buscando aire. Milagros se levanta y huye, yo la sigo con la mirada…, mientras su padre me ataca.

La cocina es un campo minado, la tensión se puede cortar con los dedos. Está tan cerca que puedo olerla. Todo en mí reacciona como si los años no hubieran pasado.

—No puedo creer que me rechazaras y te la dieras de santa y mírate—Saco todo lo que llevo dentro por años—, después de todo lo que sentía por ti— se gira y deseo besarla como loco, sus ojos brillan. Mi Mila…—, te amaba con locura, Mila. Y preferiste un convento…, y luego perderte del mapa para regresar con dos niñas.

Me quiebro como un imbécil y ella me mira con burla, como si no creyera en mis palabras o lo que sentí. Me echa en cara lo que pasó con Abril y presiento que muchas cosas más de lo que ha sido mi vida desde que nos alejamos y estoy seguro que sabe todo de primera mano por Cielo.

—Eso fue hace años, por amor a Dios Milagros—levantó la voz—, éramos unos chamos.

—Sabías lo que sentía. Sabías que me dolería y no importa cuántos años pasen, aunque eso no fue nada para lo que sentiría después…

<< ¿Qué sintió después? ¿De qué está hablando?>>

Me llenó de rabia y también la atacó.

—No vengas con tus mentiras, ahora vienes con esa carita…, y quieres echarme el muerto a mí, Milagros. ¿De quién son esas niñas? Dímelo. Ya.

Está más pálida, estamos demasiado cerca, solo unos centímetros nos separan y mi corazón estallará.

—Tuyas…, por favor… —¿Mías? Ahora si perdió la cabeza, pero continúa nerviosa y mira hacia la entrada de la cocina—, di que son tuyas. No puedo darle más vergüenza a mis padres.

No respondo de inmediato, solo puedo ver que esto confirma que no es la Milagros que conocía, la Mila que amaba y que tal vez, ni sabe quien es el padre de esas criaturas y solo quiere evitar la vergüenza de sus padres y nada mejor que meterme a mí el paquete.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.