Corazón mutilado

Capítulo diecinueve

Reyhan detuvo el auto frente a aquella humilde casa de paredes de ladrillos blancos Y gastados, que guardaban en su interior un montón de recuerdos bonitos, pero sobre todo amargados. No pude contener las lágrimas que hicieron arder mis ojos y terminaron saliendo sin pedir permiso, haciendo que mis mejillas picaran. Ella volteó a verme y sus cejas se juntaron como si la luz del sol le molestara sobre los ojos. La vi tragar saliva con algo de dificultad, entretanto se le abría un hueco entre las clavículas; para después poner una de sus manos encima de la mía a modo de consuelo.

—¿Es aquí? —Asentí con la cabeza al tiempo que apreté los ojos para aclararme la vista —. Podemos hacer esto después…

—No, no —tomé una respiración profunda por la nariz y cerré los ojos, calmando la tristeza que me había invadido. Exhalé por la boca para darle entrada a la alegría que sentí cuando volví a abrirlos y me di cuenta de que esto no era solo un sueño.

Era una realidad que vi tan lejana, pero que por fin podía palpar con las yemas de mis dedos. De verdad había vuelto a casa, a mi hogar. Volvería a ver a mi madre y a Eren después de casi ocho años lejos de ellos.

Abrí la puerta para descender del auto y Reyhan hizo lo mismo: rodeé el vehículo. Recorrí el camino de tierra que me llevaba a la puerta y levanté la mano convertida en un suave puño para tocar la madera blanca. Esperé de manera paciente, con las manos sujetando mi abultado vientre. Las ansias me comían por dentro y la emoción hacía estremecer mi cuerpo de pies a cabeza.

Volteé para contemplar a Reyhan junto a la puerta de su auto, estaba mirándome con el ceño fruncido y contemplé sonreírme por un momento; no podía saber con exactitud si aquella sonrisa era de alegría o lástima. Tal vez eran ambas cosas al mismo tiempo. Ella conocía mi historia y lo mucho que intenté regresar aquí desde el primer día que pisé la mansión de los Aksel.

El crepitar de la puerta, al abrirse, me sacó de mis cavilaciones, volviéndome a la realidad. Reyhan agachó la mirada y yo no dudé en voltear. Mi hermano estaba frente a mí. Mi sonrisa era tan amplia que por un momento me dolieron los músculos de la cara.

A pesar de que el tiempo había pasado, podía identificar el rostro de mi querido Eren, aunque este ya no fuera inocente. Seguían siendo sus ojos, a pesar del cansancio que había en ellos. Seguía siendo él a pesar de que la barba cubría su rostro, dándole más madurez.

Él contempló mi rostro y pude ver cómo las lágrimas que se acumulaban en sus ojos los volvían cristalinos. Él también sabía que era yo, a pesar de que no seguía siendo aquella pequeña que le suplicaba su ayuda. No me contuve y me abalancé a su cuello y lo abracé mientras reposaba mi mejilla en su hombro y respiraba el olor a paz que emanaba su cuerpo.

—¡Hermano!

—¡Amira! —exclamó mi nombre.

Sentí cómo su cuerpo, que se encontraba rígido, se relajaba ante mi abrazo; como si estuviera liberándose de algún peso.

Correspondió a mi abrazo.

Aquel momento con mi hermano no podía describirlo con exactitud. Se sintió como un alivio, por unos segundos el peso que cargaba en mi vientre se hizo tan ligero como un algodón y las voces de los recuerdos tortuosos se quedaron en silencio, como si por fin hubieran desaparecido para siempre. Aunque yo sabía que no.

—No sabes cuánto había anhelado este momento —mis ojos se mantenían cerrados, al tiempo que sentía la caricia reconfortante de su mano sobre mi cabello. Tal y como lo hacía cuando yo era su inocente hermana pequeña—. Te he extrañado muchísimo, Eren.

—Mi amada, Amira… —susurró, apretando más a su cuerpo—. Yo también te he extrañado muchísimo. Te busqué muchas veces, pero nunca me dejaron verte. Así que tuve que conformarme con verte en mis sueños.

Las lágrimas volvieron a tomar posesión de mis ojos y mejillas al escuchar sus palabras. Mi hermano nunca me abandonó.

—¿De qué hablas, Eren? —cuestioné separándome de él, para poder observarlo directo a los ojos.

—Sí, Amira. Fui muchas veces a Estambul a buscarte. Fui a esa enorme casa a verte, pero una señora muy elegante me dijo que tú no vivías ahí. Que te habías ido fuera de Turquía.

Era más que seguro que la responsable de aquella mentira era la madre Zherka. Volví a cerrar los ojos al tiempo que inhalaba profundamente por la nariz, conteniendo la impotencia que me había provocado escuchar aquello. Mi hermano había ido no una, sino varias veces por mí a Estambul y los Aksel lo sabían y nunca me lo dijeron. Ellos conocían el dolor que habitaba mi corazón al estar lejos de mi familia y, aun así, me los negaron; cuando era lo único que podía hacer de mi mísera algo más llevadero.

—Pero ahora estoy aquí y no pienso irme —le sonreí—. Es lo único que debe importarnos ahora.

Mi hermano me devolvió el gesto de la manera más sincera que podía.

—Han pasado tantas cosas, Amira, que no nos alcanzaría el tiempo para decirlas —su mano acarició una de mis mejillas.

—Tendremos mucho tiempo, hermano.

Eren me pidió que entrara a la casa y le dije a Reyhan que nos acompañara, pero ella se negó. Me dijo que tenía que volver a Estambul y resolver las cosas para allá. Realmente quería que se quedara, que Eren la conociera y ella a él, pero no pude convencerla. Tan pronto como me deseó suerte y volvió a pedirme perdón, se marchó en su auto, dejando solo una polvareda detrás de ella.

Mi hermano me hizo pasar al interior de la casa que antes solía ser mi hogar, y me sentí ajena. Aunque nada había cambiado, yo ya no era parte de aquellas paredes. Me quedé en medio de la pequeña sala, contemplando los cuadros fotográficos que adornaban las paredes irregulares. Todos seguían ahí. Los muebles eran los mismos y la cocina seguía intacta en su lugar. Los recuerdos de Mehmet Aksel azotaron de repente mi cabeza y lo contemplé más joven de lo que era, sentado sobre ese sofá a un lado, hablando con mi padre. Me vi a mí misma en la cocina con mi madre, llena de miedo e incertidumbre, y luego me contemplé sentada a un lado de él, mientras trataba de sacarme una palabra de mi temerosa boca.




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