—No es a mí a quien esperabas ver, lo sé.
Tenía los ojos cerrados cuando escuché aquella voz que no le pertenecía a Tarık. Una voz que estaba segura de que podría reconocer aun si perdiera la memoria. Abrí los ojos y lo vi de pie, al final de la camilla, mirándome fijamente, con la tristeza reflejada en la mirada.
—Usted… —susurré, temiendo que la paz que por fin comenzaba a sentir se desvaneciera.
Caminó hasta rodearla y se detuvo a un lado, mientras yo lo seguía con la mirada. Me contempló con los labios apretados y los ojos oscuros, vidriosos. Había algo distinto en la forma en que me observaba; parecía dolido o quizá decepcionado. Aunque tal vez solo se trataba de su propia rabia hablando por él.
—No sabes cuánto te busqué. Recé para que estuvieras bien y, al menos, Alá escuchó esa súplica.
—¿Qué hace aquí? —pregunté, mirándolo con recelo.
—¿Cómo que qué hago aquí? Es donde debería estar: a tu lado —sentenció—. Amira, soy tu esposo. ¿Acaso lo has olvidado?
Tragué saliva con dificultad y aquella simple acción se sintió como pasar lija por mi garganta. Me dolió. Me quemó.
—Pero… yo le dije a la enfermera que quería ver a Tarık, no a usted —de repente mis manos comenzaron a temblar, porque, aunque me sentía un poco más valiente, aún le temía.
Era una reacción natural de mi cuerpo ante su presencia. Aunque él jamás me había hecho ningún tipo de daño físico, mi mente no olvidaba, y me resultaba imposible no temerle al hombre que me había apartado de mi hermano y de mi madre.
—¿Por qué? —preguntó, sosteniéndome la mirada.
Mi ceño se frunció, y supe que había notado que no tenía la menor idea de a qué se refería. Entonces bajó la mirada y prosiguió—: ¿Por qué preferiste irte con Khan en lugar de quedarte a mi lado? ¿Tan malo he sido para ti?
—Le supliqué muchas veces que me dejara ir y no me escuchó. No había otra opción para mí. Usted sabía que yo no deseaba estar ahí.
—No podías irte —negó con la cabeza—. No tenías a nadie que te protegiera. Yo te protegí de tu padre —los dedos índices de ambas manos chocaron contra su pecho—. ¿De verdad querías volver al hogar de un hombre que te cambió por dinero?
—Yo quería volver con mi madre y mi hermano. Khan me ofreció esa posibilidad… —me interrumpió.
—Pero no te la dio, porque no veo a tu madre ni a tu hermano junto a ti —no podía ver con claridad, pero podía asegurar que las lágrimas acumuladas en sus ojos no se lo permitían—. Yo no era el monstruo, y lo sabes.
Y tenía razón en eso. Él no lo era. El verdadero monstruo de esta historia nunca había sido Mehmet Aksel; lo había sido su hermano Khan. Lo había sido mi padre.
Agaché la mirada, observando mis dedos sobre la sábana blanca que cubría la mitad de mi cuerpo. Me avergonzaba admitir que él tenía toda la razón y que, tal vez, yo me había equivocado.
—No había necesidad de que huyeras de mí —continuó.
—¿Entonces por qué no me dejó ir cuando se lo pedí? —cuestioné, levantando la mirada para buscar la respuesta en sus ojos.
—Porque te amo. Porque tenía la esperanza de que esa idea de querer abandonarme terminara borrándose de tu cabeza con el tiempo.
—Libéreme —le supliqué—. Déjeme ir, porque esa idea jamás se irá de mi cabeza. Yo jamás podré verlo como usted desea. No existe ninguna posibilidad de que pueda amarlo. Ni en esta vida ni en la otra.
Un par de lágrimas rodaron por sus mejillas y cayeron secas al suelo cuando aquellas palabras firmes y crueles salieron de mi boca. Observé cómo la manzana de Adán subía y bajaba en su garganta, en un gesto claro de que se estaba tragando su propio dolor. Me dio la espalda y enterró los dedos de ambas manos entre las hebras de su cabello.
Por un segundo, me permití sentir lástima por él.
—Por favor… —imploré ante su silencio.
—¿A dónde irás? —preguntó sin mirarme—. ¿Qué harás sola y, además, con un hijo?
—No lo sé todavía, pero eso será mi problema.
—Te irás con él, ¿verdad?
Mi ceño se frunció.
—¡Yo jamás volvería con ese maldito violador! —exclamé, ofendida.
—No hablo de Khan —dijo, dándose la vuelta—. Hablo de Tarık. ¿Estás enamorada de él?
Su pregunta me tomó por sorpresa y me quedé en silencio, sosteniéndole la mirada, mientras me repetía la misma pregunta internamente. No sabía con certeza qué era aquello que Tarık provocaba en mí; no tenía la suficiente experiencia amando a nadie fuera de mi familia como para comprender que quizá sí estaba enamorada de él desde la primera vez que lo vi.
De lo único que estaba segura era de lo mucho que me gustaba la forma en que sus ojos me miraban, de cómo me hablaba y de la preocupación que demostraba por mí. Pero no debía confundir eso ni ilusionarme, porque él solo estaba ayudándome.
—¿Por qué no respondes? —volvió a hablar, sacándome de mis cavilaciones—. ¿Por qué no me respondes?
—¿Quiere que le diga que sí? —lo miré—. ¿Si escucha de mi boca que amo a Tarık, me liberará?