Corazón mutilado

Capítulo veintinueve

La puerta se cerró con suavidad y Tarık no dijo nada.

Por primera vez permaneció de pie durante unos segundos, como si temiera acercarse demasiado o decir algo que no debía, como si aún no supiera si tenía derecho a ocupar el espacio que su hermano Mehmet acababa de dejar vacío. Como si estuviera pidiéndome permiso para hacer cualquier cosa.

—No pensé que él fuera a ceder tan fácil —dije, haciendo referencia a la libertad que Mehmet había aceptado otorgarme—. Lo siento… —murmuré después, sin saber exactamente por qué.

Agaché la mirada a mis dedos entrelazados mientras acariciaba las palmas de mis manos con los pulgares. En realidad, yo también estaba algo incómoda y no sabía qué decir para que esa incomodidad desapareciera.

—No tienes nada que lamentar —se aclaró la garganta e inmediatamente levanté la cabeza—. Pensé que, después de la discusión que tuvimos antes, Mehmet no lo aceptaría.

Su ceño se frunció y comprendí que también estaba igual de desconcertado que yo, además, saber que habían discutido me hizo comprender el porqué de la tensión entre ambos.

Se acercó por fin y tomó una silla, colocándola junto a la camilla, pero manteniendo esa distancia que ahora yo era capaz de notar. No me tocó como cuando había tomado mi mano. Y aunque algo dentro de mí quería que lo hiciera, había otra parte que lo agradecía más de lo que podía expresar. No estaba lista para sentirme poseída otra vez, ni siquiera por alguien que jamás me había dado motivos para temerle.

—¿Estás segura de lo que hiciste? —preguntó con cautela.

Miré mis manos. Aún temblaban un poco.

—Nunca he estado segura de nada en mi vida —respondí con honestidad—. Pero si de algo estoy segura, es de lo que ya no quiero.

Tarık asintió despacio.

—La libertad no siempre se siente como alivio al principio —murmuró—. A veces se parece mucho al vértigo. Es como una montaña rusa: sientes ese vacío en el estómago, y luego todo te da vuelta y piensas que vas a caer.

Levanté la vista y nuestros ojos se encontraron.

—¿Y si me caigo?

No respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz fue firme, pero no prometedora. Agachó la mirada y la llevó hacia sus dedos, que jugueteaban entre ellos.

—Entonces aprenderás a levantarte, como ya lo has hecho.

Algo dentro de mí se aflojó.

No era amor, aún no. No era una promesa. Era algo más honesto.
Y, por primera vez, eso fue suficiente.

El silencio volvió a envolvernos, pero ya no era incómodo. Tarık respiró hondo antes de hablar de nuevo, como si dudara si debía hacerlo.

—¿Qué pasa? —me atreví a preguntar al verlo titubear.

—Pregunté por Reyhan y tu hermano.

Me sentí tan egoísta al escuchar aquellas palabras. Me había olvidado por completo de ellos, por estar tan enfocada en mi sufrimiento.

—¿Qué pasó? ¿Dónde están? —me removí sobre la cama con el dolor latente. Entonces él se apresuró a detenerme con sus manos sobre mi brazo.

—Necesito que te calmes y me escuches, Amira.

—No me mientas, por favor… —mis ojos se volvieron cristalinos al pensar en mi hermano Eren.

—Si no te calmas, entonces me veré obligado a hacerlo —dijo sosteniéndome la mirada y no me quedó más remedio que asentir con la cabeza, mientras apretaba los ojos y me llevaba una mano al pecho.

De pronto un horrible presentimiento me atacó el pecho, como aquella vez que tuve ese sueño horrible.

Él me soltó y volvió a tomar asiento, se aclaró la garganta antes de comenzar a hablar.

—Reyhan sigue delicada—añadió—. El golpe que recibió no fue algo menor. Tiene una fractura y un trauma importante… no solo físico. Pero mi prima siempre ha sido fuerte. Sé que podrá salir adelante.
Mi pecho se apretó.

Cerré los ojos por un instante, dándole paso a que el alivio me recorriera el pecho; di gracias a Alá por mantenerla con vida; sin ella, yo jamás hubiera estado aquí. A pesar de todo, era una buena noticia, aunque a medias, pero era suficiente para seguir respirando.

Pero Tarık no estaba diciéndome nada sobre Eren, y eso hizo que mi cuerpo se tensara de repente. Algo dentro de mí me gritaba que algo no estaba bien con mi hermano. Porque de otra forma él hubiera empezado diciendo que ambos estaban bien.

—¿Qué hay de mi hermano? —formulé ante su silencio—. ¿Qué pasó con Eren?

Lo vi tragar saliva y el corazón me subió a la garganta. Las manos me temblaban y mis latidos se volvieron erráticos.

—Tu hermano… sigue delicado, pero el doctor me dijo que por ahora está fuera de peligro —se apresuró a decir—. Perdió mucha sangre y la infección que tiene aún no está completamente controlada; a pesar de eso, ha respondido bien al tratamiento. Solo queda esperar a que él ponga de su parte —añadió.

—No estás mintiéndome para que no pierda la cordura, ¿verdad? —un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—Te digo la verdad.

—Quiero verlo —dije—. Necesito verlo con mis propios ojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.