Una semana después
Llevaba siete días sin ver a Tarık; le pregunté por él a las enfermeras que venían a verme durante el día y también durante la noche, pero solo me dijeron que él había dejado órdenes de mantenerme aquí hasta que volviera. Tampoco había visto a mi hijo desde que lo sacaron de mí y a causa de eso llegué a perder el control.
Mi mente me jugaba sucio, susurrándome que no lo había visto ni lo vería, porque me habían mentido, porque mi pequeño bebé estaba muerto. Me largué a llorar sin control y tuvieron que sedarme. Ahora que me encuentro mucho mejor, la enfermera me ha prometido que, si lograba ponerme de pie, entonces podría verlo.
—Te desconectaré los medicamentos y podrás caminar dentro de la habitación e ir al baño si lo deseas —explicó la joven mujer que parecía tener un poco más de años que yo.
—¿Luego traerán a mi hijo? —pregunté, sin quitar la vista de sus manos en mi brazo.
—Claro —sonrió—, pero tiene que sentirse bien para eso, señora Aksel.
Asentí con una sonrisa en mis labios.
Pondría todo de mi parte con tal de ver el rostro de mi pequeño; quería tenerlo en mis brazos y oler su dulce aroma, porque estaba segura de que con él a mi lado me sentiría completa.
—Ahora, con cuidado se va a sentar a la orilla de la cama sin levantarse —indicó la enfermera—. Me dirá si siente algún malestar o mareo —dijo, tomando mis manos.
—Me siento bien —dije en cuanto me senté al borde de la cama.
—¿Está segura? —cuestionó, y me imaginé que fue a causa de la contracción en mi rostro.
—Sí.
—Entonces, con cuidado, va a levantarse sin enderezarse del todo. Debe caminar encorvada y muy despacio, ¿puede hacerlo sola?
Tomé una respiración profunda y asentí; ella me estiró ambas manos y las sujeté para ayudarme a ponerme de pie. Seguí sus instrucciones y le sonreí al ver que podía hacerlo. Después de un par de minutos cerciorándome de que en realidad podía dejarme sola, la amable enfermera se fue.
Caminé al baño con lentitud, ansiosa porque ella volviera con mi bebé en sus brazos. Me senté en la taza del baño a hacer mis necesidades; era un alivio poder orinar sin tener que estar acostada en la cama. Me lavé el rostro y me miré al espejo; me veía demacrada, no tan diferente del pasado. Había grandes ojeras oscuras en mis ojos, piel y labios pálidos y en mi cara las mejillas se veían un poco hundidas.
De pronto la vergüenza llegó a mí, al recordar que Tarık me había visto en estas fachas y que Mehmet Aksel también. Quise tener maquillaje para poder arreglar el desastre, pero no había nadie a quien impresionar. Apreté los ojos con fuerza mientras cerraba la llave del agua y sacaba esos pensamientos absurdos de mi cabeza. Pero por más que quisiera deshacerlos de mi mente, no podía.
Extrañaba a Tarık, lo esperaba como una amante espera a su amado. Lo imaginaba todos los días cruzando la puerta, mientras en mi estómago revoloteaban miles de mariposas.
Siete días habían bastado para confirmar que en verdad yo estaba enamorada de él y que quizá solo yo sentía aquel sentimiento, porque a pesar de su confesión, no podía negar que había pasado demasiado tiempo desde entonces y que él pudo haberse enamorado de alguien más.
Apagué la luz del baño y, cuando salí de vuelta a la habitación que se encontraba a oscuras, vi las luces blancas del pasillo filtrarse por debajo de la puerta como un recordatorio cruel de que el mundo seguía avanzando, incluso cuando yo había decidido detenerme. Me quedé inmóvil varios minutos, escuchando mi propia respiración, contando los latidos, como si eso pudiera darme control sobre algo.
No lloré, porque ya no había razón para hacerlo; estaba viva, mi hijo también y el monstruo no estaba aquí para atormentarme.
Me encaminé con cuidado hacia la ventana, ignorando la punzada que de repente me atravesó el vientre. Afuera, la noche se extendía como una boca abierta. Pensé en lo fácil que sería desaparecer en ella. Pensé en lo difícil que sería no mirar atrás, cuando me estaba haciendo fatal de esa manera Tarık Aksel.
—Tengo que hacerlo —susurré en medio de la oscuridad, para mí misma.
Me apoyé contra el vidrio frío y cerré los ojos. Imaginé el rostro de mi hijo, al que todavía no había visto. No podía fallarle. No después de todo lo que había soportado por él.
No era momento de echarme hacia atrás y condenarlo a vivir esta horrible historia.
Un golpe suave en la puerta me hizo sobresaltarme y otra vez la punzada de dolor me hizo recordar las palabras de la enfermera. Me giré asustada y adolorida.
Mi corazón se desbocó por un momento y mil cosas pasaron por mi cabeza en ese segundo.
—¿Señora Aksel? —la voz era femenina—. Soy la enfermera.
Solté el aire con lentitud y asentí, aunque ella no podía verme con claridad.
Entró con una carpeta en las manos y su misma expresión amable, pero profesional. Encendió la luz y me esperó junto a la cama hasta que llegué y me senté. Me habló de medicación, de reposo y controles. Yo asentía a todo sin escuchar o entender mucho realmente, hasta que logró captar mi atención cuando mencionó a mi hijo.